El Negro de Rosa Montero

Nkutu de Sankuru, expedición al Congo, 1904-1906. Fotografía de Leo Frobenius. Frobenius-Institut, Frankfurt am Main*

París, 28 de mayo de 2011.

Mi querida Ofelia,

Llevo una semana haciendo pasar los exámenes orales del bachillerato en español a 16 alumnos diarios. Cada uno me presenta una lista de textos estudiados durante el año escolar con su profesor. Debo escoger uno y darle veinte minutos para que lo prepare. Después el alumno durante diez minutos me lo explica y a continuación mantengo una conversación con él sobre el texto.

Como son alumnos de diferentes escuelas y profesores, las listas de textos son muy diferentes, pero tengo que reconocer la gran calidad de los mismos. Este año hay uno que me ha llamado particularmente la atención. Se trata de El Negro, un artículo publicado el periódico madrileño El País, escrito por la escritora española Rosa Montero, a la cual siempre he admirado. Te lo reproduzco a continuación:

“Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probable mente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el afri­cano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la inti­midad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa.

A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exqui­sita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensa­lada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina, detrás de ella, su propio abrigo colo­cado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan del los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él si inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: «Pero qué chiflados están los europeos».

Por mi parte huelgan los comentarios, sólo deseo felicitar a Rosa Montero, a El País y al profesor que escogió este texto para enseñar el castellano a sus alumnos.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

*Imagen que se sigue dando del negro africano en la civilizada Europa desde hace siglos y contra la cual muchos hombres y mujeres de buena voluntad luchan.

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