LA LUZ DE JOVELLANOS


Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos. Francisco de Goya, 1798.Óleo sobre lienzo, 205 x 133 cm. Museo Nacional del Prado

Madrid, 22 de abril de 2011.

Querida Ofelia,

El XVIII europeo se vio a sí mismo como el Siglo de las Luces, y así ha pasado a la historia. Esas luces eran las de la razón, y las sombras a las que se oponían, las del dogmatismo y la superstición, la tiranía y el vasallaje, el inmovilismo de la tradición. Pero, sobre todo, eran las luces para iluminar el camino hacia la felicidad pública, consagrada como una legítima aspiración de todos los hombres y mujeres. Enlightenment, IlIuminismo, Aufklärung, Lumières, Luzes, Ilustración… cada país dio su nombre y buscó sus propios cauces para ese gran reto que aún hoy nos desafía.

En España, las luces brillaron con intensidad en las reformas modernizadoras emprendidas por Carlos III y sus ministros ilustrados, así como en la obra de numerosos intelectuales y políticos. Pero ese empuje se convertiría en reflujo del reinado de Carlos IV, marcado por la conmoción de la Revolución Francesa. Durante esos años las luces se fueron debilitando hasta desembocar en la oscuridad de la guerra y en el desencuentro ideológico de dos Españas: la que se aferraba al Antiguo Régimen y la que aspiraba a un orden político inspirado por las nuevas ideas liberales.

Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) vivió y trabajó en ese tiempo de utopías, logros, decepciones y turbulencias. Desde el poder o en sus márgenes; en la corte o en el exilio; en la privacidad del gabinete o cautivo en prisión, demostró sin descanso que la  defensa de las luces y su difusión no requerían otras armas que el compromiso cívico con la causa de la razón. Una razón siempre utilizada como herramienta para la solución de los problemas concretos del bienestar público. Y siempre, en primer lugar, pensando en Asturias, su querida región natal, donde luchó por aplicar a escala local el universal programa ilustrado.

De sus muchos proyectos y sueños, don Gaspar pocos vería cumplidos. Pero, a despecho de injusticias, persecuciones, destierros y cautiverios, su legado alumbró algunas de las grandes reformas que configuraron una España que ya no pudo ver. Esa luz llega con claridad hasta nosotros. Es la herencia de todo un tiempo: el tiempo de la Ilustración. Y una referencia para las luces futuras.

Familia y amigos —y también enemigos— constituyeron un elemento decisivo en la vida de Jovellanos. Estudios, destinos profesionales y aficiones fueron tejiendo una tupida y extensa red de relaciones de amistad, patronazgo y opinión: afinidades y rivalidades que contribuyeron a la maduración personal, intelectual y profesional de Jovellanos, pero de las que también provinieron sus mayores sinsabores y desdichas.

El escenario familiar, concentrado su querido llugarín de Gijón, constituyó su gran referencia afectiva y moral. Descendiente de un ilustre apellido de la pequeña nobleza local, el pequeño Parín aprendió desde la cuna a vivir su condición aristocrática como un orgullo que aparejaba responsabilidades públicas. Y también supo desde muy pronto que no bastaba con nacer noble para ahuyentar unos apuros económicos que jamás lo abandonaron del todo.  En un primer círculo, leales allegados y parientes a los que deparó un trato familiar le proporcionaron amistad, consejo y auxilio. Como contrapartida, don Gaspar fue un hombre leal e íntegro que no dudó en jugarse posición y su prestigio para salir en defensa de sus amigos. Juan de Arias Saavedra, Ceán Bermúdez, Cabarrús, Meléndez Valdés, González de Posada, sus hermanos Francisco de Paula y Josefa o su sobrino Baltasar fueron algunas de los afectos más constantes en la intimidad de Jovellanos.

Nuevas ciudades y nuevos cargos lo incorporaron a las formas de intercambio social e intelectual en boga: tertulias, academias, despachos, mecenazgo, opinión pública, correspondencia, viajes… Lejos del cliché del intelectual aislado, Jovellanos fue un hombre sociable, elegante y hasta coqueto que en su juventud brilló en los ambientes sociales de Sevilla y Madrid. Su presencia en la vida pública y en todos los grandes asuntos de su tiempo fue constante.  Pero toda esa actividad le acarreó también poderosos enemigos personales y políticos. La Inquisición, la reina María Luisa, Godoy o el ministro Caballero fueron algunos de los responsables de los destierros, persecuciones, defenestraciones y cautiverios que padeció don Gaspar, acosado por quienes vieron en su reformismo y su integridad una amenaza para su poder o sus privilegios.

Jovellanos desplegó una actividad sin parangón en la España de su tiempo, que lo reconoció —para su fortuna tanto como para su infortunio— como uno de los hombres públicos de mayor relevancia: magistrado, consejero, académico, miembro de sociedades económicas, ministro, autor de influyentes informes, vocal de la Junta Central durante la ocupación francesa. Fueron cauces muy diversos para un objetivo constante desde el momento en que concluyó su formación en Leyes en Alcalá de Henares e inició su carrera profesional como juez en Sevilla: el fomento de reformas ilustradas que modernizaran España en todos los terrenos: legal, económico, educativo, literario, político… También fueron inmutables unos mismos compromisos: el cultivo de los valores humanistas; la cívica vocación de servicio; la integridad moral en lo público no menos que en lo personal; la lealtad con los amigos y el pueblo. A cambio, frente a un prestigio y un aprecio popular creciente, recibió de sus enemigos destierros, calumnias, prisión y persecuciones.

Esa actitud de Jovellanos se resume en la noción de virtud cívica y, en su caso, está íntimamente vinculada con su condición aristocrática: una circunstancia que consideraba mero accidente de nacimiento, pero que le comprometía a responder empleando sus privilegios de clase al servicio al Estado y la felicidad colectiva. Su crítica frontal a la nobleza y al clero se apoyaron en estas ideas, validadas por su práctica personal.  El punto más alto de la trayectoria pública lo marcaron, bajo Carlos IV, sus sucesivos nombramientos como embajador en Rusia –cargo que no llegó a ocupar-, y ministro de Gracia y Justicia. En este último puesto, que ejerció durante nueve breves meses, desplegó una importante labor reformadora, conforme a los proyectos del valido Godoy. Y, ya en el último tramo de su vida, en plena guerra de la Independencia, don Gaspar fue reclamado tras su cautiverio en Mallorca para formar parte tanto del Gobierno de José I como de la Junta Central. Esta última fue su opción, y desde ella contribuyó decisivamente a la apertura de una nueva era política en España.

Desde que, con 24 años, accediese a su primer puesto como magistrado en Sevilla, Jovellanos destacó por su reformismo ilustrado, en línea con la política de su protector, el conde de Aranda. Ya en sus primeros días como Alcalde de Cuadra –cargo vinculado a la jurisdicción criminal- escandalizó a sus colegas con su rechazo a la peluca y la ostentosa indumentaria judicial; y más cuando en nombre de la integridad renunció a prebendas económicas asociadas al cargo: gestos que manifestaban el afán innovador del joven magistrado, que pronto intentó humanizar los durísimos métodos penales siguiendo las tesis de Beccaria.

Posteriormente, ya en el ámbito civil, fomentó como oidor mejoras en la administración de los territorios andaluces bajo la inspiración de su mentor en Sevilla, el intendente Pablo de Olavide. La literatura también sirvió a sus ideas en materia legal, que plasmó en una pieza teatral de gran éxito: El delincuente honrado.

En 1778 asciende a Alcalde de Casa y Corte en Madrid, y después al Consejo de Órdenes Militares, sumándose a la élite política e intelectual del tiempo de Carlos III. Su intensa actividad oficial se prolongó en la Sociedad Económica Matritense, que presidió, en las academias de la Historia, la Lengua, Bellas Artes y Leyes, y en las principales tertulias y periódicos del Madrid ilustrado. Para esas instituciones escribió relevantes informes y ensayos en relación a la reforma de la agricultura, la economía, la enseñanza, la legislación de espectáculos públicos.

En 1797, después de su caída en desgracia por el apoyo a su amigo Cabarrús y de siete años de exilio en Asturias, fue nombrado brevemente ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV. Sus reformas fueron frustradas por las instituciones del Antiguo Régimen -la Inquisición, entre ellas-, que recuperaban poder tras la Revolución Francesa. Nuevamente defenestrado y preso siete años en Mallorca, regresó a la actividad legal a la altura de un auténtico estadista, contribuyendo desde la Junta Central a la defensa del país frente a Napoleón y desbrozando el camino hacia las Cortes de Cádiz. Entre 1808 y 1810, recién concluidos sus años de prisión en Mallorca, la figura pública de Jovellanos cobró un nuevo protagonismo a raíz de la Guerra de la Independencia y la crisis del absolutismo abierta tras las abdicaciones borbónicas en Bayona.

Apenas liberado, y mientras se encontraba recuperándose en Jadraque, don Gaspar recibió insistentes ofrecimientos por parte de varios ministros afrancesados, como Mazarredo, O’Farrell y Azanza, y viejos amigos, en especial Cabarrús, para sumarse al Gobierno  partidario de los franceses, e incluso llegó a ser nombrado ministro del Interior por el propio José I.

Alegando enfermedad, Jovellanos rechazó todas esas invitaciones. Su opción abrazaría el bando patriótico, al que se sumó en calidad de vocal representante de Asturias en la Junta Central junto al marqués de Campo Sagrado. Don Gaspar pasaba a así a formar parte de un inédito órgano de Gobierno que intentaba cubrir de forma provisional la ausencia de Fernando VII y supervisar al tiempo la administración de un país en guerra. No fue tarea fácil. La Junta tenía que coordinar, y al tiempo mitigar, el ímpetu insurgente de las Juntas Provinciales y enfrentarse a la vez al Consejo de Castilla, firme bastión del Antiguo Régimen. Entre estas pugnas destacó la mantenida por don Gaspar con el marqués de la Romana, a raíz de la disolución por este de la Junta Suprema de Asturias.

La actividad de Jovellanos en la Central fue, como de costumbre, desbordante y decisiva. Siempre intentando buscar un justo medio entre la tiranía, el absolutismo y la revolución, teorizó la legitimación de la Junta e intentó limitar el poder de las Juntas Provinciales. Promulgó además importantes medidas en defensa y los mecanismos para organizar la Regencia. Pero sobre todo, destacó por su lucha para que la convocatoria de unas Cortes que fundamentaran una nueva monarquía parlamentaria capaz de reemprender la reforma ilustrada. Ese empeño fue, en buena parte, el que abrió paso al primer parlamento moderno en España: las Cortes de Cádiz.

El vacío de poder provocado por la guerra de la Independencia y la necesidad de reconstruir el Gobierno de la nación conforme a nuevos criterios de legitimidad abrieron el camino al proceso que culminaría en las Cortes de Cádiz, el primer parlamento moderno en España, y en la Constitución de 1812, la primera de la historia española. Como vocal de la Junta Central, defendió desde el primer momento la necesidad de recuperar la tradicional institución representativa castellana, y pocos contribuyeron tanto como él a que finalmente se convocaran. No sólo se trataba de organizar políticamente un país en guerra mientras esperaba el regreso de su rey ausente; su objetivo era organizar un parlamento que acometiese además el viejo sueño del reformismo ilustrado en todos los terrenos.

La crisis del absolutismo, la guerra y el gran debate político a que dieron lugar se convirtieron así en campo abonado para poner en práctica las teorías sobre el Estado que don Gaspar había ido madurando a lo largo de su vida. Su visión fue a la vez tradicional y moderna, basada siempre en la idea de recuperar y revitalizar la “Constitución histórica” presente en las viejas leyes castellanas. Al mismo tiempo, intentó conciliar su defensa de una monarquía soberana como un firme poder ejecutivo sujeto siempre a la supremacía de las Cortes. También recuperó la  tradicional convocatoria de unas cortes por estamentos bajo el modelo bicameral a la inglesa, que perfiló en su rica correspondencia con dos notables amigos británicos: el diputado Lord Holland y el teórico John Allen.

Finalmente las Cortes de 1812 no se estructuraron como Jovellanos las concibió sino conforme al criterio de los jóvenes liberales que, paradójicamente, habían asumido el magisterio jovellanista. Siguiendo el modelo francés, proclamaron la soberanía nacional y la capacidad de la asamblea para redactar una nueva Constitución. En todo este proceso jugaron un papel fundamental otros asturianos, muy ligados a don Gaspar: el conde de Toreno, Agustín Argüelles o su sobrino, Cañedo y Vigil.

La posteridad ha sido más justa con Jovellanos de lo que lo fue su propio tiempo. Los dos siglos transcurridos desde su muerte no sólo han restañado sobradamente las injusticias y calumnias que tuvo que soportar en vida, sino que han edificado la imagen con la que hoy lo admiramos. Bajo los pomposos y reiterados tópicos de “prócer”, “polígrafo”, “inmortal gijonés” se alaba una multitud de perfiles, a menudo contradictorios, a veces interesadamente sesgados y no siempre compensados por el conocimiento de primera mano: el ilustrado dieciochesco por excelencia, perseguido por el despotismo; un “amigo del pueblo”, pero excesivamente prudente y cauto; el padre ideológico de liberales o de conservadores; el patriota tradicionalista, bastión del catolicismo y la unidad española; el más íntegro de los juristas; el economista y hombre de estado incansable, práctico y clarividente; el literato de prosa elegante y verso renovador; el iniciador -y cumbre- del género diarístico en España; el más asturiano de los asturianos.

La variedad, en ocasiones incompatible, de esas lecturas y el hecho de que sigan produciéndose aun hoy demuestran que estos dos siglos han convertido a Jovellanos en un clásico: una referencia a veces deformada por el exceso de devoción, que prestigia como antecedente y que por ello sigue siendo objeto de interpretaciones a veces forzadas o escasamente rigurosas. La historia de esa glorificación de Jovellanos, que ya había ganado un enorme prestigio popular después de su ministerio y su encarcelamiento, comenzó unos meses después de su muerte, cuando las Cortes de Cádiz proclamaron su condición de “benemérito de la patria”. Las primeras biografías, las primeras ediciones de sus obras, las traducciones y las nuevas interpretaciones divulgaron la obra y las ideas de don Gaspar, convertido ya en una suerte de icono protector en su Gijón natal y en Asturias. Las conmemoraciones de los centenarios en 1911 y 1944 contribuyeron a consolidar la permanencia de su figura, leída y vindicada por autores como Marx,  Clarín, Valera, Azorín o Ayala, y aún presente en novelas y poemas de finales del siglo pasado, como los de Carmen Gómez Ojea o Luis García Montero; incluso como personaje de novelas histórico-detectivescas, ya en pleno siglo XXI.

Libertad, luces y auxilios. Ésos fueron los tres pilares típicamente ilustrados sobre los que Jovellanos quiso sustentar las reformas para salvar España del atraso económico, social y cultural. Ello exigía unas instituciones al servicio de la modernización; una ciencia y una tecnología “útiles”, aplicadas a la economía; capitales para financiar todo el programa e iniciativa privada: profundos cambios que socavaban los cimientos del Antiguo Régimen.  Pero, sobre todo, urgía una revolución que constituyó la utopía central de la Ilustración: la educativa. La educación universal, apoyada en las nuevas ciencias y en las viejas humanidades, era el medio para perfeccionar el hombre y la sociedad, para formar ciudadanos libres y útiles y alcanzar así la felicidad universal.

Eso significaba una profunda reforma de la enseñanza oficial, reducida en España a una universidad bajo dominio eclesiástico, ajena a la ciencia moderna y consagrada a la formación de élites. También la universalización de todo tipo de manifestaciones culturales: la literatura, a través del auge de libros y periódicos; las manifestaciones del ocio popular; la regeneración del teatro; las tertulias cultas o las sociedades de Amigos del País.

Jovellanos militó apasionadamente en todas esas batallas, y muy en particular en la trinchera pedagógica. Lo hizo desde muy distintos frentes: mediante la crítica de la vieja universidad; redactando reglamentos para reformar los Colegios de las Órdenes Militares; pergeñando planes de instrucción pública o promulgando medidas, ya ministro, para favorecer la reforma de la Universidad y la libertad para la difusión de las ideas y el conocimiento, atacando, por ejemplo, frontalmente la actividad de la Inquisición.

Pero el Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía fue su más acabada respuesta práctica a la cuestión educativa: un intento pionero por promover la felicidad pública a través de la instrucción universal, el conocimiento de la naturaleza y su aprovechamiento práctico. La explotación del carbón y la mejora del comercio por mar desde el puerto de Gijón fueron los motores de un sueño que, como el propio Jovellanos, sobrevivió a todo tipo de ataques y calumnias.

En el último tercio del XVIII, Gijón era una villa a la vez rural y marinera que empezaba a desperezarse, anticipando el gran ―estirón‖ que configuraría la ciudad industrial del XIX. Y en ello tuvo mucho que ver la iniciativa de Jovellanos, siempre pendiente de su querido llugarín. Las mejoras del puerto, el trazado de la carretera de Castilla, el establecimiento de la aduana y la liberalización del comercio con las Américas infundieron vida en un Gijón en el que convivían la pequeña nobleza local, un creciente número de artesanos, una incipiente burguesía comercial y la población rural radicada en los alrededores de la villa. Los mapas de la época muestran ya su claro crecimiento hacia el oeste, bordeando lo que serían los futuros muelles de Fomento.

Jovellanos intervino en muchas de esas transformaciones; primero en Madrid, donde fue el mejor “embajador” de Gijón; y desde la propia ciudad durante su exilio de los años ochenta, a modo de una especie de ―alcalde sin bastón‖: impulsó la construcción de la carretera de Castilla y las mejoras portuarias; apoyó leyes liberalizadoras favorables para el comercio y puso los cimientos de la futura explotación estratégica del carbón, proyectando la carretera carbonera hacia las minas del interior.

Pero además su protagonismo en el trazado del Gijón futuro fue decisivo. En 1782 presentó al municipio su Plan de Mejoras, que delineaba el crecimiento de la villa hacia el sur en un antecedente claro de los ensanches urbanos típicos del XIX. También participó activamente, incluso aportando dinero de su propio bolsillo, al embellecimiento de la ciudad mediante la plantación de arbolado urbano y la creación de zonas verdes como el paseo de La Estrella y otros aledaños, aprovechando la desecación de la zona pantanosa de El Humedal.

Con todo, el más querido y mimado de los proyectos que ―plantó‖ en su ciudad fue el Real Instituto Asturiano de Naútica y Mineralogía; un proyecto pedagógico visionario que fusionaba la escuela técnica y de humanidades. El noble edificio proyectado por Juan de Villanueva, finalizado en 1807, se convirtió además en el centro del trazado urbano del nuevo Gijón del XIX.

La labor de Jovellanos como economista se sustentó en la aplicación de las nuevas ideas de la economía política y el liberalismo económico al objetivo por excelencia de la Ilustración española: acabar con el atraso y la decadencia de la nación, equiparándola a las más prósperas de una Europa que ya enfilaba decididamente hacia la Revolución Industrial.  Asturias se convirtió en el mejor campo de pruebas para sus teorías. En el siglo XVIII, el Principado era una región aislada y estancada; una sociedad rural cuyos escasos  propietarios concentraban todos los recursos en la adquisición de nuevas tierras y en la perpetuación de una economía arcaica. Aparte de las industrias rústicas, dedicadas a la pequeña producción agropecuaria con destino a los mercados y ferias, la única actividad industrial existente se centraba en las ferrerías, los mazos o martinetes y las fraguas, pervivencias de la metalurgia tradicional en las que se fundía, se afinaba y se forjaba el hierro en forma de clavos, herrajes, cuchillos o herraduras.

Jovellanos soñó con transformar esa “Siberia del norte” en una “Sajonia española”: una región industrial y urbana animada por el carbón mineral, el combustible que estaba prendiendo la Revolución Industrial en Europa. La carretera de Castilla, el puerto de El Musel y la carretera “carbonera” entre Sama de Langreo y Gijón y el Real Instituto de Naútica y Mineralogía fueron las piezas maestras de un proyecto que requería —más allá de la financiación estatal— formación, tecnología, mercados, capitales y empresarios.

Era demasiado esperar de aquella Asturias atrasada e inmovilista en la que, no obstante, Jovellanos plantó en el XVIII las semillas de su gran transformación económica en el siglo siguiente.

La Asturias que Jovellanos conoció y describió era un mundo de aldeas y pueblos estancados en una atrasada economía rural. La casa constituía su átomo; a la vez unidad reproductiva —la familia— y económica —la casería— cuyo principal recurso lo suministraba una agricultura centrada en la autosuficiencia: producir para el propio consumo el pan —de trigo, centeno, escanda o maíz— que constituía la base de la dieta junto a unos pocos productos de la ganadería y la recolección. Pero ese básico ―trabajar para comer‖ difícilmente se lograba, y la necesidad unía a las casas familiares en vecindades y aldeas con sus propio entramado cultural y social de formas de vida, costumbres e incluso, en bastantes casos, sus propios usos jurídicos.

Con todo, esta economía de supervivencia posibilitaba una mínima actividad industrial: la “industria rústica” o “popular”, que completaba los escasos ingresos procedentes de la explotación agropecuaria de la casería con una pequeña producción de sidra, vino, quesos y mantecas, salazones de carne y pescado, lencería, alfarería… que se comercializaban en las ferias y mercados de los pueblos y aldeas. Jovellanos fue muy consciente de que el futuro de Asturias no se hallaba en este mundo rural, cerrado y precario, pero también de que la permanencia en Asturias de los habitantes necesarios para un despegue económico real dependían de la pervivencia de este mundo rural, sangrado por la emigración.  Esta última era la consecuencia más devastadora la pobreza extrema a que condenaban a Asturias el exceso de población, la escasez y lo abrupto de las tierras, las técnicas rudimentarias y la falta de abono. Jovellanos, observador y anotador atento de esa realidad, fue muy sensible a esta situación, que luchó por superar a través de sus ambiciosos y clarividentes planes económicos para el Principado.

La Exposición la Luz de Jovellanos será presentada al público hasta el 4 de septiembre de 2011 en el  Centro Cultural Cajastur Palacio Revillagigedo y la Casa Natal de Jovellanos (Gijón). Ha sido organizada por el Ayuntamiento de Gijón y Acción Cultural Española. Sus comisarios son: Elena de Lorenzo Álvarez, Joaquín Ocampo Suárez-Valdés y Álvaro Ruiz de la Peña Solar.

Un gran abrazo desde la capital de nuestra querida España,

Félix José Hernández.

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