James Castle muestra y almacena en el Reina Sofía

Sin título. Dibujo. Sin fecha. James Castle Collection and Archive. Cortesía de Koedler & Co. Nueva York


 

Madrid, 18 de mayo de 2011.

Querida Ofelia,

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía presenta hasta el 5 de septiembre, una panorámica general de la obra de James Castle (1899-1977) bajo el título Mostrar y almacenar, con la que pretende acercar la trayectoria de este singular artista norteamericano, poco conocido en España, al espectador. El comisario es  Lynne Cooke y la coordinadora Leticia Sastre.

James Castle nació en un pueblo de Idaho y trabajó casi totalmente al margen del arte hasta su muerte en 1977. Analfabeto y sordomudo desde el nacimiento, Castle fue un artista autodidacta del medio rural que formuló un imaginario propio, inspirado en la cultura  popular que le rodeaba. Su prolífica obra es producto de una frenética actividad artística a lo largo de casi setenta años. El propio artista se preocupó de conservar para la posteridad la mayor parte de su producción. Sus dibujos, esculturas y libros se caracterizan por ir acompañados de una creativa imaginación que trasforma su realidad más inmediata, dando lugar a una estética muy identificable que plasmó sobre papel y cartón reciclados mediante una tinta de hollín y saliva que él mismo fabricaba.

El punto de partida estratégico de la exposición James Castle. Mostrar y almacenar es “su singular perseverancia para atesorar, salvaguardar, manipular e instalar su obra, así como los modos en que se manifestaba esta esmerada labor”, explica la comisaria de la muestra, Lynne Cooke. A través de una selección de alrededor de quinientas obras, la exposición que ha organizado el Museo Reina Sofía intenta redefinir conceptualmente la contribución de Castle al mundo del arte.

La exposición del Museo Reina Sofía está pensada para destacar algunas de las principales preocupaciones acerca de la creación artística de Castle. Por lo tanto, favorece los asuntos que guardan relación con la práctica sobre los biográficos, ya sean éstos referidos a su sordera o su analfabetismo, su aislamiento de la corriente artística dominante o su limitada formación.

Como se refleja en sus dibujos, y en el volumen de su obra conservada, Castle desarrolló un peculiar concepto de la conservación de su arte. Agrupaba las obras de tamaños similares y las envolvía y ataba cuidadosamente en fardos o las guardaba en cajas hechas ad hoc. Después colocaba estos recipientes fuera del alcance y la vista de los curiosos, en las vigas, muy por encima del nivel del suelo, o los relegaba a un edificio en desuso —un granero, el depósito de hielo o el gallinero— del que se apropiaba para el doble fin de almacén y sala de exposiciones improvisada.

Al igual que la protección de la obra, su exposición era un impulso determinante para Castle. A menudo enseñaba sus dibujos (pero no los libros ni las construcciones) a sus familiares y visitantes ocasionales, y observaba atentamente sus reacciones. También ideaba —al menos en su imaginación, aunque posiblemente también en la realidad—  complejas presentaciones que acogían sus principales tipos de obra en «galerías» improvisadas.

La representación de estas instalaciones son algunos de los dibujos más detallados y refinados de Castle, notables tanto por su sutil y compleja representación del espacio, elambiente y el entorno como por la información documental que aportan.

“No obstante, más allá de las distinciones entre tipos de presentación, resulta significativo que, en su entorno cultural —el tiempo y el espacio en que vivió Castle durante la mayor parte de su vida—, concibiese exposiciones (reales o imaginarias) para su arte”, comenta Lynne Cooke.

Entre los dibujos hechos con una mezcla de saliva y hollín extraído de una estufa, el grupo principal está dedicado al paisaje, la finca y la casa agrícola de Garden Valley, donde Castle nació y pasó los primeros años de su vida. Pero se abordan también otros temas, como la ropa, las figuras, los materiales impresos y los textos.

La repetición, en multitud de manifestaciones, es un rasgo fundamental de su práctica artística. Como todas las obras de Castle, estos pequeños dibujos se ejecutaban sobre materiales reciclados: envases, folletos comerciales, panfletos religiosos, facturas, sobres usados, cartones de helados, cajas de cerillas o trabajos escolares de sus hermanos. Mucho menos numerosos son los gouaches que hacía empapando, en agua, papel de seda y otros papeles de colores y aplicando los tintes sobre superficies absorbentes con fajos de papel.

Los libros hechos a mano son de tamaño muy variable, desde los modelos en miniatura, con las dimensiones de una caja de cerillas, hasta los pesados tomos de referencia. También se observa una gran diversidad de contenidos: algunos están constituidos únicamente por textos y/o silabarios y calendarios que combinan sus invenciones tipográficas con caracteres latinos y elementos de otros alfabetos, como el cirílico; otros contienen retratos, a semejanza de un álbum de fotos de familia; y otros, por último, presentan escenas anecdóticas.

Aunque era analfabeto, Castle entendía bien las múltiples funciones de los libros y sus protocolos de diseño: la utilidad de los márgenes, la integración de texto e imagen, o la posición del nombre del autor. Pero en vez de adherirse estrictamente a las convenciones que rigen la estructura y la disposición, jugaba con ellas para conferir a cada libro una identidad característica.

El repertorio de temas que encontramos en sus construcciones es considerablemente más limitado que en los otros dos corpus principales: abrigos y, con menor frecuencia, vestidos y sombreros; aves salvajes y domésticas; jarras, cuencos y jarros, y figuras rígidas y achaparradas de ambos sexos. No obstante, el grupo más amplio está constituido por los motivos arquitectónicos: desde sencillas representaciones de puertas y marcos de puerta, hasta ventanas ciegas, fragmentos de pared empapelada y pintada, e incluso un segmento de pared que contiene un enchufe. En ellos, James Castle muestra su gran atención a los detalles.

Junto a los dibujos que representaban posibles instalaciones de su obra, Castle imaginaba otros cometidos más familiares para sus obras. Algunos dibujos representan sus cuadros en las paredes de la residencia familiar, junto a retratos y diversas obras pictóricas. En otros aparecen en masa sus pequeñas figuras construidas, adornando la parte superior del piano o reunidas en el suelo, como en un retrato de grupo o una performance colectiva.

James Castle captó muchos de los problemas conceptuales asociados con la pintura y los modos relacionados de representación visual. El impulso de plasmar ese mundo era sólo parte de lo que estimulaba su amplia actividad artística. Lo fantástico también tenía relevancia, como se advierte en una serie de estudios cuyos paisajes han sido invadidos por grupos de elementos verticales no identificables.

Menos interesante que la cuestión de los orígenes de tales formas enigmáticas —ya sean objetos familiares como los espantapájaros o los postes de telégrafos, o visualizaciones de ansiedades y miedos innombrables— es la emoción expresiva que suscitan. Infunden estados de ánimo  lóbregos e inquietantes a un tema habitualmente contemplativo en la obra de Castle, basado en recuerdos de la infancia.

También es anómalo en la producción de Castle un grupo de obras paisajísticas, poco conocidas, ejecutadas con un mínimo despliegue de medios, en capas monocromáticas de gouache azul o rosa o una sutil gama de grises y negros.

James Castle, nacido en 1899 en una zona rural de Idaho, trabajó casi totalmente al margen del mundo del arte hasta su muerte en 1977. Castle ha sido tildado de artista “transgresor” o “visionario”, pero también de “popular” o “primitivo” desde la perspectiva de la historiografía del siglo XX. Se empieza a dar a conocer en la década de los sesenta, a partir de modestas exposiciones. Sólo a finales de la década de los noventa su obra hizo aparición en los principales circuitos artísticos, momento en que importantes instituciones museísticas, como el Art Institute de Chicago o el American Folk Art Museum de Nueva York, empiezan a interesarse por adquirir y mostrar su obra. Hasta entonces, había circulado en el ámbito local o bajo la rúbrica de «arte marginal» o «arte autodidacta».

En el extraordinario y amplio corpus de obras de James Castle, se incluyen dibujos hechos con hollín, construcciones de fragmentos de cartulina coloreada cosidos, y libros hechos a mano. Todos estos artefactos carecen de fecha o título, al igual que las referencias que esclarecen la cronología de las obras. El artista no concedía entrevistas y nunca escribió nada acerca de su producción. Y dado que le desagradaba que lo observasen mientras trabajaba, se sabe relativamente poco sobre sus técnicas.

Un gran abrazo desde nuestra querida España,

Félix José Hernández.

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