El juicio de Lisbeth Salander

Estocolmo, ciudad donde transcurre buena parte de la trama de Millennium, La Trilogía de Stieg Larsson, sobre la que trata este artículo. Foto: Carlos M. Estefanía

Viene de Reseña de la trilogía de novela de Stieg

 

II/II

Mario Rivera Ortiz

México DF, 10.03.2011.

En la semana que precedió el juicio de Lisbeth Salander, tras de que ella entregó su autobiografía al fiscal Richard Ekström y fue trasladada del hospital de Sahlgrenska, en  Gotemburgo, a la prisión de Kronoberg en Estocolmo, un seis de junio, la guerra entre la Sección y un grupo de policías y funcionarios respetuosos de la ley, que se había aglutinado en torno al periodista Mikael Blomkvist, se calentó al extremo. El jefe de la Sección, La Firma o La Empresa, como familiarmente le llamaban sus miembros, presintió que tal conjunto preparaba una contraofensiva mediática y legal formidable contra ella y se alistó para tratar de frenarla y obtener del tribunal un fallo desfavorable para la Salander. En este marco Friedrik Clinton, “el dios todo poderoso de la sección”, llegó incluso al extremo de mandar sembrar cocaína y una fuerte cantidad de billetes de banco en el domicilio de Bomkvist y luego su asesinato.

Fredrik Clinton era un enfermo con insuficiencia renal terminal, que sin embargo, no se medía a la hora de organizar operativos criminales legítimos ni en su cerebro había sitio para una conciencia ética. Él vivía convencido de su omnipotencia y de que el pasado nunca lo alcanzaría. Su deseo más ardiente era que el juicio terminara con el envío de la Salander a cualquier manicomio de Suecia de por vida y, por supuesto, la muerte de Mikael Blomkvist. La Firma estaba integrada, a lo sumo por 20 miembros conocidos; contaba, además con la complicidad del fiscal Richard Ekström y del siquiatra, Peter Teleborian, como testigo clave.

Entre tanto los medios de comunicación, liberales y conservadores “independientes”, compraban y vendían en el mercado libre de la desinformación, la campaña de difamación contra Lisbeth Salander, ofrecida por agentes de la Sapö, por la sencilla razón de que se trataba de una fuente “seria” y en medio de una sociedad, como la sueca, donde siempre hay un amplio mercado para las noticias relativas al sexo de cualquier tipo, incluso el BDSM (acrónimo que significa prácticas sexules sadomasoquistas).

En el bando de los románticos, de los que todavía creían en la democracia sueca, llamémoslos así, se posesionaron los periodistas de la revista  Millennium, la Fiscal, Ragnhild Gustavsson, la jefa de investigación policial, Mónica Figuerola y sus colaboradores Stefan Bladh y Anders Berglud, más el jefe del Departamento de Protección Constitucional de la Policía de Seguridad (Sapö), Torsten Edklinth. La investigación que hacía este grupo estaba directamente enfocada a denunciar y castigar el grupo criminal que constituía la Sección y su actividad impune hasta entonces. Mikael Blomkvist tenía razón. Detrás de la “conspiración” de La Firma había otras caras desconocidas que habían contribuido a conformar la vida de la Sección y se echó a buscar los nombres, y números de identificación personal de esos rostros anónimos, de los que están pobladas todas las agencias de espionaje por  modestas que sean.

Exterior de cárcel sueca. Foto: Carlos M. EstefaníaExterior de cárcel sueca. Foto: Carlos M. Estefanía

En las páginas 664-666, Stieg Larsson logra describir magistralmente la etapa más álgida de la guerra del espionaje de la Sección y el contraespionaje del grupo de Millennium; entre la desinformación de las agencias noticiosas y las fuentes de contradesinformación. Son páginas brillantes que el lector debe analizar detenidamente y sacar las conclusiones pertinentes para administrar debidamente su credibilidad ante affaires parecidos de la vida real.

El juicio contra Lisbeth Salander comenzó el 12 de julio de 2005 (¿?) a las 10.00, en la sala 5 del tribunal de Estocolmo. El juez abrió la vista oral y dio a conocer a Salander los cargos que se le imputaban: lesiones graves a Carl-Magnus Lundin, intento de homicidio y lesiones graves a Alexander Zalachenko, dos cargos de robo en dos casas del letrado Nils Bjurman, utilización ilícita de vehículos de motor ajenos, tenencia ilícita de un bote de gas lacrimógeno, una pistola eléctrica y la P-83 Wanard, robo u ocultación de pruebas y una serie de delitos menores. En total se le imputaban 16 delitos. El fiscal Richard Ekström, utilizando una retórica leguleya barata, procuró en varias ocasiones, embaucar a la acusada, sin lograrlo. La abogada defensora, Annika Giannini y la acusada, Lisbeth Salander, lo hicieron morder el polvo. En seguida el fiscal, utilizando dos informes elaborados por psiquiatras a la medida, pasó a la ofensiva, tratando de presentarla como una esquizofrénica y narcisista patológica. Al terminar su severo alegato acusatorio, demandó para ella asistencia psiquiátrica forzada y una sentencia penitenciaria indefinidas.

Luego entraron en la sala el presidente del tribunal, el asesor y los vocales. El presidente era el juez Jörgen Iversen, una persona con reputación de rectitud y honestidad. A continuación la vista oral del juicio se dedicó a examinar caso por caso de los que se conformaba la acusación del fiscal. Primero se trató el del difunto letrado Bjurman, en seguida el de los Shooters Carl-Magnus Lundin y su cómplice Sonny Nieminen,  el de Zalachenko, hasta repasarlos todos.

De la vista oral, el fiscal Ekström no salió bien librado, puesto que en sus breves intervenciones la abogada defensora y la acusada, lo desarmaron al exhibirlo ante el jurado como un afirmador de mentiras o cuando menos de cosas que no podía probar. Y en un tribunal de verdad, lo que no se comprueba no vale nada. Pero no sólo  eso, cuando el testigo clave, el psiquiatra Teleborían negó  o fingió demencia, al salir a relucir el historial médico de Salander y las 380 noches que por orden suya había sido encadenada a una camilla de hierro en el loquero de Sankt Stefan, el fiscal Ekström y su “testigo” estaban en la lona. El siquiatra demostraba para qué y a quiénes sirven las conjeturas sicologistas en un juicio contra los que se consideran criaturas débiles sociales.

Simultáneamente a estos acontecimientos el comando operativo del Departamento de Protección Constitucional, realizaba una redada policíaca en la que aprehendió a los miembros de la Sección más conocidos, incluido a su jefe, Fredrik Clinton. Todo esto como fruto de una investigación secreta promovida por Mikael Bomkvist y autorizada por el primer ministro del gobierno Sueco. El piso se les estaba moviendo fuerte a los confabulados contra Lisbeth y, la parte acusadora en el juicio, cada vez más, parecía estar colgada de la brocha y el “club Zalachenko”, en su ocaso definitivo con las evidencias documentales que ahí presentaron. El juicio terminó con una sentencia absolutoria para la acusada y su inmediata liberación.

Entonces, ciertamente, en Suecia, según Larsson, también existen algunos policías, abogados  y jueces honestos. Muestra de ello, lo son, en la novela, el juez Jörgen Isversen, el inspector Jan Bublanski, la agente Sonja Modig, el letrado Holger Palmaren y el comisario Torsten Edklinth, quienes ayudaron a Mikael Bomkvits a curar el deshonor del Estado Sueco.

Antes del juicio, en la primera mitad del tercer tomo, se narran los casos de Erika Berger, redactora jefa del diario Svenska Mongon-Postem (SMP) y Magnus  Borgsjö, presidente de las juntas directivas de Vitavara AB y del SMP. Además el lío de Peter Fredrikssön, el boli venenoso vs la misma Erika Berger, dos historias de pervertidos sexuales cuyo objetivo era liquidar a la periodista. En estas dos narraciones y en general en casi todas las que se exponen en la novela, llama la atención que el denominador común de los delitos relatados constituye un florilegio de sicopatología sexual. El escritor, queriéndolo a no, atribuye un carácter sexista universal al ambiente social sueco, como si en esa sociedad el sexo funcionara a la manera de  una droga capaz de enajenar a los “ciudadanos” y secuestrarlos  en un extraño ritual que los aleja de la lucha de clases. El sexo parece fungir allí, como en la prensa liberal mexicana, ni más ni menos, como un fetiche sexo-libertario.

Finalmente unas palabras para dibujar el perfil socio-psicológico de los dos héroes principales de la novela:

Lisbeth Salander  representa una joven clasemediera, sin ideales ni militancia política alguna, poseedora de destrezas y conocimientos técnico-científicos poco comunes. Destaca en ella el cultivo de la fuerza física en las artes marciales y el manejo de armas de varios tipos. Rebelde contra las injusticias del sistema y capaz de defenderse por sí misma contra los feminicidas, reales o potenciales, pero también egocéntrica, amante del dinero y sin identidad sexual definida, ni vida emocional. En resumen una manufactura “positiva” y auténtica de la sociedad burguesa posmoderna decadente.

Mikael Bomkvist, también un pequeño burgués, romántico de la libertad de expresión y de la democracia formalmente existente en Suecia, valiente y arriesgado luchador social, quien, finalmente, parece navegar, extraviado, en un mar en plena tempestad. Es sin embargo, el personaje más positivo y humano de la novela.

La Trilogía de Stieg Larsson, es sin duda, una gran obra literaria.

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