El navegante dormido

El navegante dormido. Abilio Estévez. Tusquets Editores, Colección Andanzas. Portada: Después del huracán (Bahamas 1899), del pintor americano Winslow Homer (1836-1910). 377 páginas. ISBN: 978-84-8383-068-0

El navegante dormido. Abilio Estévez. Tusquets Editores, Colección Andanzas. Portada: Después del huracán (Bahamas 1899), del pintor americano Winslow Homer (1836-1910). 377 páginas. ISBN: 978-84-8383-068-0

París, 27 de julio de 2015.

Querida Ofelia:

En octubre de 1977, en un viejo caserón situado en la apartada playa de Baracoa, al oeste de La Habana, las mujeres de la familia Godínez atrancan puertas y ventanas y se preparan para la llegada de un ciclón que la radio anuncia como devastador.

En la vieja casona, herencia inesperada del Dr. Samuel O. Reefy, conviven varias generaciones: la vieja criada Mamina, la cual escapó de la semiesclavitud, Andrea, que sufre en silencio la pérdida de varios hijos, el Coronel Jardinero, patriarca que se dedica a criar animales domésticos, Olivero con su pasado de vividor, el tío Mino, apasionado por el jazz y…los jóvenes. Estos últimos maldicen a Baracoa y a La Habana, mientras sueñan con otra Tierra Prometida. A la espera de que algo terrible o benéfico suceda, esos seres humanos arrastran sus tragedias, renuncias y secretos que saldrán a relucir con el paso del ciclón.

Será la joven Valeria quien, treinta años después, reconstruirá los sucesos de esos días de octubre desde su apartamento del West Side de New York, mientras contempla como la nieve cubre el río Hudson. Entonces recordará como espiaba a su primo Jafet y lo vio embarcarse en un viejo bote, al que llamaban Mayflower, para huir de la isla hacia el Norte.

A continuación te reproduzco dos páginas de esta bella novela:

“Tenía miedo y no era la primera vez.
Rebasó al cruce con la carretera del Mariel y continuó, sin darse cuenta, hacia Baracoa. Como siempre, el caserío estaba oscuro, con el aire de abandono de los últimos años, como si sus habitantes hubieran huido luego de un bombardeo. Al lle­gar a Playa Habana, parqueó el jeep frente a uno de aquellos bungalows que debieron de haber sido suntuosos cincuenta años atrás, cuando los cubanos tenían ilusiones, dinero y ganas de vivir. Apagó el motor. Se agazapó como si quisiera hacerse invisible. Sabía que la patrulla vigilaba. Los guarda fronteras vi­gilaban sin descanso, aun en noches como aquélla. Los soldados no permitían que se estuviera en la playa de noche. En otra época, se podía permanecer en la orilla hasta el amanecer. Llegó un momento, como todo, en que aquello también se convirtió en delito. Cualquier nimiedad era un delito.

En otra época, muchos se iban por allí en botes, incluso en balsas bien hechas. A veces, hasta en yates. Huían hacia el Nor­te. ¿Todas las Tierras Prometidas se hallarían hacia el Norte? Por algo las agujas rojas e imantadas de las brújulas marcaban el Norte. Por algo la estrella Polar no señalaba el sur ni el este ni el oeste. La fuerza magnética, las estrellas: cosas de todos los nortes. Ahora ya se había vuelto difícil, por no decir imposi­ble, un suicidio, salir en bote de cualquiera de esas playas. Para algo estaban las patrullas de tierra y, mucho peor, los guarda­ fronteras del mar, en sus lanchas, con la orden de capturar, disparar y hundir.

Juan Milagro recordó los años en que la gente se despedía con toda tranquilidad al pie de la pequeña dársena de Playa Hollywood. Él tendría once, doce años. Un niño que apenas entendía por qué tantos decidían enfrentar las aguas. Después de clase, pasaba los días mataperreando entre la playa sin nom­bre y las otras playas, tan feas como aquélla. Los que se iban, preferían hacerlo hacia el atardecer. Se ahorraban así las largas horas de sol. Se iban a North Naples, a Miami, a Saint Peters­burg. Al menos eso decían. Sonrientes, con termos de Coca- Colas heladas, y cervezas también heladas, y lechones asados, y tamales, y trusas, y sombreros de yarey, y espejuelos oscuros, y las pieles untadas con manteca de coco para que el sol no les hiciera el daño irreparable que hacía el sol en esta zona del mundo. Había música en los yates, un forzoso Elvis Presley, un no menos forzoso Paul Anka, combinado con los Platters, alguna Doris Day cantando aquella canción espantosa, Lo que será, será. Y así se iban, cuando hacía buen tiempo, en los pri­meros meses de 1959. Y eso que el ferry City of Havana aún hacía el trayecto La Habana-Cayo Hueso por sólo siete pesos cubanos (veintiocho si querías llevar el carro). Se iban entonces como si fueran de vacaciones y quisieran ventilar los pulmones con un poco de aire marino o decidieran ir a nadar o a pescar, a comprar piezas baratas en los almacenes de Miami. Como si el regreso fuera cosa de unos cuantos días. Muchos declaraban explícitos y convencidos:
—Regresamos pronto, cuestión de meses.

Nadie hubiera tenido la certeza (y de tenerla, tampoco la hubieran declarado) de que partían para siempre. Aún no existía en Cuba esa rarísima frase: «Para siempre», esa convicción: «Nos vamos para siempre». En aquellos primeros años (1959, 1960, 1961), nadie partía para siempre. Se alejaban por un año, por dos, acaso por tres con mala suerte. Hasta que «esto» (y enderezaban los índices de cualquier mano hacia la tierra, «esto, esto», y todos sabían qué conflicto, qué historia, qué desgracia, qué tragedia encerraba la forma neutra del pronom­bre), «esto» se aplaque, se caiga o se hunda.
Muy pocos presentían que se iban para siempre.

Con once o doce años, Juan Milagro tampoco podía sospe­char que aquellos que se iban dejaban atrás una casa, con cuan­to eso implica, con todos los recuerdos de una casa. Una ca­sa es como una vida, pensaba Juan Milagro. La casa: el modo que encontraba la vida, con sus consecuencias y aspiraciones y recuerdos, de alzarse convertida en materia, de hacerse visible.
Y los que se iban preferían no hacer el cálculo de cuánto dejaban. Se hallaban convencidos de que se trataba de una mala racha. Unos pocos arios oscuros. Volverían a sus casas, a sus vidas, a sus rutinas, como si nada, o bastante poco, hubie­ra pasado. Volverían, claro que volverían. Cuando «esto» (el ín­dice hacia la tierra) hubiera pasado”.

Abilio Estévez nació en La Habana en 1954 y en la actualidad reside en Barcelona. Se licenció en lengua y literatura hispánica y cursó estudios de filosofía en su ciudad natal. Ha escrito dos magníficas novelas unánimemente aclamadas por la crítica y traducida a ocho lenguas: Tuyo es tu reino (Premio de la Crítica Cubana 1999 y, en Francia, Premio al Mejor Libro Extranjero 2000) y Los palacios distantes (seleccionada por el periódico catalán La Vanguardia como Libro del Año en 2002). Es también autor del volumen de cuentos El horizonte y otros regresos, de los libros misceláneos Inventario secreto de La Habana (del cual ya te escribí una reseña) y Manual de tentaciones (Premio Luis Cernuda 1986 y Premio de la Crítica Cubana 1987) y de textos teatrales como Ceremonias para actores desesperados. Desde su deslumbrante debut, Abilio Estévez se ha convertido ya en “uno de los mejores narradores latinoamericanos de la hora presente » (Miguel García Posada, del madrileño periódico ABC), « nuestro particular Proust caribeño » (Antonio Baños de Qué leer). “Tras la muerte de Guillermo Cabrera Infante, el escritor cubano más interesante de nuestro tiempo” (Jordi Llavina de La Vanguardia).

Personalmente considero que hoy día los mejores escritores cubanos son Abilio Estévez, Eduardo Padura y Eduardo Manet. Sus cubanísimas plumas son elegantes y saben comunicar al lector el espíritu de nuestra lejana Patria sin caer nunca en vulgaridades o groserías. El navegante dormido es una tragedia sostenida por un ritmo absorbente, devastadora elegía de unas vidas que encarnan parte de la historia de nuestra Cuba. Esta bella e impactante novela cierra el tríptico cubano de uno de los narradores más potentes y originales de la literatura hispánica actual.

Te la haré llegar por la vía que solemos utilizar, estoy seguro de que te va a gustar.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras,

Félix José Hernández.

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