¡Pica gallo!

 

Gallo de pelea. Trinidad, Sancti Spiritus,Cuba. Foto Priscilla Mora

Por Rolando Lorie

Las peleas de gallos finos constituyen un entretenimiento muy apreciado por el hombre de campo, incluso están presente en su lenguaje popular, al decir que alguien es guapo como gallo fino. Aniceto era el dueño de la valla de gallos en Jarubí, lugar donde se desarrollaban las peleas los sábados, desde temprano; aunque los menores no podíamos participar, mi primo Willy y yo nos subíamos a un árbol situado en el patio de su casa, que estaba a continuación de la valla y divisábamos una parte del ruedo donde se efectuaban las peleas; disfrutábamos de las mismas y de la bulla y algarabía de los participantes, haciendo sus apuestas cuando los contendientes estaban en plena pelea. La valla donde se entrenaban y peleaban los gallos, tenía una estructura en forma de círculo, de madera laminada en toda su extensión, como protección a los animales que competían; el piso de tierra, estaba cubierto por una gruesa capa se aserrín; alrededor, se situaban en forma de gradas escalonadas, los asientos para los espectadores. Aniceto además de ser el dueño del negocio, era gallero junto a su compadre Justo, ambos se encargaban de la cría de gallos finos. El proceso de cría era difícil según ellos, requería de conocimientos, experiencia, dedicación y mucha paciencia; el gallo fino no se podía criar en cautiverio, era necesario hacerlo en espacios abiertos, alimentándolo desde pequeño; separarlo de las hembras, pues ya a los cuarenta y pico de días se fajaban a muerte por ellas; estar atento además, a las enfermedades como el moquillo y la viruela. Durante este proceso, existían etapas de preparación en todo un año antes de pelear, dieta alimenticia, topes de entrenamiento, tusada y afeitada del gallo. Ya en el momento antes de la pelea, se estilaba calzarle espuelas naturales postizas, obtenidas de otros gallos que se criaban para ello. Los meses de las peleas, empezaban en noviembre y terminaban en mayo del año siguiente por la época de lluvias y la muda de los gallos. Ambos galleros gozaban de gran prestigio por su labor, sus gallos finos exhibían estirpe ganadora probada en numerosos topes locales, motivo que alentaba a otros galleros a preparar rivales capaces de vencer a los gallos finos de Jarubí. Entre las historias de gallos famosos que nos relataba Aniceto a Willy y a mí, cuando lo visitábamos durante su labor de atender sus crías, no podía faltar la de su gallo fino “Palomo”, como él le llamaba; su plumaje era blanco como la leche decía, lo que le daba una estampa singular, fajador incansable, bravo de verdad, le tiraban y tiraba sin parar, siempre hacía delante; acumulaba cinco peleas, todas ganadas; mientras hablaba de su gallo se viraba para Justo preguntándole:
– ¿Es así o no compadrito?
Recibiendo como respuesta:
-¡Al segurete compa!
Aniceto continuaba su plática con sus ojos humedecidos… “pues muchachos, ese Palomo era una maravilla de gallo, picaba como ninguno y qué decir de sus revuelos, afincaba con sus espuelas al más pinto”; se notaba con el sentimiento que recordaba a ese ganador; el sexto tope se realizó con un gallo cenizo, desconocido, de un tal Pepín Consuegra gallero también, pero de las afueras del pueblo; en la mañana se hizo el pesaje, se chequearon las espuelas postizas de igual dimensión y se casó la pelea a cien monedas o sea quinientos pesos; Justo a veces interrumpía la conversación exclamando:
-¡Compa pa’que recordar!
-¡Déjame guajiro coño!- contestaba Aniceto con total decisión. La pelea se programó a celebrarse como segunda en el orden de ese día; la valla estaba repleta de espectadores haciendo sus apuestas; finalizado el primer tope, ambos galleros con sus animales sostenidos entraron al ruedo esperando la señal del juez de valla, Aniceto le dijo a su oponente:
-¡Pepín Consuegra, esto es a muerte, a no ser que el tuyo se juya por pendejo!
-¡Si a muerte, si el cenizo se juye le arranco el pescuezo!-, le aseguró el aludido.
Ambos gallos estaban excitados con la algarabía, dispuestos a combatir; un apostador gritaba:
-¡Veinte monedas a diez al Palomo!
-¡Voy!-, respondía otro en el extremo opuesto, así se iban acordando las apuestas a un gallo y al otro; ya comenzado el tope Palomo picaba y tiraba sin cesar, el cenizo no se quedaba atrás, corría se viraba y revuelo al aire tiraba al tiempo que se oían las exclamaciones de ambos galleros:
-¡Pica gallo!
-¡Pica condenao, pica cabrón!
Palomo llevaba la ventaja en su batallar, dejó ciego de un ojo al cenizo, después del otro ojo, pero éste aún sin ver, cada vez que agarraba con su pico tiraba, se caía de un lado, se paraba y continuaba buscando a ciegas a su oponente; las apuestas iban subiendo a favor de Palomo al que todos los presentes ya daban como vencedor; Aniceto todavía se emocionaba haciéndonos el cuento y se preguntaba con fuerza:
-¿Por qué ese animal hizo eso?-, refiriéndose a su gallo.
Sin que Aniceto encontrara la explicación, Palomo se acercaba al cenizo, tiraba, pero no acababa con él, en un pase de esos el cenizo agarró con su pico, revoleteó y tiró dejando muerto al gallo de Aniceto al instante; de los presentes, ninguno podía creer el desenlace de la pelea, el juez declaró vencedor al cenizo; ambos galleros se lamentaban de lo sucedido, pues perdieron a sus respectivos gallos, uno muerto y el otro aunque victorioso, ciego e incapacitado para volver a topar.

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