Chiquita

París, 16 de agosto de 2011.

Querida Ofelia:

Lo compré en una librería de la Calle Ocho de Miami. Cuando lo tomé de un estante, se acercó un señor de unos sesenta años y sin yo preguntarle nada comenzó a darme su opinión sobre el libro. Aparentemente tenía deseos de hablar y cuando constató mi silencio no le quedó más remedio que alejarse después de haberme lanzado una mirada de reprobación, como si yo hubiese sido un ingrato que no apreciara su monólogo. Algunos amigos me habían recomendado Chiquita y es cierto que es un libro extraordinario. Estimo que el Premio Alfaguara que ganó en el 2008 está muy bien merecido. Comencé a leerlo en el aeropuerto de Miami, mientras esperaba el aviso para tomar el vuelo de Air France que nos conduciría de regreso a La Ciudad Luz, después de tres semanas de vacaciones entre Las Bahamas y La Florida. Ya frente al mostrador de entrega de las valijas, había observado a un grupo de jóvenes que formaban un círculo con algunos adultos y rezaban. Pensé que se trataría de miembros de una secta. Posteriormente vi que en sus camisetas rojas llevaban escrito “Peregrinación a Lourdes”. Ocurrió algo muy curioso mientras estaba de pie junto a mi esposa frente a la puerta de salida del vuelo. Casi todas las butacas estaban ocupadas por los jóvenes peregrinos y sus acompañantes. Llegó un señor que caminaba con dificultad apoyándose en un bastón. Se dirigió hacia la única butaca libre, pero una de las aparentemente muy católica, apostólica y romana acompañante de unos cincuenta años le dijo que estaba ocupada, que la persona llegaría dentro de poco. El señor se sentó. Unos minutos después llegó la peregrina con la camiseta roja y el escrito sobre sus prominentes senos “Peregrinación a Lourdes” y ante su feroz mirada, el señor se levantó con gran dificultad para darle el asiento y se sentó en el piso. ¡Nadie, absolutamente nadie, fue capaz de cederle un asiento! Recordé lo de: ¡Perdónalos Señor, que no saben lo que hacen!

Creo que esos jóvenes y los adultos peregrinos miamenses no saben que decenas de miles de cristianos de todo el mundo van cada año a Lourdes para ayudar a los minusválidos y a los enfermos de todo tipo. Quizás cuando visiten el santuario se darán cuentan de su comportamiento inadmisible con el señor del aeropuerto de Miami.

Pasé las casi nueve horas de vuelo deleitándome con la lectura de Chiquita. La novela cuenta la vida de Espiridiona Cenda, una joven cubana de sólo veintiséis pulgadas de estatura, que llega a la Nueva York de fines del siglo XIX con el deseo de triunfar como bailarina y cantante. Esta biografía imaginaria de un personaje real recrea con libertad y una fabulación ilimitada las aventuras y desventuras de Chiquita, una mujer seductora e independiente que llegó a convertirse en una de las celebridades mejor pagadas de los teatros de vaudeville y las ferias de su tiempo.

Elegante, humorística y llena de peripecias, la novela de 550 páginas es un ambicioso fresco de una época pródiga en transformaciones sociales y milagros tecnológicos, en que las potencias se disputaban territorios, las cofradías secretas no habían perdido la esperanza de convertir el mundo en una gran Arcadia y las «curiosidades humanas» ejercían una extraña atracción sobre las multitudes. Protagonista de amores tempestuosos, dueña de un talismán mágico y testigo de intrigas diplomáticas, la liliputiense Chiquita vuelve a la vida en estas páginas, con todo su genio, su crueldad y su encanto, convertida en un personaje literario inolvidable.

En el preámbulo, Antonio Orlando Rodríguez escribe:

“Chiquita existió y en este libro se cuenta su vida. Una vida tan fuera de lo común y asombrosa como ella misma. Nació cuando comenzaba una guerra y murió al finalizar otra. Y durante ese tiempo, protagonizó su propia guerra contra un mundo que parecía empeñado en clasificarla como un «error de la naturaleza».

Supe de ella por primera vez en La Habana, en 1990. Un señor de más de ochenta años, que había sido corrector de pruebas de la revista Bohemia, estaba vendiendo su biblio­teca y fui a su casa con la ilusión de hallar algún libro intere­sante. Por más que busqué en los estantes de Cándido Ola­zábal -ese era el nombre del anciano-, no encontré nada que me llamara la atención. Cándido era muy conversador y me contó que en un par de días iba a mudarse para el asilo Santovenia.

-¿Tú eres escritor? – dijo de pronto, y cuando le contesté que sí, me arrastró hasta el dormitorio y abrió un es­caparate-. Aquí hay algo que te puede interesar.

Sacó dos cajas de cartón y las puso sobre la cama.

-Eran tres, pero la más grande la perdí en 1952, cuando el ciclón Fox pasó por Matanzas y me inundó la casa-explicó.

Las cajas estaban llenas de papeles amarillentos y noté que las polillas habían empezado a comerse algunos.

-Esta es la biografía de una artista cubana llamada Chiquita -continuó el viejo-. Pensé llevarme las cajas para el asilo, pero, pensándolo bien, lo mejor que hago es desha­cerme de ellas.

Buscó entre las hojas hasta encontrar un retrato de Chiquita. Me lo mostró y, al ver mi cara de asombro, soltó una risa pícara.

-Sí, era liliputiense. Le decían «la muñeca viviente» y «el más pequeño átomo de humanidad». También «la bomba cubana», pero ese sobrenombre ella lo odiaba. La conocí hace un carajal de años, cuando ya estaba retirada. Siempre tuve la idea de escribir un libro sobre ella. Me parece una injusticia que, a pesar de haber sido tan famosa, nadie en Cuba la co­nozca. Pero lo fui posponiendo y se me hizo tarde. A lo mejor terminas escribiéndolo.”

Les recomiendo a todos esta excelente novela, fruto del talento de Antonio Orlando Rodríguez. Te la haré llegar a San Cristóbal de La Habana por la misma vía que suelo utilizar.

Antonio Orlando Rodríguez nació en Ciego de Ávila, Cuba, en 1956. Es escritor, editor y periodista. Licenciado en Periodismo en la Universidad de

La Habana, ha residido en Costa Rica, Colombia y, actualmente, en Estados Unidos. Es autor de la novela para adultos Aprendices de brujo (2005), de los libros de cuentos Strip-tease (1985) y Querido Drácula (1989) y de la obra de teatro El León y la Domadora (1998). Su bibliografía incluye también investigaciones literarias como Literatura infantil de América Latina (1993), Panorama histórico de la literatura infantil en América Latina y el Caribe (1994), Puertas a la lectura (1993) y Escuela y poesía (1997).

A lo largo de su carrera ha publicado numerosas obras para niños y jóvenes, entre las que se encuentran El rock de la momia, Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, La isla viajera, ¡Qué extraños son los terrícolas! Y La maravillosa cámara de Lai-Lai.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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