Aún hoy día Lupe lleva en sus ojos el cielo y la luz de Cuba

Imagen
 Lupe, La Habana, 1973.

París, 27 de junio de 2013.

Querida Ofelia:

Ayer  salí de la universidad a las seis de la tarde con mi colega y amigo cubano Carlos.  Como siempre, tomamos el metro para regresar a casa. Habían pasado sólo dos paradas, cuando una espléndida muchacha se sentó frente a nosotros del lado de la ventanilla. Carlos se quedó mudo, se puso pálido y me susurró: -¡No es posible… es ella, es idéntica a ella!

Yo no lograba comprender y sólo atiné a preguntarle: – ¿A quién?

– A Lupe, me respondió.

La chica, de unos 18 ó 19 años, abrió un libro y se puso a leer. Deslizaba sus dedos sobre las páginas como si las acariciara. Nosotros nos manteníamos en silencio total. Pero Carlos pasaba su vista sobre ella  y la admiraba con poco disimulo por medio del cristal de  la ventanilla – que como estábamos pasando por un  túnel oscuro-, reflejaba perfectamente el hermoso rostro de la joven. Ella se levantó y se dirigió hacia la puerta del vagón cuando estábamos llegando a la estación de Saint Michel. Antes de bajar miró a mi amigo y le sonrió, lo cual le perturbó más aún.  Nos quedamos como de costumbre en la estación de Champ de Mars -Tour Eiffel y, como siempre he sido un gran curioso, lo invité a un café a tomar algo, para que me contara qué había pasado con la chica parecida a la que acabábamos de encontrar en el metro.

Fuimos al Bar Suffren  y allí Carlos me mostró una foto que lleva en su billetera desde hace 40 años, estaba gastada por los bordes. Es una copia de la original que puedes ver al inicio de esta carta y que me envió hoy por correo electrónico. Le pregunté si podía leer la dedicatoria. Me autorizó, pero me dijo que lo había escrito él mismo en esa foto, que ella le había regalado en el 1973. Quedé sorprendido con lo que estaba escrito, ya que no lo imaginaba tan romántico:

Querida Lupe: antes de  conocerte, no sabía la grandeza del sentimiento que encierra la palabra amor. Tuyo, Carlos”.

El barman se acercó y le pedimos dos piñas coladas. Estábamos sentados en cómodos butacones de ese bar inglés, del que fuera hasta hace cuatro años el lujoso International Paris Hilton.

Te voy a reproducir lo que me narró mi amigo.

“Conocí a Lupe en La Habana siendo muy joven, era  bella, su sonrisa era radiante y sobretodo tenía unos ojos espléndidos. Comenzó una historia de amor entre adolescentes que como todas las historias de amor de aquella época consistían en: ensayos y Fiestas de Quince, cines, Coppelia, paseos por La Rampa y sus alrededores. Pero poco a poco me enamoré de ella como nunca lo había estado. Recuerdo el día en que nos cayó un aguacero y nos empapamos en la acera detrás de la Compañía de Electricidad de Carlos III y no nos importaba pues estábamos juntos.  Yo pasaba infinidad de veces por la acera de su casa para ver si ella estaba sentada en uno de los sillones de la sala, hasta que me veía y se apoyaba en la reja. Por medio de señas nos dábamos citas en el Ten Cent de Galiano o en el Coppelita de Malecón.

Gracias a una prima de ella, logré entrar a su casa y conversar con su mamá, la cual fue amabilísima. Era una señora bella que parecía interrogarme con su mirada. Fue la primera vez en mi vida que tuve ganas de decirle: ¡Señora me quiero casar con su hija! Sin embargo no osé decirlo; ya que yo, como todos los jóvenes de aquella época, vivía agregado en casa de mis padres.

Cada despedida era como un desgarramiento, nuestra historia de amor fue intensa, profunda… hasta que un día  me enamoré de otra chica también muy bella. No quise mentirle a Lupe y le confesé que me iba a casar con la otra muchacha.

Durante todos estos años he pensado innumerables veces cómo habría sido mi vida si me hubiera casado con ella. No lo sé. Sólo Dios lo podría saber.

Hace dos años ella me encontró por Facebook y desde entonces hemos intercambiado fotos y mensajes. Cuando estuve el año pasado en los EE.UU. pude verla y conversar con ella en un restaurante. Hablamos de todo salvo de nuestra vieja historia de amor. Ella sigue siendo  una belleza cubana y  aún hoy día lleva en sus hermosos ojos el cielo y la luz de Cuba”.

Mientras el monólogo de mi amigo se extendía, en varias oportunidades vi que sus ojos se humedecían. Se ve bien que Carlos ha superado las vicisitudes de su existencia, logrando conservar la más exquisita y  hermosa virtud que podemos poseer los seres humanos: ¡La capacidad de amar!

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.


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