LA CIUDAD DE LAS APARIENCIAS

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“Ciudad de las artes y las ciencias”. Foto:Toni Almodóvar Escuder

Era una ciudad que podía encontrarse al azar en un sinnúmero de lugares de este mundo real. Regía como ley “el parecer sin importar el ser”, por ende los ciudadanos vestían disfraces y mascaras humanas permanentes; la lucha por tener era sinónimo de poder, dar y compartir eran acciones olvidadas.

Se competía por lograr una imagen social que impresionara sustentada más por apariencia que por objetividad, reflejo de valores y aspiraciones predominantes. El interés ciudadano se centraba en alcanzar el éxito a partir de “adecuar el cómo soy visto por los demás a expensas de mis realidades o verdades”, lo cual los convertía en farsantes profesionales de múltiples caras.

Lo material se consideraba imperativo; el culto a la personalidad aditivo, el egocentrismo agresivo marcaban el estilo de vida, eran atributos inminentes de supervivencia para el advenedizo; lo espiritual calificaba como superfluo, las artes y las letras agonizaban en el mar del descuido.

La estética corporal en su máxima expresión, obsesionaba; la anorexia y la bulimia rivalizaban con los anabólicos y esteroides; las cirugías correctoras, los implantes auxiliares, las súper dietas y suplementos vitamínicos coadyuvaban a la ansiada perfección. Diseños y mensajes grabados en sus pieles, así como adornos colgantes en partes inusuales, daban el toque de distinción requerido.

Los avances científicos y tecnológicos en todos los órdenes, se perfilaban a la búsqueda de la imagen ideal de los habitantes en esta ciudad aparente, capaz de satisfacer la opinión pública imperante. Los maniquíes y autómatas de carne y hueso pululaban por las calles. Llegó el momento en que los seres entre sí, aún con vínculos familiares y amistosos resultaron extraños por las múltiples modificaciones realizadas en sus anatomías y metabolismos.

Aparentar trascendía, se relacionaba también con la personalidad y el comportamiento en general; los lenguajes corporal y hablado eran estudiados al detalle, incluso la manera de sonreír y las formas de reaccionar ante reconocimientos personales y críticas. En dicha ciudad, la vida se circunscribía a una realidad manifiesta que no era real; el arte de simular se había enraizado con profundidad en la conciencia individual y social.

El ser era desconocido por el ser, suplantado por la arrogancia del bien lucir; el exhibicionismo en sus distintas modalidades, definía la aceptación social y por tanto el triunfo.

Pasado el tiempo, un virus de ceguera emocional se apoderó de la condición humana de los que allí habitaban, propagándose con rapidez hasta tomar categoría de pandemia; la carencia afectiva hizo sus estragos en la capacidad de sentir y en sus manifestaciones propias. Las bondades y virtudes del ser se fueron diezmando sin encontrar antídoto para ello, la ciudad de las apariencias se suicido en el nunca jamás.

Rolando Lorié (copyright-2013)

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