El Traslado

Torre de vigilancia. de la antigua cárcel de Lecumberri hoy convertida  archivo de la nación mexicana. Foto Vladimix,

Mario Héctor Rivera Ortiz

México DF, a 18 de Febrero de 2013

Ahora, aunque Lecumberri ya no es una prisión sigue siendo el culo del infierno. Fue tal la bestial hediondez que atrapó entre sus muros que perdurará por los siglos de los siglos. No hay nada que pueda limpiarlo. Es y será, mientras exista, símbolo del terror y el odio de clase. A ese tipo de edificios con sus muros y contramuros sombríos, sus torretas de vigilancia, sus estrechas ventanas enrejadas y sus jaulas para fieras, es necesario destruirlos sin dejar nada en pie, si se desea aminorar la fetidez que de ellos emana. Esa suerte tuvo en Guadalajara la prisión postcolonial La Escobedo, demolida en 1930 por los obregonistas de ese entonces y sustituida por el parque de la Revolución. “La Grande”, como la nombraba el hampa en su caló particular, era la Penitenciaría del DF en el año de 1952, o sea el Palacio Negro de Lecumberri.

El grupo de trece presos, que había sido cuidadosamente seleccionado por la policía política para ser enviado a Lecumberri se hallaba arraigado, al margen de la ley, desde hacía más de una semana, en la celda 1-bis, de la Sexta Delegación de Policía. Ese día el heterogéneo grupo de detenidos recibió del exterior un paquete con seis tortas de tamal envueltas en las hojas manchadas de grasa de un periódico clandestino que circulaba en el IPN llamado El Fósforo fechado el 5 de mayo.

Las tortas se dividieron en partes equitativas y Manuel Díaz Arzave se pudo quedar con el envoltorio sospechando que podría venir ahí algún mensaje de la Comisión Política, pero no encontró nada de eso. En cambio, en las hojas de papel descubrió un artículo sobre los hechos acaecidos hacía nueve días en el primer cuadro de la ciudad. Llamó su atención en particular un pequeño párrafo que venía en letras cursivas:

“Hasta ahora existe un vacío de información que abarca absolutamente todos los medios, un silencio literario persistente en torno al papel que jugaron las autoridades y algunos trabajadores de base del INBA en este affaire, porque está claro que Los dorados tomaron el palacio de Bellas Artes como su cuartel de campaña. ¿Quién les permitió entrar y salir de allí? Ellos no forzaron ninguna puerta, tenían las llaves del edificio o gente de ellos adentro. Además, después de los hechos no hubo ninguna denuncia oficial por la ocupación del edificio. Las autoridades del Instituto guardaron un silencio cómplice…

Dos o tres horas más tarde los cerrojos de la puerta de hierro que daba acceso a la celda 1-bis dejaron oír su ronco y amenazador chirrido. Un pelotón de gendarmes de facies patibularia, vestido de civil, entró maldiciendo y ordenando a todos ponerse en fila y salir uno a uno. Eran los mismos sujetos que durante varias noches, al filo de la madrugada, sacaban a los presos, uno por uno, para propinarles brutales golpizas en un cuarto oscuro. Con la escolta correspondiente Mario Rivera fue el primero en avanzar sobre un oscuro y estrecho corredor que daba al exterior del edificio. En la puerta lo aguardaba un automóvil negro, sucio y sin placas de cuatro plazas con las portezuelas traseras abiertas. El tráfico de vehículos y personas se había suspendido en la calle. Tras el carro negro había una fila de tres julias. Era el día ocho de mayo de 1952 como a las tres de la tarde. Antes de entrar al automóvil Mario preguntó al corpulento policía que lo sujetaba por el cinturón.

-¿A dónde nos llevan?..

-¡Si vuelves a abrir el hocico te rompo la madre, cabrón! -y el jenízaro para completar su respuesta le dio un fuerte golpe en el costado con la culata de la metralleta y luego un violento empellón que lo tendió en el piso del carro. Al mismo tiempo Mario percibió un olor pestilente a bota vieja y algo que le aplastaba la cara contra el piso antes de oír el run run del motor en marcha.

Luego un extraño diálogo a gritos de corte castrense.

-¿Toda la perrada comunista está a bordo, Sargento?…

¡Los hijos de puta están acrisolados en sus celulares, mi coronel!…

-¡Arranquen!… ¡Voy al frente del convoy!…

Y la fila de julias, automóviles y patrullas enfiló hacia el norte de la ciudad. Ninguno de los detenidos tenía la menor idea a dónde los llevaban ni porqué era aquel grotesco performance de violencia extrema totalmente innecesaria. Parecía cosa sencilla pero con tantos asesinatos extrajudiciales que se conocen en la historia de México y después del arraigo referido, sin haber visto a familiares ni abogados, la cosa no era de juego para los integrantes de la cuerda política. El convoy avanzaba con las sirenas abiertas causando el asombro de los transeúntes… ¡Terrorismo sicológico puro!… y La pata que humillaba a Mario seguía allí donde mismo…
Aproximadamente media hora después el convoy se detuvo. Ruido de corte de cartucho. Otra vez las voces estridentes del coronel y del sargento:
-¡Sáquenlos y fórmelos en fila!… ¡Vamos, rápido, muévanse!
Y la cuerda de trece presos, todos muy jóvenes, inclusive un menor de edad -Salvador Salcedo-, entró al penal por la puerta de hierro delantera flanqueada por la guardia policíaca armas en ristre. Atravesaron un pequeño patiezuelo y luego de pasar por otra puerta más pequeña, llegaron al estrecho y sombrío callejón trasero de los juzgados donde permanecieron hasta que el juez Alberto Gonzáles Blanco los llamó a declarar, uno por uno.
Sonaban las once campanadas en el reloj del pórtico del penal cuando empezaron a llegar del interior extraños y aterradores alaridos.

“¡Ya parió la leona!..” “¡Adentrooo, pitooo!…” seguidos del santo y seña reglamentario de los monos azúles: “¡Uno, alertaaa!… ¡Dos, alertaaa!… ¡Tres, alertaaa!…”

Mientras, afuera, la orgía mediática anticomunista continuaba. La revista liberal progresista de Martín Luis Guzmán, Tiempo, publicaba fotografías retocadas para justificar el proceso de los comunistas. Mañana circulaba con su versión ultra-macarthysta: “Provocación Roja. Un grupo de insensatos provocadores antipatriotas quiso restar fuerza a la formidable y vigorosa unidad de los trabajadores mexicanos con el gobierno de la república que preside Miguel Alemán y desataron la violencia fratricida en un choque con los manifestantes del primero de mayo frente al Palacio de Bellas Artes”.
Los trece primeros presos políticos acusados de haber consumado el delito de disolución social el primero de mayo de 1952 pasaban, silenciosos, a la crujía “H”, de turno, para esperar el veredicto del juez, el cual llegó sin falta al día siguiente: “Bien presos”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s