Las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand

ultrParís, 5 de marzo de 2015.

Mi recordada Ofelia:

Anoche fuimos a cenar a casa de la familia Borocco, al final de la agradable velada, Marie Françoise me trajo un bello paquete como obsequio. Al ver el papel de regalo, descubrí que eran libros editados por la celebérrima casa gala de Jean de Bonnot. Se trata nada menos que de los seis volúmenes de la edición conocida como la de los Crisantemos, de Mémoires d’Outre-Tombe, del vizconde François René de Chateaubriand (Saint Malo 1768- París 1848).

Los esposos Borocco conocen mi pasión por los bellos libros y éste ha sido un regalo extraordinario. Esta mañana me la he pasado deleitándome con ellos: cada tomo posee 560 páginas impresas en papel “vergé chiffon filigrané”. En total aparecen 124 ilustraciones originales de la época en que se imprimió por la primera vez. Al mismo tiempo en el paquete venía un grabado original del gran escritor realizado por H. Mever, con el certificado de autenticidad.

En los ya lejanísimos años sesenta, yo había leído esas Memorias, en unos viejos libros que me había prestado Conchita Gorgol. Pronto te escribiré sobre ella, pues fue uno de los personajes más importantes de mi adolescencia.

Chateaubriand trató de juzgar la época que le tocó vivir con “Ensayo sobre las revoluciones” (1797) y, al mismo tiempo que anunciaba el romanticismo, quiso restaurar el orden moral con “El genio del cristianismo” (1802) . Con “Memorias de ultratumba” (1884-1885), logró expresar la nostalgia de su vida y su época.

Cuando el mes pasado visité la londinense Abadía de Westminster, recordé que el gran escritor francés se quedó encerrado durante toda una noche en esa necrópolis real y al respecto escribió: “En ese laberinto de tumbas, pensé en la mía, lista para abrirse. ¡El busto de un hombre desconocido como yo, no ocuparía jamás un puesto entre tantas ilustres efigies!”

El 5 de febrero de 2005 a las 8 y 20 a.m. un pobre hombre en plena crisis de histeria me insultó. No creas que exagero, mi padre decía que yo tenía memoria de elefante. Ha sido la única vez que me han insultado desde el inolvidable mitin de repudio que me hizo el heroico Comité de Defensa de la Revolución Leopoldito Martínez, frente a mi modesto hogar de la Calle Soledad N° 507 en Centro Habana, el 18 de mayo de 1980 a las 8 p.m. Pues bien, para no perder el hilo de la historia; cuando el histérico terminó con sus insultos-para mí injustificadísimos-, ante los cuales yo me mantuve sereno sin decir ni una palabra, como si mi espíritu fuera nórdico en lugar de caribeño, se me acercó una joven colega profesora de francés y me dijo: querido Félix, recuerda las palabras de Chateaubriand:

“Il faut être économe de son mépris étant donné le grand nombre de nécessiteux”. (Hay que economizar su desprecio, visto la gran cantidad de necesitados).

No me consideres rencoroso, no creo serlo. Simplemente debo de tener “un disco duro” que como hasta hoy día no ha sido contaminado por ningún virus, conserva todo en su memoria.

El gran Chateaubriand vivió bajo el reinado de Luis XVI, presenció la Toma de la Bastilla, se exilió en Gran Bretaña. Regresó a su querida Francia, bajo el reino de un gigante que admiraba pero que no aprobaba. Sintió más que los demás de su época, la ingratitud de los poderosos, ya que él no era adulador ni tampoco explotaba su condición de gran intelectual.

Al regresar a París del exilio londinense, fue nombrado secretario de la embajada gala en Roma. En aquellos momentos era joven, guapo y vizconde, poseía todos los ingredientes para vivir la “dolce vita” de su época. En la Ciudad Eterna amó apasionadamente a bellas y brillantes romanas, mujeres que siempre había deseado, con las que había soñado durante su exilio.

Se iba a meditar entre las espléndidas ruinas del glorioso pasado romano; allí donde se habían alzado magníficos palacios y templos, en aquel momento había yerbas, cabras y ovejas. Fue entonces cuando decidió escribir sus Memorias, “para explicar su inexplicable corazón”.

Orgulloso, ambicioso, de un romanticismo exacerbado, debido a una infancia maravillosa y una posterior existencia tumultuosa, Chateaubriand quiso que sus Memorias fueran un monumento erigido a su propia gloria. Para un hombre tan romántico, esa gloria tenía que ser póstuma. Por tal motivo escribió sus Memorias de Ultratumba, para ser publicadas sólo después de su muerte. Por ello decidió esconder los manuscritos en una caja fuerte de hierro sellada. Pero los años pasaron y las deudas aumentaron tanto, que comenzó a ser acosado. Chateaubriand tuvo que asistir a la publicación de su gran obra.

En sus Memorias de Ultratumba nos cuenta su infancia pasada en las costas de Bretaña, sus aventuras en el castillo de Combourg, sus relaciones con numerosas personas célebres, sus viajes en los que siempre estuvo en la frontera entre el misticismo y las grandes pasiones. El gran dilema que lo persiguió hasta el final de su vida, fue el de tener que escoger entre los placeres espirituales o los que procuran las dulces pieles femeninas.

Escritas según los grandes críticos de literatura francesa, en “le plus beau français qu’on ait jamais conçu” (el francés más bello que jamás se haya concebido), sus Memorias le valieron ser llamado “l’Enchanteur” (el Hechicero), pues sus frases y su ritmo misterioso, le dan un toque de magia incomparable.

En la pequeña isla de Grand-Bé, frente a la fortificada ciudad medieval de Saint-Malo, en la costa de Bretaña, se encuentra la tumba del genio, del que murió ilustre, pobre y abandonado por todos.

Un gran abrazo desde la bella Francia,

Félix José Hernández.

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