La excelsa herejía en “Brujas”, de Roger Vilar

portada

por: Ulises Paniagua

“…Sólo tus ojos quedaron.
Ellos no quisieron irse
(todavía no se han ido)…

…Su oficio es iluminar y enardecer;
mi deber, ser salvado por su luz resplandeciente,
y ser purificado en su eléctrico fuego,
santificado en su elisíaco fuego.

Edgar Allan Poe

Si bien el periodismo ha ocupado durante años el quehacer literario de Roger Vilar, basta acceder al universo que propone en sus relatos de ficción para considerarlo un narrador maduro, poseedor de un dejo de humor e ironía. Es evidente que los reportajes de nota roja legaron un profundo sello en el autor cubano, quien presenta en su obra paisajes urbanos y rurales plagados de un sub-mundo atemorizante, sangriento, o cuando menos, distinto a lo convencional.
Culto, declarado admirador de José Lezama Lima, conocedor de las historias de Virgilio Piñera y su rareza, Vilar, en su nuevo libro de cuentos “Brujas”, se arriesga a adentrarse al oscuro mundo de lo hierático y lo erótico (siempre tan emparentados); así como a los laberintos indescifrables de lo que hay más allá de la muerte y la referencialidad del tiempo.
“Brujas” es un libro sorprendente, de un horror no ortodoxo que se halla dividido en dos historias. No se propone la búsqueda de relatos que inquieten con la mención de peligrosos aparecidos o seres monstruosos. Procura despertar profundas perturbaciones psicológicas al enfrentar al hombre contra sus propios miedos, sin alejarse, desde luego, de los cánones de este género (el primer relato remite al ambiente denso, aterrador, de “ Los sueños en la casa de la bruja”, de Lovecraft; y el segundo recuerda al asfixiante Comala rulfiano).
“El inquisidor”, la primera de las dos historias, aborda la lucha eterna entre el bien y el mal, la dolorosa contradicción entre el llamado de la carne y el remordimiento que se produce en el interior de un eclesiástico (después de masturbarse bajo la mirada silente de imágenes de apóstoles y santos). Es el tema que emparenta la mirada de los mártires con el sadomasoquismo, según Bataille; es la búsqueda del orgasmo a través de la carne, a la manera de algunos poemas de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús.
El enamoramiento que producen los ojos del demonio en el alma del protagonista Alonso de Zumárraga (alojada en un sacerdote contemporáneo), es el eje central de este relato, donde el autor incluye con maestría elementos herejes y malditos, referencias de entendidos en tales asuntos, como lo son los libros “Grimorio de San Cipriano”, “La gallina negra”, y el grimorio islandés, como lo nombra Vilar, el “Galdrabok”; así como el ojo con seis pupilas tallado en piedra.
La prosa contundente pero oscura en los relatos sobrenaturales de Roger, es tan conculcadora como la imagen de la mujer-demonio, Elenor -el deseo perturbado a la manera de una Lilith demoniaca-, que persigue al inquisidor durante siglos, a pesar de la ruda protección de Fray Álvaro. Un viaje a través de la oscuridad de lo humano, de la psqiue, de los dogmas, los temores carnales y lo atemporal, es la propuesta del primer relato. Vale la pena leerlo.
“La cacería de Almenara”, el segundo y último de estos cuentos, es la crónica de aquel quien retorna, después de una larga travesía, a su pueblo natal. Es el regreso de un Odiseo a una ciudad de Holguín “que había quedado sin ningún automóvil”; es la búsqueda sobre las tierras cubanas de un “Páramo” sofocante en la espesura del trópico.
En la penumbra, el protagonista mira los viejos relojes de péndulo recordando las historias de su abuelo -presunto hidromante-, Emiliano. Hay un asunto sin resolver: Almenara, una diabólica presencia, una mujer que busca revancha, la reposición de una afrenta. Un relato mucho más “vilariano”, por así decirlo, nos espera al continuar leyendo: todo es confuso, la realidad y lo fantástico, los apócrifos episodios pretéritos y las anécdotas, la bondad o la brujería implícita en la figura de Almenara.
“Debes irte ahora mismo…allí tú sabrás retornar al lugar donde vivías”, le dice Meiga Menciñeiro al protagonista, intentando salvarlo, con “conjuros blancos”, de la turbiedad de trastos salvajes que cobran vida (¿una metáfora de las salvajes memorias del perseguido?). Luego, el abismo: hay voces que le llaman, pero son imprecisas en la oscuridad; un anciano se rebana el cuello, a machete, en un suicidio por demás absurdo e inexplicable, no sin que antes el protagonista le suplique le arranque el dedo que comprueba un incómodo anillo de matrimonio ¿Es una larga pesadilla reconstruida a partir de sus propias letras? ¿Es la confesión de un remordimiento, o la invención de una provincia sombría donde todo está muerto más allá de Camagüey? “Necesariamente algo tiene que ocurrir para que lo recordemos. ¿Todo pasado no es acaso una suposición?”, propone Roger Vilar, allí donde el horror permea a través de la imprecisión de la memoria, de la ambigüedad. Una propuesta magistral, sin duda.
“Brujas” posee el poderoso encanto de la originalidad del autor. Nos invita a una realidad aterradora y descarnada, donde cualquier elemento, cualquier mirada familiar levanta sospecha o provoca una aguda angustia. Los personajes aparecen abrumados por la culpa. Bien sabido es que lo más oscuro no proviene de una amenaza externa, sino del carnicero depredador que habita al ser humano, que desdobla garras y fauces a través de la existencia, conmoviendo al mundo propio y al ajeno.
En este libro, Roger Vilar, con el estilo ácido y preciso que lo caracteriza, consigue sacudir las sensibles fibras del horror humano. “Brujas” es, sin duda, un claro ejemplo de la más necesaria herejía en una contemporaneidad que necesita despertar de su pesadilla.

México, 2014

Foto: Victoria HAF

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