MI ENCUENTRO CON DULCE MARÍA LOYNAZ MUÑOZ: LO DEMÁS, VA Y VIENE CON EL VIENTO

Dulce María Loynaz Muñoz. Foto: http://www.centroloynaz.cult.cu

París, 11 de febrero de 2013.

Mi querida Ofelia:

Sólo unas breves palabras para enviarte este escrito que me mandó hoy Juan Alberto desde Italia, sobre una gran dama cubana, por la cual tú siempre sentiste gran admiración.

Te quiere siempre,

Félix José.

Ischia, 10 de febrero de 2013.

“Nunca pensé ni pretendí que pudiera llegar un día más allá de estrechar la mano a una personalidad de las letras; recién abiertos los ojos a un mundo a grandes trazos en la miopía propia de la edad y con las limitaciones impuestas históricamente a la generación cubana de la segunda mitad del siglo XX. Entonces no podía concebir que la vida nos depara más sorpresas de las que nuestra mente es capaz de dibujar ante nosotros. Un libro devorado durante toda la noche porque la casualidad lo puso en nuestras manos, o por la complicidad de quien quizo compartirlo sin que trascendiera que también éramos ávidos lectores de páginas prohibidas o mal vistas en aquel mundo, podía hacer las delicias de todos los que imaginábamos haber recorrido ya un buen trecho cuando realmente apenas habíamos abandonado la guardería y en pañales comenzábamos a deshojar un libro tras otro, fuera como fuera, viniera de donde viniera, nos lo diera quien nos lo diera, sin más ni más y sin preguntar mucho; bastaba tener la suerte de poder leer aquello que todo el planeta leía, por moda, curiosidad o por verdadera pasión de quien quiere volar entre páginas, polillas y estantes.

En 1976 me vi trabajando en el Ministerio de Cultura en La Habana y participando en las primeras experiencias del Sábado del Libro, que se organizaba frente a la librería La Moderna Poesía de la calle Obispo, a las puertas de La Habana Vieja. Confieso que me vi arrastrado entre los colegas que por edad y derecho propio de la experiencia vivida se daban de tú a tú con autores reconocidos por la crítica oficial cubana de la época. A mis escasos veintidós años comencé a preguntarme cómo podría correr tras éste o aquel con tal de decir que le había estrechado la mano, o para hacerme ver junto a un personaje determinado; cuando un año atrás, en los pasillos de la bicentenaria alta casa de estudios habanera y a hurtadillas murmurábamos disimuladamente sobre otros, nos pasábamos con la portada cubierta por un forro mal disimulado aquel libro escrito por quienes permanecían olvidados por esa crítica, o lo peor de todo, por la ausencia de crítica; ignorados por el silencio consciente, el profundo silencio, el silencio que duele tanto, pero tantísimo, y deja huellas profundas en quien lo sufre en carne propia, o en el joven que comienza a plumar sus alas para volar por cuenta propia y descubrir la realidad que lo rodea. De pronto, al dar sus primeros pasos aquel niño se cuestiona cómo es posible que no le hayan hablado nunca de éste o de aquel autor, excluido de los programas de estudio de nuestra enseñanza media superior y de las aulas de la escuela de Letras y de Arte en la Universidad de La Habana. Así las cosas, haciendo como si no hubiéramos escuchado bien, fingíamos el no haber oído a dos que hablaban de Lezama, de Virgilio o de Dulce María. El temor a sentirnos implicados públicamente como ávidos lectores que violaban el veto del silencio que nunca entendimos, al son de una personalidad necesariamente doble de quien quiere terminar y graduarse de una vez y por todas, tratando de aprender a caminar para abandonar el corral, para vestir los pantalones largos, para tener las llaves de la casa, nos imponía esta condición. Es indudable que regresamos a una condición adolescente, cuando en realidad éramos hombres y mujeres ávidos de nuevas y válidas experiencias. ¿Por qué tuve que leer y jamás comentar y discutir en grupo el Paradiso del maestro Lezama Lima, por qué Virgilio Piñera vivía prácticamente girando en su círculo inmediato de la calle San Lázaro a dos pasos de su escritorio, por qué no nos hablaban de ellos? Es obvio que no podía imaginar el poder entrar un día en la casa de Dulce María Loynaz Muñoz, hablar con ella, frecuentarla, verla ante mí, querer guardar en mi mente todas y cada una de las palabras que magistralmente escapaban de sus labios marchitos por un tiempo implacable. ¡Qué placer descubrir que Dulce María amaba los versos de Withmann y la prosa de Hesse! En inevitable catarsis realicé la satisfacción de compartir estas preferencias con un vivo pilar de nuestras letras.

Fue Doña Angelina Miranda, a quien me unía una profunda amistad, quien hizo posible mi primer encuentro con Dulce María. Angelina era una de aquellas personas envueltas en el encanto de un mundo desaparecido décadas atrás en La Habana. Durante muchos años fue su entrañable amiga, con quien compartió alegrías y sufrimientos, viajes, triunfos y amarguras sin fin. Fue por ella que pude entrar en aquella casa de 19 y D en el Vedado en el lejano 1980. Era un alma sensible y adorable que se percató de cuánta satisfacción habría sentido al conocerla y por ella atravesé aquella reja una tarde de mayo de aquel año. Eran cerca de las 5 de la tarde, la hora en que Dulce María solía sentarse en el elegante pórtico de su residencia, cubierto discretamente por una baja balaustrada que cerraba el paso a la vista de cualquier indiscreto. Me detuve ante la puerta de hierro antes de tocar el timbre y reflexioné una vez más sobre la persona a quien estaba a punto de conocer. Una extraña combinación de curiosidad ante lo desconocido y de mal disimulado orgullo por el privilegio de ver aquella mujer que se había encerrado en su casa durante casi veinte años se revolvía dentro de mí. Era la curiosidad por saber a ciencia cierta qué la había llevado a cerrar tras de sí aquellas rejas, que atravesaba para salir al mundo sólo en extrema necesidad, para un control médico, o para la misa de Semana Santa en su querida iglesia de las Siervas de María en la esquina de 23 y F del Vedado o en el Convento de las Catalinas de 23 y Paseo. El muro y las cercas que se levantaban en la calle 19 fueron la frontera que se fijó a sí misma, aislando lo que pudo y debió haber sido un delicioso jardín, que luego descubrí en simples arecas que no tardé en asociar con el amor que aquella mujer profesaba por las palmas cubanas. No pude evitar que pasaran velozmente ante mí las imágenes del jardín de los Finzi Contini en el instinto de conservación que llevamos dentro por salvar a toda costa una realidad ya virtual contra todas las adversidades. En el jardín de Dulce María se impuso la ausencia total de césped con la sencillez y lo esencial, pero sobre todo con una limpieza que en aquel ambiente inesperado se hacía aún más notoria. Unos pasos más por la breve escalera de mármol y me encontré en medio del pórtico dimensionado a tono con la personalidad que estaba por enfrentar, todo un mundo de mármol que debió haber sido espectacular y pulido en los años de esplendor de la familia Loynaz, escenario de veladas y encuentros donde el espíritu del intelecto prendía vuelo. Imaginé los pasos de Federico García Lorca en aquellas veladas, pensé en Flor y Enrique Loynaz, en los poemas leídos y vividos en tertulias improvisadas… Siguiendo con la mirada aquella larga fila de sillones de hierro alternada con bustos de mármol esculpidos sobre columnas, volví en mí al escuchar el sonido del picaporte girando dentro de la enorme puerta principal dando paso a Dulce María ante mi vista curiosa. Vi deslizarse hacia mí con sus cortos pasos y su bastón aquella mujer que aprendí a conocer durante los años siguientes. Vestía una falda sobria y larga que llegaba a cubrir discretamente sus pies. Era una espléndida tarde de mayo, pero tanto ella como Angelina se cubrían con sus encantadoras mantillas de punto en lana. Los años vividos las hacían sentir más el fresco de la tarde. Lucía sus cabellos recogidos con ganchos en un elegante moño gris sobre su cabeza, que por su frente amplia y despejada me hizo recordar por un instante a mi querida abuela Doña Aurelia Ríos y Pérez. Las gafas color ámbar, me permitían ver aquellos ojos que me escrutaban de arriba a abajo, mientras me regalaba una sonrisa difícilmente esbozada. Me estremecí al pensar que era una persona muy difícil de abordar. En aquel instante extendió su mano dulce como su nombre, cansada de escribir y de sobrevivir, y ésto alivió mi inquietud sobre su acogida. Con un elegante gesto me invitó a sentarme ante ella y Angelina y nuestra conversación tomó el rumbo de los créditos de un film que luego duró trece años: qué hacía, qué había estudiado, en fin, los temas triviales típicos de un primer encuentro que no se prolongó por más de veinte minutos, en los que apuré una deliciosa limonada fresca que me hizo servir de la señora que le prestaba sus servicios en casa. Al despedirme, me incliné ante su mano derecha que me ofreció delicadamente y me devolvió el gesto con una sonrisa agradecida, diciéndome que pasara a visitarlas cuando deseara.

Traté de guardar aquel encuentro dudando que tendría el coraje de volver a entrar por aquella puerta. Su personalidad y el enigma de su sonrisa eran un desafío, algo que no era fácil encontrar en La Habana de los años ochenta. Aquella mujer encerraba un mundo ya desaparecido en nuestra ciudad y que ella se había empeñado en conservar en su vida de intra muros. Allí los muros estaban por doquier, sus gafas eran los primeros, luego la balaustrada, la cerca de su jardín. Dulce María llevaba en sí misma un mundo de intra muros. Cuando niña, al igual que sus hermanos, recibió su educación privada dentro de su propia casa. Su familia y sus profesores le inculcaron grandes valores que luego defendió a brazo partido durante toda su vida. Los valores de la sociedad habanera que habían comenzado a diluirse paulatinamente extra muros con el derrumbe de la muralla de La Habana, durante la República con que llegó al mundo, y por último luego con las trasformaciones que trajo consigo la Revolución Cubana para la sociedad habanera, quedaron en aquella casa, tras esos muros que limitaban el paso sobre la acera de la calle 19, en aquella mujer que pluma en mano, optó por el exilio dentro de nuestro país y resistió al torrente que por dos décadas no logró silenciar su voz y su literatura; que torrente al fin, no podía ser silencioso. No existe nada impuesto que no sea contraproducente y este silencio se convirtió en curiosidad y en boomerang que cada día volaba más y más lejos. Los jóvenes nunca olvidaron a Dulce María y sus oídos fueron más allá del silencio, antes bien, corrimos a la búsqueda de lo desconocido. Así descubrí durante mis visitas caras jóvenes que frecuentaban a la poetisa y que, como yo, se interesaban por su obra, que le pedían una firma suya sobre un libro traído del extranjero por un turista o por alguien que podía viajar en aquellos momentos y traerles un libro suyo editado extra muros.

Defendía la forma por encima del contenido mas sin descuidarlo; para ella lo fundamental era “lo creado por el espíritu y para el espíritu”. Me lo hizo saber en más de una ocasión cuando afirmaba que lo espiritual era lo fundamental pues “lo demás va y viene con el viento”. Fue una afirmación que me llamó la atención mucho más aún, en cuanto contrarrestaba la teoría y la crítica literarias que habíamos aprendido a recitar de memoria en las aulas universitarias de aquellos años setenta habaneros que enfocaban unívocamente la atención sobre el contenido y el materialismo. En efecto, Dulce María despedía una espiritualidad inefable e inusitada con su sola y frágil presencia, en su poesía y en la maestría del manejo de los infinitos recursos de nuestro idioma, en sus dotes de síntesis y en la transparencia de sus versos con la sobriedad de su expresión. En más de una vez tuve ocasión de asistir a las conferencias que dictaba en su casa, frecuentadas por un nutrido grupo de personas, incluyendo al cuerpo diplomático de los países de lengua española acreditado en La Habana. Guardo en mi mente el recuerdo de su palabra conmovida al leer un texto dedicado al quehacer magistral de nuestro José Martí, y al referirse al amor de Carmen Zayas Bazán que se perdió en el aire y en el sufrimiento “como el agua que no llega al mar”. Su firme voz se perturbaba al pronunciar el nombre de aquella mujer en su amor por el Maestro. Las palabras de Dulce María, con el dominio de la expresión que la caracterizaba, transmitieron la fuerza del espíritu que ella imponía sobre todo lo demás que iba y venía con el viento.

Electa miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras en 1951, de la Academia Cubana de la Lengua en 1959 y Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española en 1968, Dulce María comienza a despertar en medio del silencio cuando en 1981 Cuba le otorga la Distinción por la Cultura Nacional y un año después la Medalla Alejo Carpentier. Recuerdo que no disimulaba su satisfacción al sentir que Cuba comenzaba a dedicarle una mirada. En 1984 la Real Academia de la Lengua Española la nombra candidata al Premio Miguel de Cervantes. Este acontecimiento marcó un vuelco y la sacó definitivamente a la luz pública. Era inminente su reconocimiento a escala mundial por parte de las letras hispánicas y Cuba no tardó pues en publicar sus Poesías Escogidas. La fuerza del espíritu de aquella mujer había vencido la prueba del tiempo. El Ballet Nacional de Cuba monta una coreografía para la prima ballerina assoluta Alicia Alonso inspirada en su novela Jardín. El estreno tiene lugar en el Gran Teatro de La Habana García Lorca y Dulce María, sola como siempre, toma asiento en el primer palco del ala derecha del teatro. Visiblemente frágil en su sobriedad, su vestir y su andar, fue el centro de la atención complacida y feliz de todo el teatro al entrar en el palco. Confieso que sentí una satisfacción indecible al verla allí y saludarla, como merecía, ante el público de San Cristóbal de La Habana. Sola la vi en estas manifestaciones, como sola la vi sentada en la funeraria de Calzada y K del Vedado, en su último saludo a la entrañable amiga Angelina. En un intento de romper su silencio y desolación le pregunté cómo iban las cosas por su casa, y me respondió a secas: ¿Qué casa? Tenía razón pues ya no sentía aquella como su casa, era tan sólo lo que quedaba de un caudal de recuerdos y años pasados; era lo que permanecía aún en la tierra, todo lo demás ya no estaba en este mundo y la esperaba en aquel al que su profunda fe la aferraba con indeleble firmeza. Año tras año Dulce María se había ido despojando de las cosas materiales, o bien para poder sobrevivir dentro de su casa o porque ya nada de lo material le importaba, y así percibí que se estaba preparando para partir definitivamente. Me sorprendía ver que poco a poco comenzaban a faltar las estatuas de mármol en el pórtico. En realidad, su casa fue la isla de Cuba, que amó en la intensidad de su silencio, fue la ciudad de La Habana que trató de conservar en su mundo de intra muros. Sus ojos se iluminaban cuando le hablaba del Río Almendares y ella recordaba lo que era el río habanero cuando ella era una niña. Esa fue su verdadera casa de extra muros que se impuso no abandonar jamás. Prefirió el exilio dentro de su patria antes que adoptar una nueva y tener que ahogar en silencio las inevitables e infinitas nostalgias del espíritu en países que la habrían acogido con los mismos honores de años atrás.

El tiempo apremiaba y no se hizo esperar más la Orden Félix Varela de Primer Grado que Cuba le concedió en 1988 cuando las letras hispánicas tocaban ya a su puerta con su máxima distinción a escala mundial. Llegó entonces el gran momento y recuerdo sus ojos, su alegría, su conmoción cuando el mundo hispánico honró en su persona a las letras cubanas en 1992 otorgándole el Premio de Literatura Miguel de Cervantes y Saavedra. Los viajes que caracterizaron su vida en la primera mitad del siglo culminaron en 1993 cuando por última vez viajó a España a recibir el premio de manos del Rey Juan Carlos. Fue una fiesta para todos los que tuvimos el honor de compartir las tardes en el pórtico de Dulce María disfrutando de sus lecturas, al ver que al final del camino el mundo no la había olvidado.

En diciembre de 1993 pasé por última vez entre aquellas rejas a despedirme de ella poco antes de salir de Cuba junto con mi familia, sin sospechar que nuestras vidas irían y vendrían con el viento que sopla implacable sobre la diáspora cubana dispersa por el mundo aferrada a la fe que la sostiene. Entonces mi escasa experiencia de vida me impedía entender su opción por el encierro creándose una patria dentro de aquella que ya no conocía. Hoy comprendo por qué Dulce María renunció a tomar el camino del aeropuerto y prefirió no soñar con las arecas y las palmas reales y decidió verlas crecer a pesar de todos los pesares en nuestra tierra caribeña. Al dejar atrás aquellas rejas no logré vislumbrar lo que se abría ante mí. El ser humano vive de su experiencia y no sospecha el desgarro espiritual que lo espera al despegar el avión en medio de un torbellino de sensaciones, con el imborrable recuerdo de un camino de espinas compartido con tantos que han optado por luchar en silencio hasta llegar un día hasta el aeropuerto, sin saber que allí encontrarán la puerta que los conduce a nuevas e inevitables tristezas mezcladas con alegrías que decaen bajo una lluvia de memorias que se pierde detrás del Atlántico. Manos generosas se tienden hacia ti en los nuevos caminos, mas por fácil que sea es muy dura la prueba que espera al alma sensible que opta por saltar la muralla de mar que rodea la isla de Cuba. La diáspora cubana no ha dejado nunca de suspirar por aquellas playas y aquel cielo en una vida que no basta para tantos suspiros pues si así fuera ya no sería la de este mundo.

Allí ante mí estaba la imagen imborrable de Dulce María, a sabiendas de que no la volvería a ver porque el tiempo no perdona; allí quedó donde y como la conocí, de pie en su pórtico de mármol y sillones, en toda su majestuosa dignidad, esplendor y profunda cubanía conservada en todo su ser, con sus perros y su jardín, ya sin flores, tan solo tierra… la tierra cubana que ya desaparecía ante mis ojos sin saber si por siempre, y aquella ilustrísima e irrepetible compatriota diciéndome: “Ve, no te des vuelta y que Dios te bendiga siempre”. Juan Alberto Hernández.

Juan Alberto Hernández Valdés. 27.08.1953 Camajuaní, Las Villas, Cuba. Graduado de Licenciatura en Lengua Alemana en la Universidad de La Habana en 1976. Trabajó durante años como traductor en el cuerpo diplomático acreditado en Cuba. Desde 1994 reside con su esposa y sus hijos en la Isla de Ischia, Italia.

Imagen tomada de la pagina de facebook ” Recuerdos de antaño para los cubanos”

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