Misterio y melancolía en la poesía de Leonel Calderón

Leonel Calderón

Por Julio Pino Miyar, 21/4/011

Hay una pieza del pintor metafísico de principios del siglo XX, Giorgio de Chirico, que bien pudiera servir como leitmotiv de este ensayo. La tela en cuestión tiene el siguiente título: “Misterio y melancolía de una calle”. Conversando hace pocos años en el pequeño   pueblo de Jinotepe, con el poeta nicaragüense Leonel Calderón, surgió la idea de ilustrar su último poemario, con esa pintura del célebre artista italiano, precursor del surrealismo. El contubernio entre pintura y literatura ha sido siempre posible, y, de algún modo, ambas disciplinas estéticas confluyen hacia un horizonte integrador, aunque las formas específicas que adopta esta vieja relación, no hayan sido nunca convenientemente explicadas. Fiel a esto último, podríamos preguntar: ¿Qué es lo no explicado en la poesía de Leonel que la hace colindar con las plasmaciones plásticas de Chirico?

Lo común a ambos artistas, aquello que los hermana en un juego mutuo de semejanzas y aproximaciones, es curiosamente el breve entorno urbano de Jinotepe; sus viejas y gastadas calles en sombras, en las que se percibe el constante ir y venir de la inextinguible melancolía del poeta. La idea que el pintor buscó plasmar en el lienzo, refleja con sus propios recursos lo que un día fue expresado por el poeta, y en ambos casos se nos aproxima bajo la forma universal de una intuición. Porque pocas veces una poesía se asemeja tanto al lugar en que ha sido inscrita. En raras ocasiones la expresión plástica y la configuración poemática, poseen la capacidad de evocar por igual un mismo paisaje y una idéntica sensación, los cuales se disuelven entre la soledad y el hastío, y a la vez, en ese intrincado e insoluble misterio que es en sí la vida. Singular ambiente citadino sobre el que se deslizan uniformes los días de Leonel, entre tanto cumple la tarea de ser el espacio físico que contextualiza su sensibilidad, al mismo tiempo que ésta nos remite a un sentido estético  más amplio, el cual realiza su significado por medio de la hondura escatológica insinuada en la pintura, y en la que se inserta una consciencia del límite más allá de la cual sólo podría estar la muerte, la locura o la eternidad.

Hay algo esencialmente poetizable en la obra pictórica de Chirico que lo acerca a la expresión poética de mi amigo Leonel. Mas, lo llamativo es que la tela del pintor no opera tanto sobre nuestra percepción sensible, sino sobre nuestra capacidad de ideación, por lo que no es una propuesta estrictamente plástica, sino una transposición al lienzo de un dilema espiritual. Lo curioso es además que en el poemario de Leonel que nos ocupa, (Ofrendas del tiempo) no aparece ninguna mención al paisaje real, al específico contexto urbano en el que fueron escritos esos poemas, ya que ese texto se aparta con desdén de toda inmediatez, para situarse en el aspecto puro de la subjetividad y construir desde ahí su propio paisaje metafísico. Esto también me trae a colación a Chirico, y es lo que al final nos hace comprender la razón por la que el poeta recordara mi sugerencia, emitida casi al azar, de ilustrar su poemario con una obra pictórica que aportaría un referente visual, el cual proyectaría a un primer plano la circunstancia existencial que sin dudas lo sostiene, e igualmente nos comunica, que aun el oficio más esmerado de la reflexión implica una realidad tangible, mensurable, y una vida recorrida a partir de una infinidad de detalles.

Saber que estamos en la vida como en equilibrio sobre un hilo tan frágil como invisible, también nos hace comprender que el oficio de la literatura es sólo uno de los modos de resistir al tiempo infinito que sin piedad nos desgasta. Porque el lentísimo transcurrir del tiempo en esos humildes pueblos de provincias perdidos en la inmensa geografía latinoamericana, nos propone un diálogo fundamental, al que, en última instancia, sólo pueden asistir los auténticos creadores. Nos dice así el poeta endosando a sus versos la intencional cadencia de una letanía:

“Se alista el hombre como todos los días/ para ir a la oficina/ se baña con cierto desgano/ y un poco cansado se rasura/ la barba de tres días/ busca la corbata ya gastada/ el desteñido pantalón/ la camisa sin ajar/ toma café y mastica de prisa el duro pan/ Hace treinta largos años (o más) que realiza lo mismo (…) camina, siempre por las mismas calles/ y el idéntico adiós y buenos días/ a los mismos vecinos…”

Sin embargo, el poeta se describe a sí mismo “/ cargado de crepúsculos y sueños (…) / con varios libros y escribiendo siempre (…)” para más adelante añadir:Y un día fue / que escogí con amor este camino”. Leonel nos coloca con estos versos en inmediata relación con su imaginario afectivo y el inapelable utópos que persigue su condición humana, entre tanto hace de su relación con el tiempo una relación visceral y la inevitable rémora que compone su destino, en el que a su pesar hormiguean, como en todo mortal, el significado truncado y envilecido de las cosas.

Sería oportuno agregar que hay un contenido diáfanamente evangélico en la obra del poeta, el cual le impele a contemplar la vida desde una mirada primordialmente ética; mirada que, dicho sea de paso, no se encuentra exenta de implicaciones sociales. Pero de la misma manera que la religión le condiciona a Leonel su personal actitud ante las cosas, haciéndolo oscilar entre su quehacer poético y la paciente introspección, las preguntas que realiza, siempre aparecen inscritas en el horizonte creador de sus textos, y a la vez permanecen ligadas al sordo quejido existencial que emite su naturaleza. Poder ver unidas religión y poesía, es algo que entraña un contenido casi misional. Y es un hecho que no es común cuando se trata de un buen poeta, ya que termina por avecinar literatura y eticidad. Tolstoi, por ejemplo, nos dejó en Rusia ese paradigma por medio de su vida y de su obra. Pudiéramos luego volver a preguntar: ¿La intensidad de la experiencia religiosa es la que nos acerca a los valores más esenciales de la vida? Y, ¿son esos valores y no otros los que debe comunicarnos la poesía? ¿Es entonces posible, sobre todo cuando se vive en la arriesgada región del límite, un arte verdadero que sea realmente profano? Lo que podríamos responder a estas interrogantes, es que Tolstoi demostró con su vida que se podía ir de la literatura a la santidad, y creadores como Leonel nos demuestran que además es posible andar con acierto de la religión a la poesía. Quizás porque lo importante sea ir de lo uno a lo otro. O tal vez porque del mismo modo que la riqueza siempre ha hecho malas migas con la santidad, ésta se puede convertir en ocasiones, en el tesoro inestimable del poeta.

Habría que retomar el contenido histórico de nuestros pequeños pueblos rurales, hijos dilectos de las oligarquías de la tierra, para desde de ahí intentar apresar las implicaciones teleológicas que pudiera encerrar para un verdadero artista un poblado como Jinotepe; lugar de pobreza encarnecida y repleto de significados. Ese extraño y, a la vez cotidiano lugar, donde la aguda visión de Chirico se vuelve colindante con el ámbito físico donde a Leonel le fue dado hilvanar su vigilia, confluyendo así pintura y poesía hacia un mismo cauce residual, esencialmente humano del mismo modo que conceptualmente plástico.

En la tela, si la miramos con detenimiento, la avenida “abstractamente” vacía se prolonga junto a una edificación de puertas rectilíneas y ojivales, y su color mostaza, y su cielo jaspeado, así como su configuración exageradamente geométrica, le dan un aspecto frio e indiferenciado al conjunto de apariencia tan misteriosa como improbable; diseñado por el pintor para subrayar la soledad que acompaña a sus fantasmagóricos transeúntes. Nos dice el poeta, situándonos de golpe en su propio entorno espiritual: “Solo Soy, habitando en el Mundo/ en el Mundo concreto, mi casa/ y al Ser, un dolor muy profundo/ me asedia angustiante… y me abraza”. ¿Podría haber soledad sin ciudad? ¿Poesía sin soledad? Poseen las pequeñas ciudades nicaragüenses una particularísima relación con la poesía, al mismo nivel que establecen sus vínculos con el arcano mágico y doloroso de las cosas: Si la ciudad de León es la patria de la niñez impresionable de Darío; Granada, la de las plazas y portales neoclásicos y la aventura desconocida de la Nicaragua marina; por su parte, el viejo y ruidoso poblado de Jinotepe, enclavado en una alta y desarbolada planicie, es una de esas regiones en el mundo, donde se hace más patente la infinita y resignada tristeza residual de la gente, aunque también un lugar donde se vuelven imprescindibles los poetas.

Leonel es un hombre que ha sabido servirse de toda la lasitud bochornosa que colma su vida pueblerina, para dedicarse con sosiego al estudio y al cultivo de su obra, mientras a la frivolidad imperativa e insustancial de la Modernidad, ha sabido oponer su convicción de seguir siendo el humilde ciudadano de un lugar hechizado, hundido en el polvoriento marasmo de los siglos. No obstante, éste es el dictamen que desde su pueblito esencial el poeta le hace al individuo informe de Occidente. “(…) contemplemos solo y absorto/ al hombre desolado de Occidente/ con su esterilidad interior/ con la sequedad insondable de su alma/ y el íntimo derrumbe de sus sueños”.

Es sugestiva la autoridad que confiere la poesía frente a esos grandes mundos aculturados que componen la esfera de acción del hombre moderno. Esta actitud marcadamente imprecatoria aparece en ciertos lugares del poemario que nos ocupa, y alcanza sus mejores acentos cuando habla de “los hombres de paja”:Silencio que cae con la luz de la luna/ sobre techos y lóbregas calles/ mientras plácidos duermen los hombres de paja/ y roncan felices…/ -entes ciegos que tienen el sueño de la dura piedra- (…)” Mas, será obviamente la particular visión sobre las cosas, el sentimiento estrictamente personal, el que va a primar en estos versos, y de este modo observará reflejada en la pupila de Vallejo su propia imagen: “Me han contado con dolor y mucho sentimiento/ el por qué de tu angustia en carne viva/ y la causa de tus ojos dolorosos (…)” Y es esa misma mirada, como pupila que refleja la imagen mítica, la que el mundo nos devuelve y es además su cuadro metafísico y desarbolado, como si el artista hubiera salido al descampado para contemplar en el cielo de Jinotepe la noche más obscura de Chirico: “La luna en añicos ya no sale / y el Sol es un espejo opaco/ y moribundo/ los parques son eriales/ no hay árboles ni pájaros/ y hay sombras/ y ruidos fantasmales/ y púberes doncellas moribundas (…)”

Pero si son claramente discernibles eticidad y melancolía en la poesía de Leonel, ¿dónde es que radica su particular misterio? Este debería ser explicado a partir del correlato establecido con la pieza de marras del creador italiano: Las gastadas callecitas de Jinotepe, son por hipérbole las calles universales de la poesía, mientras la pintura –por la que desanda la sombra fugitiva de una niña solitaria con su aro–, es la imagen intuida de un lejano arquetipo. De esta manera, la imagen fue vivida por el poeta desde su interior, habitada en sus predios por su intensidad:

         “En un cafetín y casi en la penumbra/ y en una de sus mesas ya gastadas/ unos ancianos de rostros enjutos/ (y en sus cabezas/ algunos ralos cabellos/ entre canosos y amarillos)…/ beben café y lentamente conversan/ de algo que no se sabe/ que nadie se da cuenta (…)” ¿Qué es eso “que no se sabe”? ¿Qué es aquello de lo “que nadie se da cuenta”?  El autor de estos versos no nos lo dice, sin embargo sospechamos que es algo esencial, como lo pueden ser los fantasmas lares que nos rondan, o en la noche una música muy lejana que nos trae un recuerdo de la infancia que no termina de llegar, que quizás no recuperemos nunca.

¿Qué es eso “que no se sabe”? ¿Qué es aquello de lo “que nadie se da cuenta”? Creo nadie responderá jamás esta pregunta. Intentado rodearla, Antoine de Saint Exupery nos propuso la alegoría de una casa de la que en su niñez decían se encontraba oculto un tesoro; por más que lo buscó nunca pudo encontrarlo, no obstante ese tesoro secreto invadió su casa por mucho tiempo de un aura de misterio. Conversando con Leonel Calderón en su pequeña casa de Jinotepe, pude compartir por breves momentos de su compañía y afectuosa amistad, y después de leerme su poemario me pidió que lo prologara. Escasos años después, releyendo con esa intención sus versos, me aproximé un poco más a la evocación de ese tesoro prudente y misterioso que ronda la vida de ciertos hombres; a la secreta intuición de su forma. Hay así en la tierra y en el cielo tesoros inimaginables, aunque nadie jamás podrá hallarlos, sólo los poetas pueden darnos noticias de ellos; por eso es que son imprescindibles.

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