El Central de Reinaldo Arenas

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Reinaldo Arenas

París, 2 de junio de 2011.

Mi querida Ofelia,

Acabo  de pasar  una semana haciendo  los exámenes orales del bachillerato en  español  a 16 alumnos diarios. Cada uno me presentó una lista de  textos estudiados durante el año escolar con su profesor. Escogí uno y le di veinte minutos para que lo preparara. Después cada alumno durante diez minutos me lo explicó y a continuación mantuve una conversación de otros diez minutos con él sobre el texto.

Como eran alumnos de diferentes escuelas y profesores, las listas fueron muy diferentes, pero tengo que reconocer la gran calidad de las mismas ya que aparecían  escritos de: Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, Gabriela Mistral, Gabriel García Márquez, Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández, etc. Ayer un texto me  llamó la atención. Se trata de El Central, una página del libro Antes que anochezca, escrito por el gran Reinaldo Arenas poco antes de suicidarse en New York. Te lo reproduzco a continuación:

“Desde luego, en el setenta yo también fui a parar a una plantación cañera. Me enviaron a cortar caña y a que escribiera un libro laudatorio sobre esta odisea y sobre la Zafra de los Diez Millones, al Central Manuel Sanguily en Pinar del Río. El Central, en realidad, era una inmensa unidad militar. Todos los que participaban en el corte de caña eran jóvenes reclutas que, obligatoriamente, tenían que tra­bajar allí. Era una treta del castrismo, convertir el Servicio Militar Obligatorio en tiempo de paz en trabajo forzado, que abastecía la agricultura con mano de obra. Abandonar aquellas plantaciones podía representar, para cualquiera de aquellos jóvenes, desde cinco hasta treinta años de cárcel.

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La situación era, realmente, desesperante. No es posible, para quien no lo haya vivido, comprender lo que significa estar a las doce del día en un cañaveral cubano y vivir en un barracón como los esclavos. Levantarse a las cuatro de la madrugada y coger una mocha y una cantimplora con agua y partir en una carreta y trabajar allí todo el día, bajo un sol restallante, dentro de aquellas hojas cortantes de los cañaverales que producen una picazón insoportable. Entrar en uno de aquellos sitios era entrar en el último círculo del Infierno. Estando allí, completamente dis­frazado de pies a cabeza, con mangas largos, guantes y sombreros —único modo de entrar a aquellos sitios de fuego— comprendía por qué los indios preferían el suici­dio a seguir trabajando como esclavos; comprendía por qué tantos negros se quita­ban la vida asfixiándose. Ahora yo era el indio, yo era el negro esclavo; pero no era yo solo; lo eran aquellos cientos de reclutas que estaban a mi lado.

Muchos se daban un machetazo en una pierna, se cortaban un dedo, hacían cualquier barbaridad con tal de no ir a aquel cañaveral.

Había visto los juicios en que condenaban a veinte o treinta años de cárcel a aquellos jóvenes por el solo hecho de que durante un fin de semana habían ido a ver a su familia, a su madre, a su novia. Y eran ahora juzgados por un consejo de guerra por el delito de deserción. La única salida que les quedaba a aquellos jóvenes era aceptar el plan de rehabilitación, es decir volver al cañaveral, ahora de manera indefinida, como esclavos.

 

Y todo aquello sucedía en el país que se proclamaba como el Primer Territorio Libre de América”.

Estoy seguro de que este texto recordará los duros años vividos en las U.M.A.P. a decenas de miles de cubanos. Por otra parte deseo felicitar a los  profesores  que escogieron  este texto para enseñar el castellano a sus alumnos.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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