Aparecidos en la Cañada Salada

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La vieja curandera-Tipos y costumbres de la isla de Cuba…1881-Victor P. Landaluze

En los pueblos de campo, siempre se difunden por generaciones, leyendas de aparecidos y fantasmas con características un tanto similares, en este aspecto Jarubí no se quedaba atrás. Aunque no se podía clasificar como un pueblo de fanatismo religioso; no contaba con una iglesia en su extensión territorial, sus pobladores profesaban el catolicismo con mezcla de espiritismo y todos los ingredientes de ignorancia y misticismo criollo. En el mes de Mayo de cada año, venia al pueblo, Padre Benito, cura católico a bautizar a los niños, momento que aprovechaban los vecinos para que mi abuelo fuese el padrino de muchos de ellos; no sé cuantos ahijados tenía; el Padre Benito regresaba al pueblo en diciembre por las fiestas navideñas; así representaba el nexo oficial dos veces por año, con la iglesia católica. Otra figura que se relacionaba con la fe religiosa, era Minervina, espiritista de renombre en Jarubí y sus pueblos aledaños, por sus obras espirituales; ella aseguraba que “había más vida después de ésta”, mujer de buen corazón, siempre presta a ayudar, no cobraba por sus servicios religiosos, los brindaba de buena fe, empleaba sus facultades de media-unidad con el ánimo de ayudar al necesitado; según ella, esa era la misión que Dios le había encomendado. Sus despojos o santiguaciones y rezos espirituales estaban presentes en momentos de enfermedad, mal de ojo, partos, alguna novedad familiar y desastres naturales. Conocía cuanto remedio hubiera para dolencias, enfermedades y males, utilizando una gran variedad de plantas medicinales; tenía unas manos prodigiosas para curar empacho de barriga, culebrilla, ciática, nacidos, flemones, hemorroides, parásitos, entre otros. Como recorría el pueblo en sus menesteres auxiliadores, era centro recepción e información de todo acontecimiento ocurrido en la población, incluyendo los chismes entre vecinos; sin su conocimiento, por supuesto, le llamaban “Radio Bemba”. Las creencias en maleficios y mala suerte, se evidenciaban en el jarubiseño, cuando se realizaban acciones tales como: – pasar por debajo de una escalera abierta-, -salir o entrar por una ventana-, -cruzar cerca del cementerio en la madrugada-, -mecer un balance o sillón vacío-, poner el pie izquierdo primero en el suelo al bajarse de la cama-,-romper un espejo-, y algunos que se me escapan de la mente. Los temas de muertos aparecidos y fantasmas no podían faltar en aquella idiosincrasia campesina; señalaban algunos lugares que por tradición eran fuente de esos hechos; la “Cañada Salada”, era uno de ellos, especie de riachuelo que atravesaba el camino polvoriento hacia el caserío de “La Vega”, el cual servía de lindero o división entre las fincas de Aquilino, el de la loma, y mi abuelo; su agua era semisalobre,al, al parecer se alimentaba de algún manantial con esa característica, de ahí su nombre, y ya en la finca de abuelo, se convertía en una lagunilla; cerca de esa cañada, a la orilla del camino, estaba la casa de Nenito, nieto de Aquilino; el siempre contaba que desde su casa en las noches de luna llena, alrededor de las diez y media, veía a las difuntas Hortensia y su hija pequeña Margarita de la mano, iluminadas por un brillante resplandor parecido al que produce la candela, cruzando velozmente la cañada salada y desaparecer al instante; agregaba que si alguien en ese momento pasaba por el camino al encuentro de las difuntas, ellas le lanzaban llamaradas con intención de que se quemara; relata la leyenda que muchos años atrás, Hortensia y Margarita murieron quemadas al incendiarse con una vela en la noche, el bohío donde vivían; también en esa cañada al decir de Nenito, aparecía Genaro, adolescente que se ahorcó por la vergüenza de ser hermafrodita, a veces se presentaba vestido de hombre, y otras vestido de mujer, según el sexo del caminante. En una ocasión, sabiendo que el último recorrido de Julito vendiendo el pan, finalizaba al pasar por la cañada en la noche, ideamos José Alberto mi amigo y yo, darle un susto, cubriéndonos con sabanas blancas y salirle a su encuentro; el día acordado al anochecer con sabanas envueltas en mano, nos apostamos en un recodo del camino muy cerquita a la cañada, en espera de la víctima; ansiosos, chequeábamos la hora en mi reloj a cada momento, por fin oímos a lo lejos, el pregón de Julito:
-¡Pan caliente!
De inmediato nos preparamos, echándonos las sabanas por encima, y una vez que él cruzó la cañada, le seguimos sus pasos gritándole:
-¡Oye!
Julito se volteó para ver quién lo llamaba y sorprendido, su primera reacción fue la de correr soltando el saco con los panes que le quedaban, al verlo nosotros, no pudimos aguantar la risa y al escucharnos reír, él paró su carrera, buscó piedras en el camino y comenzó a lanzarlas a diestra y siniestra vociferando:
-¡Yo no creo en muertos aparecidos, pero sin en los vivos!

Rolando Lorié (copyright-2012)

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