Cinco días por La Ciudad de los Dogos

Los caballos de San Marco en el interior de la Catedral. Los que se ven en la fachada son una copia de éstos. Venecia.

Los caballos de San Marco en el interior de la Catedral. Los que se ven en la fachada son una copia de éstos. Venecia.

París, 9 de diciembre de 2014.

Querida Ofelia:

Regresamos después de haber pasado cinco días fantásticos en Venecia. Este fue nues­tro sexto viaje a la Ciudad de los Dogos y mientras viva trataré de ir cuando pueda.

¿Hay en el mundo una ciudad más romántica? ¿Existe una ciudad tan llena de poesía y de encanto?

Nuestra habitación del hotel daba al Cam­po San Geremia (los vénetos llaman campo a todas las plazas de Venecia salvo a las dos principales).

Por las mañanas nos despertaba el sol que inundaba la habitación y los chillidos de las gaviotas.

Frente al hotel estaba la iglesia de Santa Lucía, con su enorme cúpula de mármol de Carrara. Fuimos allí a misa y al final pasamos por la escalera del altar mayor y vimos de cerca al cuerpo momificado de la Santa. Está cubierta por una túnica roja y una máscara de oro, pero sus pies se pueden apreciar.

Ella reposa en un ataúd de cristal con decoraciones de bronce en sus bordes. Esta fue una de las numerosas iglesias que visitamos, todas son verdaderos museos, llenas de esculturas o de cuadros de gigantes del arte como: Tiziano, Tintoretto, Veronese, Canaletto, etc.

Una espectacular fue la de I Frari, cuyo campanario de 70 metros es el segundo de la ciudad. En su fastuoso interior están los riquísimos monumentos fúnebres del Canova y de Tiziano.

Una ciudad sin automóviles, ni semáforos, ni anuncios lumínicos, ni carteles de publicidad, ni bicicletas, todos a pie o en lanchas, bo­tes, yates y “vaporetti” (las lanchas que sirven de autobuses).

¡Qué maravilla! Un verdadero paraíso ecologista, una vuelta al pasado.

Caminamos durante los cinco días, paseamos y nos perdimos por las callejuelas. A veces las «calles» tienen apenas un metro y me­dio de ancho.

Después de la cena nos íbamos a recorrer los calle­jones semioscuros del Ghetto –barrio judío–.

Nos alejábamos del ho­tel y regresábamos de madrugada en vaporetto. Es una ciudad segurísima. En penumbras estaban sus calles, iluminadas por farolitos de tenue luz, a no ser “Il Canale Grande”, que como una gigantesca serpiente divide a la ciudad en dos y a todo lo largo de él, centenares de palacios muestran sus espléndidas fachadas de mármoles con sus balcones que hemos visto repletos de geranios y campanillas en primavera.

Es fascinante caminar y visitar los mismos sitios por donde pasaron: Casanova, Goldoni, Marco Polo, Vivaldi, Monteverdi, Cimarosa, Wagner y Stravinsky entre tantos otros.

Nos fuimos a cenar una noche a un restaurante al pie del Ponte del Rialto, en una atmósfera deliciosa, con un violinista que entre otras piezas, interpretó el Adagio de Albinoni. Después nos fuimos a pie hasta la Piazza San Marco. ¡Fabulosa! Ya la habíamos visitado de día, pero ahora tres orquestas se turnaban desde tres escenarios en distintos extremos de la plaza y tocaban música clásica, ante cientos de turistas sentados en las mesas frente a ellos, mientras que las decenas de tiendas bajo las arcadas mostraban objetos de gran belleza en sus escaparates iluminados.

Entramos a una de cristales de Murano, para comprar un souvenir y al descubrir el dueño, un señor de unos 80 años muy elegante, que tronaba detrás del mostrador, que éramos cubanos, comenzó a contarnos que él había estado varias veces en La Habana (“antes del señor de la barba” -cito textualmente-). Vendía cristales de Murano a las joyerías y casas de objetos de regalo de allá y me habló de: Riviera, Cuervo y Sobrinos, El Gallo, la Casa Quintana, etc. Había estado en Tropicana, en el Sans Souci, en el Flo­ridita y se había hospedado en el Hotel Nacional y el Presidente. Nos habló de familias que le encargaban sobre todo lámparas y él se desplazaba de Venecia a La Habana con los catálogos y visi­taba a los: Crusellas, Sarrá , Lobo, Bacardí, Barletta, etc.

Claro no­sotros no fuimos tan buenos clientes pues nos limitamos a comprar­ unos 20 caramelos y unos racimos de uvas para poner en unos centros de mesas, pero por ser cubanos de antes –vuelvo a citar-­-, nos ofreció sin pedírselo, un 10% de rebaja y nos deseó un pronto regreso a una Cuba Libre.

Visitamos la Catedral de San Marcos; su interior es increíblemen­te bello, todo el techo estácubierto por mosaicos bizantinos de oro.

Detrás del altar mayor el famoso retablo de oro macizo cuajado de piedras preciosas llamado La Pala D’Oro, del siglo V. En su terraza tronan los cuatro caballos de bronce dorados del siglo IV antes de Cristo, que en realidad son copias, pues los originales están en el interior de la catedral. Frente a ella se alza la Columna de már­mol con el León Alado de San Marcos y el campanario espléndido de 96 metros de altura desde cuya terraza se divisa un panorama de 5 estrellas. Se ven todos los techos de tejas marrones de la Ciudad y las islas de la laguna.

Después recorrimos el Palacio de los Dogos, llamado también Palazzo Ducale, con sus bellísimas salas y su riqueza inaudita.

De allí por el Puente de los Suspiros (es­pléndido exteriormente pero macabro en su interior), se pasa a las antiguas prisiones. La última vez que los condenados a muerte veían el cielo, era cuando pasaban por este célebre puente.

Allí en el palacio había mu­chos turistas, sobre todo japoneses. Ellos visitan toda Europa y la ven a través del centímetro cuadrado del visor de la cámara de vídeo. Es una verdadera obsesión la de filmar todo y cuando dejan de filmar es para ametrallar con los flash por centenares ¡Qué gente tan curiosa!

Era un verdadero placer ver a las parejas de enamorados pasear en góndolas mientras los gondoleros con sus camisetas de franjas azules y blancas y sus sombreros de pajilla con banda roja hacían malabarismos para con un solo remo y de pie poder hacer pasar las bellas góndolas por los a veces estrechísimos canales o por debajo de algunos de los 400 puentes que unen las decenas de islas que componen la ciudad lacustre.

Cada vez que voy a esta estupenda ciudad me acuerdo de uno de los personajes más queridos de mi adolescencia que se llamaba Zoila Reina. Ella se vestía como una reina, siempre con juegos de cartera y zapatos, elegante, distinguida, peinada de peluquería, pe­ro dicharachera, cubanísima, con un sentido del humor a toda prueba.

Según la vulgaridad y la mediocridad oficial avanzaban en la Perla de las Antillas, ella hacía villas y castillas para mantenerse elegantemente digna.

Zoila fue la única persona que conocí en Cuba que había visitado la Ciudad de los Dogos en su primera luna de miel (tuvo varias), con su primer esposo al que ella llamaba “El Canalla”.

Para mi madre y para mí era un placer escuchar las anécdotas de aquel viaje con “El Canalla” a Venecia.

Desde el cielo ella debe de saber que siempre que paseo por esa ciudad, me acompaña. Allí está ella, joven, guapísima, como dicen en la Madre Patria, paseando con “El Canalla”, yendo al Harry’s Bar o al Danieli, como ahora acabamos de ir de nuevo nosotros a brindar con un buen Amaretto di Saronno por ella -no por “El Canalla”-. Y allí en el Harry’s Bar, lugar preferido de Ernest Hemingway en la Serenissima, de pronto un cantante, de smoking, gomina en los cabellos y sonrisa de publicidad de pasta dental, comenzó a cantar el intemporal éxito del viejo Charles: «Venecia sin ti». Y es cierto que… “una góndola va cobijando un amor y que triste es Venecia si me faltas tú…”.

Pero este Sinatra italiano cantaba en inglés para complacer a un grupo de viejitas estadounidenses, todas vestidas color rosa o azul pálido con anchos pantalones, zapati­llas deportivas, muy peinadas y maquilladas como Dios manda.

Nues­tro cantante acariciaba el micrófono al estilo de los años 50 y hasta una de las americanas, que tenía todo el “look” de provenir del profundo Kansas o del fondo fondo del Ohio, comenzó a verter lágrimas de emoción que el engominado se apresuró a secar ante los suspiros de las demás. Ah… ¡Qué romántica es Venecia!.

Visitamos cuatro de las islas de la laguna, San Michele, que está amurallada y donde se encuentra el bello cementerio, en el que encontré la tumba de Stravinsky, sencillisima. Tiene una lápida de mármol con su nombre, las fechas de nacimiento y muerte y una simple cruz de bronce incrustada en el mármol.

Algún admirador había dejado un ramo de rosas rojas sobre ella. El está en el sector griego, a apenas unos centímetros del muro.

También vi la tumba del compañero Luigi Nono; consiste en una piedra con su nombre y fechas de nacimiento y muerte rodeadas de unos 4 metros cuadrados de césped. Lógicamente no tiene cruz pues él era un compañero.

Lo recuerdo cuando fue a San Cristóbal de La Habana y tuve que traducirle tantas sandeces admirativas sobre algunos personajes célebres de la Perla de las Antillas.

Estuvimos en la pequeña isla de Burano, con sus casas pintadas en todos los colores imaginables. Visitamos el Museo de los Bordados y la Iglesia de San Martino, en cuya sacristía se puede contemplar el esqueleto coronado en oro de Santa Bárbara, que descansa en una urna de cristal. Está cubierta por una tela roja que el párroco retira a solicitud de los peregrinos.

Allí como por toda Europa se le representa al lado de un castillo, con el pelo largo y una rama de palma en la mano. Siempre trato de comprender por qué en Cuba se le pone una espada, un cáliz en la mano, una corona e incluso sobre un caballo, a veces. Nunca un sacerdote europeo me ha sabido explicar.

Después nos fuimos a la isla de Murano, donde visitamos una fábrica del precioso cristal y pudimos admirar a los maestros cristaleros frente a los hornos produciendo sus obras de arte. Y recorrimos el Museo del Arte del Cristal, verdaderamente espléndido.

Habíamos viajado en tren nocturno, en coche cama desde París, de donde partimos a las 8 y 25 de la noche, para llegar a Venecia a las 9 y 10 de la mañana, después de haber pasado por Francia, Suiza y el norte de Italia durante la noche.

La entrada a la ciu­dad es muy bella pues un puente parte del continente con tres vías para trenes y dos para automóviles y pasa sobre la laguna hasta la ciudad que se va perfilando a lo lejos por sus campanarios y cúpulas de las iglesias.

Al atardecer reinan unos colores fantásticos debido a la luz del sol que se refleja en los canales y sobre las fachadas ocres y naranjas.

Pudimos presenciar una boda, en la iglesia de Santa Maria de la Salute. Habían puesto una alfombra roja desde el altar mayor hasta la escalinata de la iglesia y de allí por toda la plaza a la esca­lera que daba al canal. A todo lo largo había cestas de mimbre altísimas llenas de rosas y gladiolos blancos. Los invitados co­menzaron a llegar en góndolas, con una elegancia exquisita.

¿Existe un pueblo más elegante en el mundo que el italiano?

Era un verdadero desfile. Yo he visto muchas bodas en Francia, pero ninguna como ésta. Muchas sedas, sombreros, mucho cachet.

Al fin llegó la no­via en una góndola repleta de rosas blancas. Nosotros seguimos a visitar el contiguo Museo de la Academia con sus 28 salas reple­tas de tesoros del Renacimiento. Cuando comenzaron a sonar las campanadas de la iglesia salimos y vimos a toda aquella juventud tan desempercudida (como diría mi madre), riendo.

Al mismo tiempo tres yates en la orilla del canal se abrían sendas cajas dándoles la libertad a decenas de palomas blancas, que partían precipitada­mente en grupo y se perdían en el bello cielo veneciano.

¡Cómo había gente bella en la entrada de la iglesia¡ Los novios subieron a un yate blanco que partió lentamente, mientras que amigos e invitados subían a otros yates, siempre blancos, decorados con ramilletes de globos blancos que eran soltados.

La pareja de recién casados parecía salida de una película. El se parecía al Rock Hudson de los años 50, ella a la Cardinale de los años 60 y su papá al Marlon Brando de El Padrino.

Todo era tan fastuoso que a cierto punto nos preguntamos si no sería una película que estaban fil­mando. Pero no, era una verdadera boda.

Esperemos que puedan ser fe­lices y que Dios los proteja de los “compañeros”.

Fuimos a un atelier de máscaras del carnaval y vimos como las hacían allí. Nos compramos dos, pero son tan lindas que decidimos no utilizarlas en ningún carnaval, sino guardarlas de recuerdo.

Salimos en el tren de las 7 y 45 de la tarde de Venecia y mientras se alejaba por el puente de la laguna, me daba un poco de triste­za, pues era como si abandonara a alguien.

Creo que mi esposa y yo ya tenemos muchos recuerdos, muchos lugares en los que hemos estado juntos en esta ciudad y como dice el viejo Charles en su famosísima canción: “¡Qué triste y sola está Venecia, si me faltas tú…!”.

Creo que sentiría éso si fuera solo a la Serenissima.

Cada vez que voy a Venecia recuerdo a Mayra, una amiga de mi adolescencia y juventud, que ya hoy es abuela y que en Miami, allá en el S.W. sigue soñando con ir a pasear por los canales y callejones de la Ciudad de los Dogos.

Nuestro próximo viaje será, si Dios quiere, a Rumanía. ¡Viva el internacionalismo turístico!

Dios mío, se me fue la mano, he escrito demasiado, mi hermano Albertone se va a enfadar conmigo.

Te dejo, te prometo no escribir ni una línea más.

Espero que tengas buena salud y que Dios te permita conocer y pa­sear algún día por la Serenissima.

Te deseo de todo corazón que la pases bien en unión de los que te quieren.

Un gran abrazo desde el otro lado del mundo,

Félix José Hernández.

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