La Ciudad, la edad política del mundo

foto

NYC – Metropolitan Museum of Art – Death of Socrates. The Death of Socrates Jacques-Louis David (French, 1748-1825) 1787 Oil on canvas; 51 x 77 1/4 in. (129.5 x 196.2 cm). Foto: Galería de wallyg

Por Julio Pino Miyar
<isla_59_1999@yahoo.com>

Entre todos los diálogos socráticos el que tal vez parece más simple es el conocido bajo el nombre de El Laques. Texto que ha sido calificado por estudiosos como el punto cero de la extensa obra filosófica de Platón, quien utilizara al personaje histórico de Sócrates -fallecido para ese entonces- para exponer, a través de supuestas conversaciones con oponentes, su propio pensamiento.

Los diálogos socráticos, escritos en Atenas por Platón, conforman no sólo la aurora de la filosofía -el momento en que queda definitivamente constituida- sino toda su madurez alcanzada. La filosofía nació en edad adulta, delimitando convenientemente, desde el principio, el campo en particular en que debía operar su saber, preestableciendo el alcance de sus investigaciones e intereses, y otorgándole una precisa finalidad a sus interrogantes.

En El Laques, en su calidad de diálogo primario, se puede apreciar muy bien el surgimiento de este proceso intelectual que en Platón asume la nítida forma de un método expositivo, el cual conduce a “Sócrates” a preguntar, frente a los que debaten cuestiones secundarias, por lo que realmente está en discusión.

El Laques es, en su acepción más sencilla, una polémica en la que participan varios interlocutores, sobre el carácter formativo que, para los jóvenes, puede tener la instrucción de las armas. Sócrates, mediante su lógica inquisitiva, formalmente basada en preguntas y respuestas, va incitando a sus oponentes a definir el significado de sus palabras, hasta que los conduce al núcleo del problema, luego de haber superado completamente lo que había en él de accesorio, anecdótico y de criterio puramente circunstancial.

La figura de Sócrates, anecdóticamente entendida por la historicidad griega como la de un gran conversador callejero, un extraordinario pensador estrictamente oral, a quien le gustaba importunar a sus conciudadanos de Atenas, poniendo en constante tela de juicio, con sus irónicas preguntas, todo lo anteriormente establecido, se enfrentaba a los viejos criterios de la tradición cultural y al culto religioso a los dioses del panteón del Olimpo. Sócrates expone, con sus singulares criterios, según Platón -quien se considera su expositor y discípulo- el comienzo del devenir de la historia intelectual de las ideas, la aparición de los primeros conceptos, y de ese principio de abstracción que hace primar a lo que se conoce como esencia por encima del mundo empírico perceptible, conformado por las simples apariencias.

La discusión de El Laques, al remitirse, mediante el juicio de Sócrates, a la esencia del tema abordado, nos remite a una disquisición sobre el valor. ¿Pueden ser formados los jóvenes en el valor mediante el arte de la esgrima? ¿Es enseñable, o sea, puede tener una funcionalidad pedagógica la doctrina del valor? Pero en resumidas cuentas, ¿qué es el valor?

Sócrates recurre a su ironía para decir que él tampoco sabe lo que es el valor. Aunque desde esa posición se establece un primer paradigma: nadie sabe, en resumidas cuentas, la definición correcta sobre lo que se discute. Entonces ya sabemos algo, que también eso lo ignoramos. Y es aquí donde comienza el ciclo del pensamiento socrático–platónico. La pregunta por el valor es la pregunta por una esencia, por un conocimiento no aparencial sino fundamental. Esa pregunta remite al mundo interior del hombre. Y la nueva pregunta, ¿qué es la esencia para Sócrates? nos remite, a su vez, a la larga secuencia de diálogos escritos por Platón, que expresan cada vez mejor su pensamiento. La esencia, podríamos responder, es el hombre, sus ideas; el lado íntimo, soterrado, de su existencia consciente. Y, ¿cuál es el ámbito privilegiado del hombre más acorde con sus intereses terrenales de ser existente, lógico y sensible? Su ámbito inevitable es la Ciudad, comprendida como la máxima institución social, política y civil, económica y humana.

Es en la Ciudad que, Sócrates, el filósofo oral, y Platón, el filósofo escritor, y creador de la primera escuela académica de Occidente, realizaron su importante y todavía debatido ministerio. De esa escuela surgió Aristóteles, el más importante discípulo de Platón, quien reconoció que fue Sócrates el primero que llamó la atención sobre el insustituible papel que juegan, en el seno del lenguaje y el pensamiento, las definiciones. Fue Sócrates quien resaltó la importancia que poseen las generalizaciones que realiza el lenguaje y el propio pensamiento para acercarse al lado oculto, abstracto, de las cosas, terreno primado del pensar riguroso y, desde ahí, dejar intelectualmente inaugurada la filosofía. Es en el diálogo de El Laques donde por primera vez queda delineado, en su forma más básica y para los lectores futuros, este principal cometido de las ideas.

El tema del valor alude, en primera instancia, a la valentía demostrada en el combate, formada mediante el arte de la esgrima. Retomado por Sócrates, alude a un principio abstracto que, sin negar su primer significado, lo extiende al concepto general de los valores, como cuestión no aparencial si no primordial de la conducta humana. Para Sócrates, el valor cobra una indiscutible acepción moral. ¿Quién es el hombre más valiente? ¿El que demuestra valentía en el combate? ¿O la valentía, si es relativa a los valores, puede ser expresada de otra forma? ¿No es acaso la virtud una forma de valentía, tal vez la valentía más alta? ¿Y cuál es el escenario donde el hombre puede expresar su mejor virtud? Ante esta pregunta, Sócrates se coloca frente al conocimiento como frente a un adversario formidable… El hombre más valiente, el hombre ejemplar del ideal socrático, es el que no teme a la verdad; el que demuestra su virtud en el escenario providencial de la Ciudad, que es donde pueden desplegarse sus verdaderas aptitudes intelectuales y morales.

Sócrates fue un mártir del conocimiento. Obligado a retractarse frente a un tribunal de Atenas, que consideraba pernicioso su magisterio para la juventud, no lo hizo y realizó, en cambio, la apología de su propia vida. Por la torpeza de sus palabras finales fue condenado a muerte, pero se le dio la oportunidad de huir fuera de la Ciudad y así salvarse. Sócrates prefirió la muerte al destierro. Hasta la muerte de Sócrates se podía morir en nombre de la patria, la familia, los intereses de un bando o de otro. Sócrates fue el primer hombre en Occidente que murió por sus ideas. Su figura presagia a Cristo y con él, el problema de la verdad y el significado de la virtud ocupan una dimensión capital. Es eso lo que a la posteridad le conmueve respecto a Sócrates y su ideal del hombre justo, honesto y sabio. Ha tenido, por tanto, grandes detractores.

Creo que fue su contemporáneo, Alcibíades quien lo comparó, por su pequeña figura de vientre abultado y cabeza enorme, con el cuerpo lascivo de un sileno. Federico Nietzsche, lo llamó feo, uno de los peores insultos con que se puede llamar a un griego antiguo, indicando con su fealdad una posible deformidad moral. Nietzsche consideraba pernicioso el magisterio de Sócrates, al enfrentarse a la tradición y al culto a los antiguos dioses del panteón del Olimpo, buscando con esto otra fuente de legitimidad de la sociedad, haciendo variar el curso de los intereses gnoseológicos de los pensadores griegos hacia los problemas que proyecta la sociedad de los hombres, civil y políticamente constituida. Nietzsche consideraba, finalmente, el voluntario martirologio de Sócrates como la última ironía del “gran ironista”, del pensador esencialista que propuso a la historia de las ideas de Occidente, canjear las virtudes “naturales” de la especie -la moral despreciativa y arrogante del guerrero, el nihilismo del hombre superior- por una doctrina idealista de la compasión y los valores cívicos.

En su libro La República, Platón vuelve a proponer la idea de la “Calípolis social”, es decir, la constitución de una sociedad ideal, fundada en la armonía y la síntesis de todas sus partes. Por eso, los problemas que nos propone hoy la ingente Modernidad siguen siendo, en su más intrínseco sentido, los mismos que se vislumbraron en Grecia en la aurora de la filosofía: La necesidad de constitución de un pensamiento, fundado en los universales del conocimiento, que fuera fuente teórica de la doctrina de los valores, como pueden ser la virtud y el ideal de belleza. Cuestiones que intentan devolver a las ideas su preeminencia a la hora de relacionarnos con el mundo natural. Cuestión, además, que puede hacer de la filosofía un invaluable instrumento de interpretación, que auspicie la acción política y el quehacer civil y cultural de los individuos.

La edad adulta de la filosofía alude al nacimiento en el joven del ideal moral. Ideal que lo conduce a amar y defender su Ciudad, como muestra de su primera virtud cívica, en la que están involucrados, por igual, familia, asuntos privados y sociedad política. Es en la Ciudad donde el hombre está llamado a realizar su presente humano, entendido como vida pública y libre asociación con otros individuos.

La Ciudad es así el espacio donde se reencuentran los hombres, mediante el trabajo, el diálogo y el pensamiento crítico. Las fuentes contemporáneas de su legitimidad descansan en su capacidad de configurar plenamente una Modernidad política, asumida como la participación plural y diversa de los hombres en la gestión democrática del presente histórico y la lucha por el fin de la miseria económica. Y a ese presente lo legitima la progresiva socialización de los intereses individuales y colectivos. Porque es sobre la base de ese a priori social que se puede pedir una vindicación del hombre y su filosofía. Una vindicación del pensamiento frente a la materialidad inerte, el cual se encuentra a la espera de que las ideas desentrañen su esencia y dispongan, en consecuencia, la configuración de un espacio humano, seguro, confortable, bien delimitado, correctamente socializado.

De esta manera, la Ciudad, devendría en el garante institucional de la democracia, un proyecto hasta hoy desvirtuado por la oligarquía financiera internacional. Mientras que ideal socrático deviene, en síntesis, en un proyecto moral que busca reconfigurar la Modernidad política. Aunque para eso la Ciudad de Platón, su inestimable Calípolis puesta a fluir en la lógica del devenir histórico, debe admitir las correcciones realizadas por la crítica rousseauniana, hegeliana y marxiana de los siglos XVIII, XIX y XX: La concertación social, -el contrato con todos y para todos- el Estado político, -su ideal misional- y la sociedad económica, -la democracia del trabajo.

Sócrates, sin lugar a dudas, puede hablarnos todavía por la voz subjetiva de los que aún creen en los proyectos sociales, y esperan por la asunción participativa de la conciencia política en un, hasta ahora, postergado presente histórico donde nos lo jugamos todo, lo inmediato y lo trascendente, lo humano y lo divino; el porvenir del cielo y de la tierra.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s