“¡Hijo de puta! No vas a volver a hacer lo que has hecho hasta hoy!”

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MUJER ABUSADA

Por: Enrique A. Meitin

Al principio de su vida matrimonial para ella “todo era color de rosa” en la casa de la madre de su joven esposo donde habían ido a vivir. Aunque como toda mujer —al menos era lo que le habían enseñado—, tenía que lavar, planchar y limpiar… y lo hacía para quedar bien con toda la familia. No obstante pasado algún tiempo todo cambio para mal de ella. El empezó a culparla de todo lo que sucedía en casa de la suegra, controlar lo que esta hacía, a quien veía, con quien hablaba, en resumen a limitar sus actividades fuera de la vida en pareja, usando incluso los celos para justificar sus acciones y hasta llegar a amenazarla con propinarle golpes si le desobedecía.

—Me celaba con todo el mundo… me pellizcaba, me mordía y me dejaba “morados” en diferentes partes del cuerpo por los golpes. Relataba la “mujer abusada” sobre los tormentos que hubo de vivir al lado de su esposo.

…No solo me pegaba. Continuaba narrando, sino que también me trataba como una prostituta… me ofendía continuamente…

Según su propio relato, era una más de las sufridas mujeres que son abusadas por su marido en nuestro país, influenciadas por la moral y la religión establecida, junto a la cultura machista, trasmitida de generación en generación —por suerte camino a desaparecer—, que enseñan y obligan a las mujeres que el esposo… más bien el hombre, es uno solo y de por vida. Por eso ella aguantaba, a pesar de que le pegaba reiteradamente a fin de imponer sus criterios y lograr sus propósitos… hasta que sucedió aquello…

Su calvario comenzó apenas cumplido los dieciséis años cuando, convencida de que había encontrado a su “príncipe azul”, como en los cuentos de hadas, se enamoró de un joven citadino que pasaba el Servicio Militar Obligatorio (SMO) en una Unidad Militar cercana a donde vivía en compañía de su madre y hermanos, dedicada a las tareas del hogar sin apenas haber logrado terminar la Enseñanza Primaria. Comenzó a “noviar” con él con la esperanza de ver realizado su sueño de casarse y trasladarse a vivir una “nueva vida” en la urbe capitalina.

Tras un año de noviazgo, primero como recluta, que cuando salía de pase la frecuentaba con la anuencia de la madre de ella, se quedaba a en la humilde vivienda a pasar el sábado y domingo hasta que volvía a su Unidad, y una vez licenciado, solo de vez en cuando la visitaba, por lo alejado que vivía. Cuando él le propuso vivir juntos en la casa de su madre en la capital se sintió feliz y dejó atrás a los suyos, sin imaginarse siquiera las experiencias que al lado del joven escogido estaban por venir.

Llegaba a la ciudad con metas bien claras trazadas: continuar sus estudios y convertirse en una profesional, en la esfera agronómica, pero ante todo ser una esposa feliz y una madre ejemplar, pues deseaba tener hijos… que por suerte para todos y en particular para ella, no pudo concebir. Ante ella se presentaba la oportunidad soñada ilusoriamente por todo habitante del interior del país de arrimarse a la capital en busca de algo mejor. Ese irreal submundo, no por menos, convertido en una especie de prolongación del planeamiento moderno, y que en parte se comporta como ventosa, que en los últimos siglos posee toda ciudad que crece.

De ahí los solares y “barbacoas” cubanas; los “cuartuchos” superpuestos de los cerros de Caracas; de las “favelas” de Río, o de los refugios del Distrito Federal de México y por qué no ciudades como Miami o New York con sus ejércitos de “homeless”. Aunque todos sabemos que toda capital posee su contraparte como el elemento pujante que en su permanencia, forcejeo e intento de ganar espacio, recuerda a los pobladores la imperfección, como estímulo de sobre vivencia o quizás de progreso. Si bien pudo abandonar su pueblo natal “bien casada” como manda la Santa Iglesia Católica y una vez en la humilde casa de su joven esposo contar desde un principio desde un principio con la hospitalidad de la madre de este, quien pese a las penurias en que vivía no dejó de compartirlo todo con la recién llegada, por considerarla parte de la familia… no todo resultó como soñaba…

Una vez llegado a la Gran Ciudad él demostró llevar una vida de estados de ánimos cambiantes y de caprichos pasajeros, mostrándose inmaduro y caprichoso. Deseaba todo con un anhelo desesperado que le resultaba a ella insoportable, como si quisiera de una manera constante demostrar que él era su “dueño y señor”. Comenzó a tratarla como el sirviente de la casa… no solo debía servirle a él, sino también a su madre, quien en honor a la verdad mientras vivió al lado de la pareja no se adjudicó ese mandato.

Si bien la joven desposada era del criterio que en el plano personal toda mujer desea sentirse protegida por el hombre que tiene a su lado, no quiere sin embargo esto decir que tal protección se ejerza rebajando el valor de la esposa como persona, ni sometiéndola a manipulaciones mentales ni a humillaciones que pueden provocar en ella sentimientos de culpa, mucho menos amenazarla con llegar a la fuerza de estimarlo necesario para lograr sus propósitos. Sin embargo lo cierto fue que él desde el comienzo de su matrimonio le había ofrecido tan solo una combinación de fuerza física y temor a que le acarrearía un daño físico y psicológico… lo que no tardaría en ocurrir.

Primero empezó por negarle a que estudiara y trabajara en la calle, pues con lo que él ganaba y se “buscaba” extra, podía darle todo lo que esta necesitara… lo que ella acomodándose al planteamiento de su marido lo creyó justo, al menos en un principio. Después de vez en cuando un grito, una palabrota, un empujón o insultos denigrantes e intentos en convencerla de que estaba loca y más que eso tratar de aislarla de sus amigos y de su familia. A ello siguieron las intimidaciones por medio de gestos, y miradas y la destrucción de algunas de sus cosas de la esposa. El matrimonio iba deslizándose hacia el fondo por una pendiente de sinsabores, que parecía no tener fin.

¿Si al menos me demostrara su amor en otra forma? Un amor normal, consecuente. Decía para sí y lloraba en silencio, mientras alegaba que al igual que la mayoría de cuanta mujer desencantada de su matrimonio sobrevive, ella tenía que sobrevivir, aunque se sentía cada vez más deprimida…

Se justificaba diciendo que la mayoría de los hombres eran así. Recordaba el clima violento en que vivió siendo niña en su hogar, cuando su padre golpeaba a su madre, después de un día frustrando, sin importarle que ella quizás también, tuviera problemas durante el día, pero debía de mantener la calma al regreso de este para no importunarlo. Divorciarse nunca fue para la madre una opción, como no lo era tampoco ahora para ella. Para una como para la otra, el matrimonio era “hasta que la muerte los separe”. La madre no tuvo estudios, mucho menos un empleo que le permitiera no depender del marido mientras este vivió… al final él se murió y ella continuó sola. ¡Cuántas semejanzas! ¡Cuántas experiencias iguales!… pensaba.

Estaba ahora en la misma situación que su madre años atrás, pues él no le había permitido continuar estudiando, mucho menos trabajar en la calle. No sabía incluso cuánto dinero entraba en la casa, pues nunca le comunicaba nada al respecto, solo le destinaba una cantidad fija mensualmente, sin importarle si le alcanzaba o no… Tenía que hacer “juegos malabares” para que el dinero llegara hasta fin de mes, y él… bueno él se vestía y se calzaba a la última moda y salía a embriagarse con sus amigos… al menos eso era lo que le decía…

Al morir la madre de él, ella trató de convertirse en el paño de lágrimas del esposo, y si una madre sobreprotectora el necesitaba, ella estaba dispuesta a asumir ese papel, pero nada cambió pese a su acercamiento… solo obtuvo un nuevo rechazo… tal vez no supo siquiera esperar un tiempo prudencial para lograr ese sentimiento de amor tan confuso de su esposo.

La vida transcurría y cada nuevo día, más abusada y al mismo tiempo más desencantada de su matrimonio se sentía, en ocasiones su hombre mostraba indiferencia, otras abusaba sexualmente de ella, aunque no quisiera estar con él en ese momento la poseía a la fuerza, la golpeaba reiteradamente hasta que ella temerosa de lo peor se dejaba poseer. No solo se sentía ultrajada y vegada por su hombre, sino que se apreciaba como motivo de burla de los demás y trataba de ocultar inútilmente las huellas de los golpes que este le propinaba.

Impunemente ante familiares y amigos, trataba de maquillar su matrimonio… de aparentar. Una imagen de “mujer fuerte” que creí ser pero que en realidad no era, sino una mujer que irremediablemente había perdido su autoestima y no sabía qué hacer para recuperarla… tan cobarde, que prefería callar y proseguir humillada antes de ser valiente y enfrentar su realidad. No se explicaba cómo podía continuar con un hombre así.

Continuamente se repetía…que no podía vivir sin él… que era la cruz que estaba obligada a arrastrar de por vida. Tal vez tenía que repetirse las mismas experiencias de la madre… la que conoció en su hogar, allá en el “campo” cuando era una niña. Intentaba razonar, pero le era imposible ¿Hasta cuándo aguantaría tal situación? Pensó entonces en lo peor… vengarse de él cuando se le presentara la oportunidad… había llegado al colmo de la desesperación… no hay nada más peligroso que una mujer desesperada. La mujer desesperada es capaz de cualquier cosa y cuando se propone algo, pierde la razón y comete cualquier locura…

Pero como todo comienzo llega a su final y una noche comenzó el fin de la existencia de ella como mujer de apariencia, de “mujer abusada”, para convertirse en un ser impulsado a recuperar su autoestima. Por unos celos sin fundamentos, vivió una experiencia que colmaría su aguante… resistió por casi hora y media continuas humillaciones por parte de su esposo… insultos, jalones de pelos, empujones y golpes por todo el cuerpo, llegando incluso en un arranque de violencia, cortarle con una tijera, una parte de su larga cabellera.

—¡Hijo de puta! No vas a volver a hacer lo que has hecho hasta hoy! Exclamó por lo bajo, temiendo que si la oía, aumentara su cólera y continuara golpeándola…

Tal vez sea más doloroso sea conquistar la libertad que defenderla. Dijo para sí y pensó que estaba loca si dejaba pasar aquella oportunidad, al verlo allí tan indefenso descansando en su lecho matrimonial después de aquella interminable hora y media llena de pánico, llanto, dolor y súplicas, pero que no habían sido suficientes para él pues concluyó la faena amenazándola de muerte.

Pero como la vida se construye tanto con las oportunidades que uno deja pasar, como de aquellas que son aprovechadas y desde el momento en que uno se decide desde el fondo del alma a cometer un “exceso” y asumir las consecuencias de nuestros actos, es a partir de entonces que nos convertimos en otra persona,… en ese preciso momento estamos construyendo nuestro propio destino…

Semi dormido como estaba solamente percibió la sensación de aquel frio líquido que le empapaba el cuerpo… un simple chasquido del fosforo al ser rayado contra una suplicante lija… y finalmente un fogonazo violento de luz que lo envolvió para siempre en la oscuridad…

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