El  Via Crucis del Santuario Nuestra Señora de Lourdes

viacrus

París, 2 de abril de 2015.

Querida Ofelia:

Uno de los momentos más emocionantes de nuestra peregrinación a Lourdes fue el del Via Crucis. Recordé cuando de niño íbamos a las procesiones de la Semana Santa al pueblo de Remedios, allá cerca de nuestro terruño camajuanense. Oré por ti y por todos nuestros seres queridos.

Con el ejercicio del Via Crucis, los cristianos se ponen en marcha para rehacer el camino de Jesús hacia el Calvario. Como no todos pueden ir a Jerusalén, desde la Edad Media existe la piadosa costumbre de representar las 14 estaciones del Via Crucis en las iglesias y capillas e, incluso, al aire libre como en Lourdes.

Esta oración se hace con espíritu de penitencia y de reparación, para el perdón de los pecados. Este ejercicio de piedad tiene en Lourdes un particular relieve.

En 2001 Monseñor Jacques Perrier, obispo de Tarbes y Lourdes, decidió erigir un nuevo Via Crucis accesible a los peregrinos de movilidad reducida. Gracias a un responsable de peregrinaciones belga, Monseñor Perrier pudo ponerse en contacto con a una escultora, María de Faykod, que se encargó de realizar, progresivamente, estación tras estación, este nuevo Viacrucis destinado al Santuario Nuestra Señora de Lourdes. Diversos y generosos donantes aceptaron financiar todas las estaciones. La realización del Via Crucis culminó, en el alborear del 150 aniversario de las apariciones de la Virgen en el 2008.

Primera estación: Jesús es condenado a muerte.

 

“No saben lo que hacen”, dijo Jesús en la Cruz. ¿Habríamos actuado nosotros mejor? Imitamos a los que lo abandonaron y a los que lo condenaron, por nuestras negativas a aceptar la luz, por nues­tras traiciones, por nuestros miedos.

El que trae la Libertad tiene las manos atadas. El que es autor de la Vida está condenado a muerte.

¿Dónde está la verdadera vida? ¿Dónde está la Libertad?

Segunda estación: Jesús carga con la Cruz.

 

El día del Bautismo en el Jordán, Juan Bautista re­conoció en Jesús al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Repetimos estas palabras en la Misa, justo antes de la comunión. Jesús quita el pecado porque, primero, cargó con él. Libremente. El Cordero sin pecado, asumió nuestro pecado.

¿Hasta dónde llega el amor?

Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Los Evangelios no nos hablan de ellas, pero las tres caídas nos dicen que Dios se hizo hombre: un hombre, no un superhombre. Jesús nunca dudó de su misión, pero sintió tristeza y angustia al acercarse su Pasión. Nos salva, a nosotros, pobres hombres, porque se puso a nuestro nivel. A los sabios siempre les ha costado admitir semejante rebajamiento.

¿Creemos en la Encarnación?

Cuarta estación: Jesús encuentra a su santísima Madre.

 

Otra madre habría pedido a Jesús que sus dos hijos tuvieran unos buenos puestos en el Reino. María no pidió nada, ni para sí misma, ni para su Hijo. La única vez que pidió, fue para los otros, en Caná, y con qué discreción: “No les queda vino.” Y dijo a continuación a los sirvientes: “Haced lo que Él diga.” Confía en Él, sin saber lo que va a hacer.

Pidamos a María que nos enseñe la confianza.

Quinta estación: Simón Cirineo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

 

Toda la humanidad está presente en la Pasión: los traidores, los verdugos y los cobardes; pero también los que se dejan conmover por la desgra­cia del otro. Simón presta su ayuda; las mujeres lloran; el centurión se abre a la fe. Simón no se ofreció voluntario, pero hizo lo que había que ha­cer en aquel momento. No es un héroe; por lo tanto, podemos imitarlo.

Es el momento de recordar las palabras de Je­sús: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hu­mildes hermanos, conmigo lo hicisteis. ”

Sexta estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

 

Después de unos brazos fuertes, la delicadeza de una mujer. Verónica salió de entre la multitud para ir hacia el Varón de dolores. Los Evangelios son discretos acerca del aspecto físico de la Pasión. Pero el rostro de Jesús, en aquellos momentos, de­bía de ser el del Siervo paciente, descrito por el pro­feta Isaías: “Muchos se espantaron de Él, porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano.”

¿Nos atrevemos a mirar de frente al sufrimien­to de nuestros hermanos?

Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.

En varias ocasiones, Bernardita, respondiendo a la petición de María, besó el suelo y anduvo de rodillas por el suelo sucio de la gruta. Cuando des­cubrió la fuente, el agua, al principio, estaba muy fangosa. Pero, muy pronto, el fango se transformó en agua clara y abundante. Para levantarnos, el Señor cayó. Para darnos la luz, se cubrió de lodo.

¿Me avergonzaré de un Dios que cae?

Octava estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén.

Jesús encuentra y consuela. “Consolar” es un de­cir, pues Jesús da a entender que el futuro de Jerusalén será trágico. No basta con llorar; hay que convertirse. Esta estación nos remite a las cinco apariciones en que María dice a Bernardita: i “¡Pe­nitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!” Bernardita ofrecerá su vida entera “por los pecadores”, sirviendo a los enfermos.

Conmoverse es mejor que nada; pero convertirse, es más difícil. Pidamos la gracia de una conversión constante y efectiva.

Novena estación: Jesús cae por tercera vez

La segunda caída está aún reciente. Jesús cae de nuevo. Se levanta; es el último esfuerzo del que es capaz. Después, ya no será más que el juguete de los soldados. Mira al Padre, que lo resucitará en la mañana de Pascua. Por el momento, Jesús vuelve a caer, como nosotros volvemos a caer en el peca­do. Pero Dios nos perdona cada vez y nos tiende la mano para levantarnos.

¿Estamos dispuestos a perdonar hasta setenta veces siete?

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

 

El Hijo de Dios se despojó de la gloria divina, como dice San Pablo: “Él, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios, al con­trario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo… Se rebajó, hecho obediente hasta la muerte.” Jesús es despojado ahora de toda digni­dad humana. Los soldados se reparten sus vestidu­ras y echan a suerte su túnica.

El bautizado se despoja de los oropeles del mundo para revestirse con la vestidura blanca de la vida nueva, en el Espíritu Santo.

Oncena estación: Jesús es clavado en la Cruz.

Meditemos las siete palabras de Cristo en la cruz:

.Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

. Hoy estarás conmigo en el paraíso.

. Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Ahí tienes a tu madre.

. Tengo sed

. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

. Todo está cumplido.

En sentido opuesto, escuchemos el desafío lanza­do a Jesús: “¡Qué se salve a sí mismo, si es el Me­sías de Dios, el Elegido!” ¿No llegamos a pensar, también nosotros, algunas veces, lo mismo?

Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz.

A la vista de Cristo muerto en la Cruz, nos rebe­lamos: no queremos ver esa imagen que muestra la crueldad de los hombres y lo que Cristo sufrió por nosotros. Pero, ante el cuerpo del que murió, guardamos silencio. ¡Que este silencio sea un si­lencio de adoración!

Es el momento de la fe. Esta muerte, ¿es un fracaso o una victoria?

Decimotercera estación: Jesús es bajado de la Cruz.

 

En la cruz, Cristo es levantado, exaltado, como dice San Juan. Ahora, su cuerpo es entregado completamen­te a los otros. La cruz se alzaba hacia el cielo y, ahora, él desciende a la tumba y a las entrañas de la tierra. Es la continuación de la Encarnación. Los allegados de Jesús se llevaron su cuerpo con un infinito respeto.

¿Cómo recibimos nosotros su cuerpo en la Eu­caristía?

Decimocuarta estación: Jesús es puesto en el sepulcro.

En el credo, decimos que Jesús “descendió a los infiernos”. No descendió al infierno, símbolo de la condenación. Descendió a los infiernos, el lugar de los muertos, ya que la costumbre de los judíos era enterrar a los muertos, es decir, ocultarlos bajo la tierra. A nuestros hermanos Orientales les gusta representar a Cristo visitando los infiernos, para anunciar el Evangelio de la Vida a todas las gene­raciones, desde Adán y Eva.

¿Cómo pensamos en nuestros difuntos? ¿Esperamos la resurrección de los muertos?

Decimoquinta estación: La esperanza – María a la espera de la Resurrección.

 

Los Evangelios no nos dicen nada sobre el día del Sábado Santo. Es el “sabbat”: se suspende toda actividad desde el viernes por la noche hasta pa­sado el día siguiente. Es el único día del año en que la Iglesia no celebra la Eucaristía. Es el día de la ausencia, el día del luto. Pero sabemos que el luto cristiano es provisional. El cristiano está a la espera de la resurrección.

María, fuerte en la fe, firme en la esperanza, te confiamos nuestros duelos. ¡Ampáranos en las pruebas!

 

Decimosexta estación: La fe- Resurrección.

 

¿Amamos bastante la vida para que la resurrec­ción sea una buena noticia? Muchos de nuestroscontemporáneos parecen haberse resignado a mo­rir. Otros se ven reviviendo indefinidamente una vida terrestre por la reencarnación. A Cristo no le gustó la muerte; pero cuando llegó la Hora, no la rehuyó. A causa de su amor, el Padre lo libró de ella para siempre, por el poder del Espíritu Santo.

En adelante, debemos creer en la vida y servir-la bajo todas sus formas.

Decimoséptima estación: La caridad – Manifestación de Cris­to resucitado a los discípulos deEmaús –Transubstanciación.

 

Hablando de la Pasión, de la que hacemos memoria en la Eucaristía, el 21 de agosto de 2005, en Colonia, el Papa Benedicto XVI dijo a los jóvenes: “Se trata de una fisión nuclear referida a lo más íntimo del ser,la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Sólo la explosión íntima del bien quevence al mal puede generar la cadena de transforma­ciones que, poco a poco, cambiarán el mundo.”

La Eucaristía nos invita a hacer de nuestras vidas una ofrenda, un don, una irradiación.

¡Te deseo de todo corazón qué Dios te bendiga!

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.

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