Jorge Semprún, un defensor de la Libertad de Cuba

Jorge Semprún y Pedro Almodovar. « Cuba sí, Castro no”. Théâtre du Rond-Point, París, 2003.

París, 27 de junio de 2011.

Querida Ofelia:

El Sr. Ministro de Cultura galo Frédéric Mitterrand declaró al conocer la noticia de la muerte del gran escritor en París a la edad de 87 años el 7 de junio: “Con Jorge Semprún perdemos al mismo tiempo a un gran escritor y a un gran testigo de nuestro tiempo”.

Semprún se exiló en Francia a la edad de 13 años, después de la Guerra Civil Española (1936-1939). Participó en la guerrilla hasta que a los 20 años cayó prisionero de los alemanes durante la ocupación del país en 1943 y fue deportado al campo de concentración de Buchenwald, de donde regresó el 11 de abril de 1945, cuando las tropas estadounidenses liberaron el tristemente célebre campo. Declaró: “he escogido deliberadamente la amnesia para lograr sobrevivir.” Sin embargo logró liberarse de parte de sus dramáticos recuerdos en dos novelas emocionantes: “Le grand voyage” (1963) y “L écriture ou la vie”, publicada sólo medio siglo después de la Liberación.

Recuerdo las palabras del poeta Jean Cayrol, sobreviviente del campo de Mauthausen: “ siento ese extraño privilegio de haber nacido dos veces”.

Hombre de gran cultura, recibió en Francia el Prix Fémina en 1969 por “La Deuxième Mort de Ramón Mercader”. Colaboró con Costa-Gravas como genial dialoguista en los filmes “Z” y “L’aveau”; también con Alain Resnais en “La guerre est finie”. Gravas acaba de declarar a la prensa: “Semprún fue un hombre de gran honestidad en la vida, en lo cotidiano, a propósito de la política y del arte”.

Fue elegido en 1966 como miembro de a prestigiosa Académie Goncourt. Semprún fue un hombre que a lo largo de toda su vida mantuvo una excelente actitud de defensa de los Derechos Humanos y combatió los totalitarismos, ya fueran de derechas o de izquierdas. Fue expulsado en 1964 del Partido Comunista Español por sus discrepancias con la línea oficial de Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo. Regresó a España en 1988 como Ministro de Cultura del gobierno de Felipe González. Después del gran entusiasmo inicial, tres años después se declaró un poco decepcionado de ese importante puesto.

Tuvo que renunciar a su candidatura como miembro a l’Académie française a causa de la oposición de algunos de sus prestigiosos miembros – a pesar que escribió casi toda su obra en la lengua de Molière-, debido a haber pertenecido al partido comunista español y a su nacionalidad española. Según los especialistas, el escribir mucho más en francés que en español le privó del Premio Cervantes. Según Costa-Gravas: “No fue solamente un Gran de España, sino también un Gran de Francia. Puedo concluir recomendando a los de la izquierda francesa que lean su último libro “Une tombe dans les nuages”: ahí encontrarán todo; él hace un análisis perfecto de a situación social. Se pueden encontrar los ingredientes para comprender, por ejemplo, las causas de las rebeliones actuales de la juventud de España y de otros países de Europa”.

El gran filósofo francés Jean-François Revel, defensor de la Libertad en Cuba y con el cual tuve el honor de poder conversar a menudo en el Instituto de Historia Social de París escribió:

“¿De qué sirve alegrarse de la decadencia electoral de los partidos comunistas occidentales, si su culto del error y del terror, su intolerancia, su desprecio por la persona humana se han transmitido a amplias capas de la izquierda no comunista? ¿Y cómo explicar que esta izquierda que se pretende no totalitaria se obstine en defender, durante los años ochenta, diga ella lo que quiera, a regímenes totalitarios? Porque el principio de la equidad aritmética entre totalitarismo de derecha y de izquierda, del que ya he demostrado el carácter intrínsecamente engañoso, no se aplica siquiera en la realidad. Así, en abril de 1986 se celebra en París, en el hotel Lutétia, una reunión en el curso de la cual prestan testimonio antiguos presos políticos cubanos, liberados después de haber sido víctimas de torturas y malos tratos. Las personas presentes en la tribuna, entre ellos Yves Montand, Jorge Semprún, Bernard-Henri Lévy y yo mismo, se limitan a hacer preguntas a los testigos, hombres y mujeres, que presenta, uno tras otro, Armando Valladares, organizador del encuentro, con la Internacional de la Resistencia. La fórmula está tomada del «tribunal» Sajárov, a su vez tomada del «tribunal» Russell de los años sesenta. En la sala asiste a la sesión un público que yo calculo en unas doscientas personas, del que salen también preguntas a los torturados. Igualmente se hallan presentes unos diez periodistas, tanto de agencias como de la prensa, escrita o audiovisual. Pero hay que preguntarse qué habían ido a hacer, puesto que la mayor parte de la prensa no dijo una palabra de la manifestación. Sin embargo, las frases que se habían pronunciado no tenían nada de ideológico; consistían en relatos de experiencias vividas y en descripción de hechos precisos.

En el caso de que la prensa hubiera querido poner en duda la veracidad de los testigos, tenía toda la posibilidad de hacerlo, sometiéndolos a contrainterrogatorios. No lo hizo. Los periodistas no tuvieron, pues, en ese caso, ninguna prisa en usar ese «sagrado derecho a la información», que enarbolan con tanto énfasis cuando se trata de otros asuntos. En efecto, se puede imaginar sin dificultad qué abundancia de informes habríamos visto en los periódicos franceses y extranjeros, si los presos políticos y víctimas de la tortura prestando testimonio en la reunión hubieran sido víctimas de la policía de Sudáfrica. Con lo que se demuestra una vez más que la izquierda no comunista no se ha corregido en absoluto de su parcialidad en favor de los totalitarismos marxistas. Sin duda su silencio unilateral se explica más por una especie de parálisis intelectual que por opción deliberada. Contra su gusto, debe, para continuar siendo creíble, admitir ciertas realidades indiscutibles. Pero no ha cambiado de opinión sobre el fondo de las cosas, ni sobre el lugar por el que pasa la verdadera línea divisoria entre reaccionarios y

progresistas. Tal vez, por efecto de la inercia, Castro esté, para ellos, en el lado bueno de esa línea, y Valladares se colocó en el lado malo, incluso si el segundo no ha cometido otro crimen más que hacerse meter en la cárcel por el primero”.

Fue precisamente en esa reunión del Hotel Lutétia donde tuve la oportunidad de conocer personalmente a Jorge Semprún y conversar con él. Quedé fascinado por la brillantez de su forma de pensar y sus análisis profundos y esclarecedores a propósito de la dictadura de Fidel Castro. Mi gran amigo, el cineasta hispano cubano Néstor Almendros, hizo un filme a partir de los testimonios dados por las víctimas del castrismo en el Lutétia, cuyo título es “Nadie Escuchaba”.

Volví a encontrar a Semprún en octubre de 2003, en una velada que tuvo lugar en el parisino Théâtre du Rond- Point: “Cuba sí, Castro no”, en la cual un numeroso grupo de intelectuales y artistas, incluso de izquierda, se solidarizaron y pidieron la liberación de los 75 periodistas encarcelados por el régimen cubano: Jorge Semprún, Catherine Deneuve, Laure Adler, MIchel Broué, Louis Joinet, Eduardo Manet, Robert Ménard, Edgar Morin, Christine Ockrent, Edwy Plenel, Benjamin Stora, Pedro Almodovar, Pierre Arditi, Ariane Ascaride, Sophie Marceau, Barbara Schulz, Yves Simon, Marisela Verena, Ileana de la Guardia, etc., elevaron sus voces ante un teatro lleno para pedir Libertad para los periodistas y para todo el pueblo cubano. En aquel momento te escribí una larga carta que te recomiendo que vuelvas a leer.

Con Jorge Semprún, desaparece un recuerdo que no aparece en los libros: el del olor a carne quemada. En una entrevista en el año 2000 declaró:

“Están desapareciendo los testigos del exterminio. Bueno, cada generación tiene un crepúsculo de esas características. Los testigos desaparecen. Pero ahora me está tocando vivirlo a mí. Aún hay más viejos que yo que han pasado por la experiencia de los campos. Pero no todos son escritores, claro. En el crepúsculo la memoria se hace más tensa, pero también está más sujeta a las deformaciones. Luego hay algo… ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? Para esas circunstancias está, precisamente, la literatura. ¿Pero cómo hablas de eso? ¿Comparas? ¿La obscenidad de la comparación? ¿Dices, por ejemplo, que huele como a pollo quemado? ¿O intentas una reconstrucción minuciosa de las circunstancias generales del recuerdo, dando vueltas en torno al olor, vueltas y más vueltas, sin encararlo? Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros.” Hoy esas palabras adquieren su máximo valor como símbo de las atrocidades del nazismo.

Jorge Semprún fue sepultado junto a su esposa en el cementerio del pequeño pueblo francés de Garentreville, en donde poseía una casa de campo.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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