GENASIO Y SU CÁPSULA

Escena cubana de principios de siglo XX. Foto: lezumbalaberenjena

Hace unos siglos atrás, en un pequeño poblado, donde los ilustrados eran pocos, Genasio Peñasco se desempeñaba como escribano, función pública la cual lo autorizaba a dar garantía de que los documentos o escrituras que le presentaban eran auténticos o veraces y demás actos que se desarrollaban ante él; oficio del cual Genasio se sentía muy orgulloso y ejecutaba con esmerado recelo, además de conocer al detalle, la historia evolutiva de esa responsabilidad en el decursar de los años en los antiguos pueblos, donde lo útil e importante de los escribanos radicaba en la necesidad de fijar y conservar todo lo que pasaba en juicios y se estipulaba en convenciones; profesión que era por su naturaleza tan delicada como honorífica y respetable, porque en ellos como se decía, estaba depositada la fe pública. Para ejercerla, eran designadas personas distinguidas por su lealtad, su rectitud y su ciencia. Le llamaban también secretarios no solo porque en realidad lo eran de los jueces y magistrados cuyas órdenes y decretos redactaban, sino por razón del secreto que debían guardar en el desempeño de su oficio. La vida de Genasio se había centrado en su realización como un digno y encomiable servidor público, un genuino “chupa tinta” entre papeles, actas, documentos, sellos y cuños, dejando a un lado otros aspectos individuales referente a lo sentimental, lo familiar y relación con amigos. Desde la pérdida de sus padres vivía solo, no se había casado, se le conoció una novia cuando ambos estudiaban en el Liceo y la desdichada murió de tuberculosis apenas adolescente. En lo adelante, Genasio Peñasco fue desconocido por el amor; hombre delgado con espejuelos de aros dorados y piel blanquecina, lucía calvicie incipiente para su edad, la que escondía en sombrero de pajilla; de extraña apariencia por la ritualidad en su comportar y su soledad misteriosa, no se separaba del paraguas para resguardarse de la lluvia o el sol como único compañero; vestía de negro en toda ocasión, sus habituales levita, chaleco, corbatín y leontina con reloj dorado formaban parte de su rígida personalidad. El horario de sus actividades diarias era programado de antemano y con rigurosidad en su cumplimiento; empleaba una hora en las mañanas a su aseo personal antes del desayuno y otra hora, cuando regresaba de laborar en las tardes, además de lustrar sus botines y lavar las suelas previo a la cena. En el trayecto de su casa al registro civil y viceversa, consumía quince minutos cronometrados, ni más ni menos, concentrado en cumplir el horario no disfrutaba de lo pintoresco del pueblo ni de los habitantes. Del arreglo de su ropa y su dieta alimentaria se ocupaba la ya anciana Guillermina, su nana y ama de llaves, única persona que gozaba de su confianza por conocerlo desde su nacimiento y dedicarse con plena entrega a su crianza. Manejaba su economía con austeridad, gastaba solo lo necesario e imprescindible, pues uno nunca sabe lo que sucederá mañana, se repetía a sí mismo. Dedicaba su tiempo libre después de cenar, al estudio de la Filosofía y Teoría del Derecho acompañado por el degustar de una copita de buen coñac francés y fumarse un aromático puro; su máxima en el vivir era “lo que está conforme a la regla, a la ley, a la norma”. Su manera de existir transcurría sin grandes proyectos personales o anhelos, evitaba confrontaciones, imprevistos, complicaciones, sin asumir retos; la conformidad era su estado natural, sin salirse de la rutina diaria. Asumía el mundo creado por los demás sin crearse el propio a partir de experiencias personales; cumplía con sus obligaciones de manera disciplinada. Para él todo iba bien, lo cual era sinónimo de tranquilidad, de no abrumarse con conflictos ni obstáculos en la toma de decisiones personales.
Una mañana Genasio Peñasco al iniciar su hora de aseo personal, se miró al espejo con detenimiento…
-¡Coño que viejo me he puesto de un día para otro!-, exclamó para sí con asombro, sin concebirlo.
La imagen reflejaba su realidad, la cual consistía en ingredientes inconscientes hasta ese momento, de aburrimiento, inseguridad, angustia y abatimiento acumulados por años, enmascarados compulsivamente en su proceder. Se veía como un anciano desnutrido de sentimientos y mal encabado por la desesperanza, perdido en dogmas, férreas formalidades y costumbrismos generacionales; a pesar de su juventud, siempre había acumulado vejez en su corazón. Una vez consciente de su estado, pensó:-¿Estoy haciendo lo correcto con mi vida?-, ahí comenzaron a suceder hechos extraños.
Se sintió como salido de su cuerpo e inmerso en una cápsula de cristal que en vuelo, lo transportaba por lugares distantes desconocidos, dónde apreciaba la belleza de sus paisajes, la gama de vivos colores y no solo del gris que predominaba en su mirar, las personas lo saludaban con gentileza, los niños correteaban disfrutando de juegos infantiles; quedo maravillado con volver a constatar los estados afectivos de felicidad y alegría que había olvidado como ser humano y en sus semejantes, dejando atrás el disfraz con que había vivido. Comprendió que el tiempo no era su enemigo y trató de recuperarlo. En el pueblo no se supo más de Genasio; dicen que desapareció con su cápsula en el desierto del tiempo.

Rolando Lorié (copyright-2013)

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