La Tumba de Goya en San Antonio de la Florida, Madrid

Tumba de Goya en San Antonio de la Florida, Madrid.

Tumba de Goya en San Antonio de la Florida, Madrid.

París, 4 de mayo de 2015.

Querida Ofelia:

Continúo contándote sobre la bella y soleada semana que pasamos en la capital de nuestra querida Madre Patria.

Tomamos el metro hasta la estación del Príncipe Pío. Al salir nos encontramos con un gran centro comercial muy contemporáneo, repleto de cafeterías de “comida basura” y de tiendas sin ningún interés. Bajamos por el Paseo de Florida hasta que, ante tanta banalidad decidimos tomar a la izquierda por la orilla del río Manzanares. Desde sus puentes se puede admirar una bella vista con la catedral de Nuestra Señora de la Almudena.

Recordé a aquel popular cantante cubano de mi niñez Rolando Laerie. que cantaba: “Río Manzanares, déjame cruzar, que mi madre enferma me mandó a llamar…”

Dándole la espalda al Manzanares, en un parquecillo del Paseo de la Florida se encuentra el monumento al gran Goya. Está representado sentado en un butacón, con la paleta y los pinceles en mano, observando en la acera de enfrente la Ermita de San Antonio de la Florida, que le sirve de Mausoleo.

Al lado de la Ermita, se construyó otra idéntica que actualmente sirve como iglesia, dejando la primera sólo como tumba del pintor. Recuerdo que hace unos 15 años fuimos allí a misa en compañía de una gran dama de la disidencia cubana. Cuando se escriba la historia de los que lucharon por defender la Libertad de Cuba y los Derechos Humanos de los cubanos en esta Vieja Europa, la Dra. Martha Frayde ocupará un puesto de honor.

Goya vio la luz en Fuentedetodos, cerca de Zaragoza, el 30 de marzo de 1746 y gracias a que logró vivir 82 años, fue testigo de una historia llena de sucesos dramáticos que conmovieron a su Patria y a Francia. Su padre era maestro dorador y su madre pertenecía a una familia hidalga. El 4 de diciembre de 1763 se presentó a las oposiciones para entrar en la celebérrima Academia de Bellas Artes de San Fernando (de la cual ya te escribí la semana pasada). Era una convocatoria sólo “para jóvenes pobres y hábiles”. Goya pintó con lápiz una estatua de Sileno que estaba en la Academia, pero el jurado no sólo lo suspendió, sino que también lo humilló al no darle ni siquiera un voto.

Al casarse con Doña Josefa Bayeau en 1773 se estableció en Madrid. Un año después comenzó a pintar los famosos cartones para la Real Fábrica de Tapices. En 1778 recibió el nombramiento de “Pintor del Rey” y tres años más tarde el de “Pintor de Cámara”, debido al gigantesco prestigio que ya gozaba en aquel momento.

Para muchos en el mundo Goya es “La Maja Desnuda”. Recuerdo que hace cuatro años, estábamos en el Restaurante Versailles de la capital cubana del exilio y, yo le decía a un primo de mi esposa que había vivido en Madrid: “a mí me gusta mucho Goya, no todo, pero tengo que confesar que su creación fue extraordinaria…” Una señora que estaba en la mesa de al lado y que aparentemente escuchaba nuestra conversación, nos interrumpió diciéndonos: “yo lo que prefiero son los cascos de guayaba, pero eso sí, ¡con queso crema!” No nos quedó más remedio que sonreírle.

María Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIII Duquesa del Alba, llevaba una existencia frívola y despreocupada que la llevó, según algunos historiadores al lecho de Goya. Él la inmortalizó en “La Maja desnuda” y “La Maja vestida”, aunque algunos especialistas afirman que no es de ella el rostro representado en esos dos famosos cuadros que hogaño se pueden admirar en el Museo del Prado.

En 1784 Langle escribió: “La Duquesa de Alba no tiene un solo cabello que no inspire deseos. Nada en el mundo es tan hermoso como ella… Cuando ella pasa todo el mundo se asoma a las ventanas y hasta los niños dejan sus juegos para mirarla”.

Carlos IV decidió extender sus posesiones hasta más allá del río Manzanares, como parte de la zona de caza de la Casa de Campo que la corona había establecido desde el siglo XVI. La Ermita de San Antonio de la Florida quedaba dentro de ese territorio. Fue restaurada entre el 1792 y el 1798; entonces se le encargó a Goya que decorara con frescos su cúpula y el resto del techo.

A la Ermita se entra por una pequeña puerta lateral. Hay una minúscula librería donde se venden diversos libros sobre Goya. Se pasa a una austera sala, en donde uno puede imaginar que estuvo la sacristía, que se ha convertido en sala de cine, donde se proyecta continuamente un documental sobre los frescos pintados por Goya. Al entrar en la sala principal, se puede observar la tumba del pintor al pie del altar mayor, donde se encuentra un espléndido Cristo de marfil.
Un serie de seis espejos colocados sobre atriles, permite ver los detalles de los impresionantes frescos, sin necesidad de que te duela el cuello a fuerza de pasar tanto tiempo mirando el techo.

Hay algo muy original por parte de Goya. San Antonio de Padua, nació en el seno de una rica y aristocrática familia en Lisboa y siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, dio todo a los pobres al entrar en la orden de los franciscanos y se fue a evangelizar por tierras galas e itálicas. Estando en Italia, San Antonio supo que su padre había sido acusado de haber asesinado a un hombre. El santo voló a Lisboa (primer milagro) convencido de la inocencia de su padre e hizo resucitar a la víctima (segundo milagro), para que dijera quién había sido el asesino. Este es el milagro que Goya escogió para pintar los frescos de la Ermita. La Justicia Divina triunfa frente a la de los hombres. La víctima es resucitada por el santo aristócrata en medio de una muchedumbre de gentes del pueblo. Estábamos aún en la época en que el pueblo llano era enterrado al aire libre y los aristócratas en las iglesias.

Después de haber sido testigo de la ocupación napoleónica y la Guerra de Independencia, que supo llevar a sus grabados y cuadros con toda la violencia que desencadenaron, su mente y su cuerpo comenzaron a sufrir. Recordemos “El dos de mayo”, “El tres de mayo” y “Los desastres de la Guerra”. Unos pocos años antes de morir tomó el camino del exilio hacia la ciudad gala de Burdeos, en la que Dios lo llamó el 16 de abril de 1828.

Regresamos a la estación del Príncipe Pío paseando por las orillas del Manzanares. Tomamos el metro y nos fuimos a la librería del Corte Inglés en la Puerta del Sol, donde pude comprar varios libros recientes de autores cubanos. En estos momentos los estoy observando, en la especie de pirámide de literatura que hay en mi despacho. Están en lista de espera para ser leídos. Te los comentaré según los logre disfrutar. Ellos son: “Lukumí” de Alfredo Conde, “El navegante dormido” de Abilio Estévez, “El Retablo del Conde Eros” de Eliseo Alberto y “Chiquita” de Antonio Orlando Rodríguez.

En cuanto tenga un poco de tiempo te seguiré escribiendo, quiero terminar mis cartas sobre Madrid antes de partir por una semana a La Ciudad Eterna, de la cual tendré mucho que contar.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

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