La Casona’ de El siglo de las luces’

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Casona situada en la calle Empedrado, en ella  se inspiró  Alejo Carpentier para escribir su obra cumbre “El Siglo de las Luces”. Hoy radica allí uno de los locales de la fundación que lleva el nombre del insigne escritor cubano.

Por Julio Pino Miyar
Premio Estocolmo de Periodismo Digital 2010

Puedo decir, quizás con rubor, que la primera vez que me dispuse a meditar con relativa fijeza en los temas de la cultura cubana, era ya un hombre de algo más de veinte años. Ese momento, acaso trascendental para la vida de un joven, en el que se apropia por derecho generacional de la lectura de los clásicos nacionales, resultó para mí bastante tardío. Y no es porque viniera de vuelta de los clásicos latinos y griegos. O porque me hallara envuelto en enjundiosas lecturas, dedicadas para mi enorme solaz, a alguna de las grandes islas literarias (Francia, Inglaterra, Italia, Alemania…) que pueblan la civilización de Occidente. No, no era así en modo alguno.

Yo venía de la triste imaginación. Había tomado muy en serio aquello que decía en el siglo XIX, el escritor ginebrino Enrique Federico Amiel, de que era menester inventar “una nueva manera de ser triste”. Fuera de eso, algunos repasos en mi adolescencia, leídos hasta la obstinación, como Las iluminaciones, de Rimbaud, traducidas por Cintio Vitier, y Vida de Don Quijote y Sancho de Don Miguel de Unamuno. Me resulta simpático hacer hoy el inventario, sobre todo cuando recuerdo que una vez ingresé a trabajar en La Habana, a principios de la década memoriosa de los años 80’, en la casona del “Centro de Promoción cultural Alejo Carpentier”, merced a no sé qué rara denominación burocrática que me daría algo de sueldo y un horario laboral con el que nunca cumplí, me decidí a estudiar… la obra de José Lezama Lima.

Por supuesto, tampoco fui fiel a ese cometido, prefiriendo divagar entre Lezama y Carpentier bajo el prisma lúdico de las luces y enrejados de la mansión habanera; las arábigas paredes blanco–azules de la Casona donde Carpentier situara imaginariamente los primeros capítulos de su novela El Siglo de las Luces. Disculpándome por ello ante los interlocutores que allí había, con la mención siempre paródica de algún opúsculo pascaliano. El viejo caserón de una antigua condesa, llamada en el siglo XIX “de la Reunión”, fue el lugar escogido por la gestión ministerial para que en ella sesionaran las oficinas de una institución cultual, y cuya localización urbana hacía feliz alusión al No–lugar de la literatura, en la que Carpentier describiera la trama vivida por unos adolescentes que reunidos hacían de las suyas como singulares vástagos de un padre tempranamente ausente, invirtiendo el tiempo e incumpliendo como yo con los horarios rígidos, las calendas históricas y las sacrosantas leyes del buen vivir. Hasta que una noche “de esas que no se olvidan” tocaron a las puertas con sólidos golpes de aldaba los fuertes vientos de una historia propicia: La Revolución Francesa de 1789 en clara sintonía de la novela homónima con el siglo denominado “de las luces”.

Existe lo que podríamos llamar una filosofía de la luz. Los pintores tenebristas antepusieron los juegos de luz y sombra a la luz positiva de una modernidad calvinista que se alzaba entre tanto. Una modernidad capitalista donde el nuevo ciudadano, haciendo uso de los nuevos tiempos –la plaza del mercado y la vida de salón– salía convertido en burgués del enrejado espiritual donde fue alojada la subjetividad humana por todos los siglos de la medievalidad cristiana. El siglo XVIII puede llamarse con razón “el siglo de las luces”, porque iluminó lo que hasta ese momento en la cultura europea se encontraba a obscuras y en el húmedo subsuelo de una identidad humana acuclillada; donde las nociones Dios, servidumbre, espanto y devoción componían la inevitable cuaternidad espiritual de una particular concepción del sentido de la existencia fraguada en la catacumba, en la gruta del eremita, en el claustro y en los ojos que miran sin ver.

Nuestra cultura nacional posee también su lugar más luminoso. Del mismo modo que coexiste, entre nosotros, una región de sombras al margen de la luz, y, a la vez, en constante rejuego con ella. Lezama y Alejo componen, de algún modo, dos miradas radicales de lo cubano, cada una cargada con sus respectivas sombras, y dominadas también por sus respectivas concepciones de la luz. Recurriendo a los esquemas, podríamos decir que en la región de las sombras habita nuestro gran imaginario; nuestro enorme y lúbrico bestiario –pintado por los tantos jerónimos y favelos que pueblan la pintura nacional– y que es el subsuelo donde arden las semillas de la época previa a toda gran germinación. A una imantación que llega desde el cielo y fuerza a la semilla a nacer; a verse convertida en vegetal bajo la luz del trópico más verborante.

Creo que del mismo modo que hay en la obra de Marcel Proust largas páginas dedicadas a la sexualidad de las flores, si Lezama hubiera escrito El Siglo de las Luces (permítanme esta paradoja) dos de los tres personajes principales de la novela jamás habrían salido de la casona habanera, se habrían quedado para siempre en ella trasponiendo el tiempo histórico en nombre de los juegos peligrosos de la noche. Luchando noblemente contra las acechanzas de los edipos y otros demonios del imaginario de Occidente, África, América y el Oriente. Dialogando con ellos como sombras inacabadas, en medio de la penumbra y como en los cuadros de un no tan hipotético Zurbarán cubano, condenados al sótano mental donde, para nuestro innombrable regocijo, todos nuestros deseos pueden llegar a verse cumplidos. Tal como si las traducciones del latín del joven Carlos –quizás el más efímero de los personajes de Carpentier– fueran vertidas a un idioma apócrifo e increado.

Los que visitan la casa de El Siglo de las Luces saben que allí domina una luz fuerte, esencialmente blanca, que sólo se va volviendo dorada por la magia bochornosa que crea la caída del sol, y que tiende a golpear con contenida fuerza en el mismo centro del patio rectangular. Y posada en los aleros, provoca breves y refrescantes espacios de sombras, las cuales son como reflejos que irrumpen gozosos en las salas y en el placer tranquilo de las tardes. Carpentier, en uno de sus ensayos, recomendaba al escritor latinoamericano que tuviera muy en cuenta eso que él llamaba “los contextos de iluminación”. Y decía que cada ciudad americana tiene su luz propia. De este modo, La Casa del Siglo posee la suya; luz que bordea, en su proliferación casi perfecta, a los cuartos contiguos que se encuentran en el piso inferior. En los que una vez –se presume– pudieron existir una cochera y un humilde camastro donde el adolescente Esteban, tirado a horcajadas, cual un asceta en posición sufriente, encontraba en las noches, para los espantos de su prima Sofía, y en medio del creciente olor a humus que infectaba las paredes carcomidas, la más profunda de sus crisis de asma.

“Respiración sistáltica”, le hubiera dicho el maestro Opiano Licario: “Todavía no podemos empezar”.

Alguien me afirmó que una vez al pintor Wifredo Lam se le ocurrió comenzar a pintarlo todo en blanco y negro, pues al mediodía en La Habana las cosas lucen de ese color, debido a una luz desmedida y sin matices que cae de plano sobre los transeúntes asombrados. No obstante, La Habana en mi opinión es sepia. La Habana es como un daguerrotipo viejo. Y hablaba Alejo de la luz del verano en La Habana tan distinta en la ciudad a la luz de invierno. La luz de invierno –me atrevería a decir, la del otoño– tiende a acercar mucho más los objetos y acentuar los contrastes, ya que la luz entonces es menos líquida. El verano, por su parte, en su excesiva transparencia, le entrega al ambiente mayores distancias por andar y agudiza las verticales. Las puntiagudas geometrías de un cubismo monocromo. Mientras el otoño se recoge en su sensibilidad intranquila de materia grácil, la cual sabe desatar el mejor tono para cada color. La mejor luz para iluminar los ambientes, y devolvérselos, una vez resueltos, al solitario viandante que los mira.

Pero, volviendo a Lezama, a Alejo y a la luz, la luz en Carpentier expresa su mejor posibilidad desde un caballete fijo, pues está construida desde el paradigma óptico de una perspectiva que tiene como fundamento la razón intelectual del gran siglo francés –el XVIII– y la gracia centrípeta de los grandes pintores neoclásicos. Por tanto, es una luz histórica, exegética, arqueológica. Como si encontrara su sentido manifiesto en un pasado perfectamente comprobado, como lo pueden ser en Italia las ruinas desnudas de Pompeya y Herculano.

Sin embargo, en Lezama la luz aparece solamente al final. Porque tiene la fuerza protoplasmática de lo aún no totalmente expresado y toda la abstracción de la fachada de una alta catedral en sombras. La casa de Lezama es como una gruta por lo obscura, allí la luz se intuye del mismo modo que fue intuida la verdad en el Mito de la Caverna de Platón. Porque adentro lo que está es la cálida luz de San Agustín. Que es como pronunciar, para el artista, la máxima de Doña Rialta dicha a Cemí después de que éste volviera jadeante de la gran manifestación política de los años 30: Hijo, adentro está lo más difícil. Y es como regresar a la luz, aunque cargado de todo lo maravilloso que se ha dejado entrever en las tinieblas y congojas del alma.

Mas debo decir que hay obscuros grabados del pintor de Nuremberg, Alberto Durero, que me recuerdan a Carpentier, del mismo modo que esos mismos grabados me recuerdan también a Lezama. Lo que sucede es que ambos me impactan desde ángulos distintos: los graves paisajes de desolación que abundan en determinadas zonas de la cultura, y el misterio de la encarnación que debe llegar a colmar, con su gracia, lo más desolador. Durero habita en el espacio cismático de la vieja cultura germana que se resiente dolorosa ante el impacto que produce en su alma la nueva modernidad capitalista. Carpentier, por su parte, habita gozoso el espacio del lenguaje de una modernidad muy bien disimulada, porque ha sabido insertar en ella el maduro disfrute por lo arcaico. Lezama, entre tanto, mezcla los olorosos aceites del pasado con el pescado lúbrico del porvenir. Lezama representa, en mi opinión –después de Martí– la apoteosis de la expresión criolla. Carpentier expresa el enorme grado de inserción fecunda de Europa en América. El autor de Concierto barroco opera por yuxtaposiciones y por la germinación que producen los mejores encuentros. Lezama opera por sobredosis. Lezama sabe a natilla con mucha canela y vainilla acabadas de traer del puerto en el último bergantín que ha burlado la tormenta. En Carpentier se degusta un cóctel de champiñones a la sombra surrealista de un tornasolado pavo real criollo. En ambos se realiza por igual la fiesta de la palabra y una exploración muy particular de lo cubano. Lezama es cubano por la palabra expresada. Carpentier lo es, además, por lo que la palabra expresa. En ambos habita la preocupación por un destino nacional puesto a hornear bajo la luz toda poderosa de los trópicos. En ambos, el alma de lo nacional teje para nosotros la mejor cuerda para el abordaje de la nueva época literaria que se prepara. Aunque debo decir que el alma lo que visualiza en su interior son paisajes rotos que la imaginación recompone, haciendo el mejor uso de la memoria fértil en cuanto creadora, y recreando aquello que, en la vida frecuente de los sentidos, ya no se puede ver: Allí un castillo. Acá una palma. Por aquí pasan las muchachas en flor camino del agua en sombras de la cisterna. ¿Surge así un nuevo lenguaje? No lo sabemos. Lezama opinaba que del mismo modo tan natural en que la verdad se intuye, la esencia se expresa. Todo radica en saber esperar.

Por el momento sabemos que la luz que habita tanto en las sombras como en sus reflejos, son porciones fundamentales de la luz americana. Aquí, sin embargo, la luz no hace otra cosa que crear inmensos paisajes de imposible lejanía; no tiende a unir las figuras ni tampoco a bocetarlas para la imagen, sino a segmentar los espacios hasta el cansancio. Tal como si la luz sólo existiera para acentuar la presencia de los límites, de los conos de sombras que te rechazan. Es un lugar de panoramas fijos. Una región de geometrías exactas. De escasos contrastes al margen de las formas. Es también como una gran campana de vacío que algún gran alquimista ha vaciado, y re-vaciado, con destreza de aire para dejarnos dentro sólo el éter metafísico. Donde, único, no cumple la luz su fatigosa labor es en el paso de aguas y en el puente que bordean el exterior subjetivo de mi casa. Algo humano creo que, por fin, ha aparecido para mi solaz en el interior de ese paisaje.

En resumen, creo que estas palabras un tanto caprichosas configuran solamente un pretexto para comunicarle, simbólicamente, al “Centro de Promoción cultural Alejo Carpentier”, y, en especial a Doña Lilia, en el cumpleaños número cien de su esposo Don Alejo, mi gratitud y mi afecto desde el polémico lugar en el que hoy me encuentro. “Hoy”, sin embargo, dos patrias tenemos muchos los que en esta “región más trasparente” nos tocara vivir, y donde poco podemos hacer. Dos patrias, dos ciudades, con esas luces y esos ámbitos tan distintos, aunque tan cercanas para mí debido a un extraño destino: La Habana y Miami.

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5 respuestas a La Casona’ de El siglo de las luces’

  1. Estimado Carlos Estefanía, primeramente saludarte y felicitarte por tu gran espacio comunicativo y de revelación de sitios y temas para todos. Seguidamente te informo, que puedes pasar por mi blog, pues este sitio se encuentra nominado para obtener el Premio TREBLOG DE LA SUERTE 2011, junto a otros destacados sitios webs, en la categoría de TREBLOGS Culturales y Educativos. Pasa por el link siguiente y revisa las bases y propuestas de este galardón, que se dará a conocer el 15 de abril del 2011, y las votaciones serán hasta el 31 de marzo del 2011. Igualmente te invito a formar parte de la Comunidad de Comunicadores de Iberoamérica, COMUNICASIBER, con su red interactiva Creabloggers, que es una especie de gremio para artistas, periodistas, blogueros y comunicadores en general. El link para entrar e inscribirse es http://www.creabloggers.ning.com, no importa que tengas blogs o sitios webs, lo que importa es compartir, debatir y comunicar. Date de alta enseguida y disfruta de la interacción y la blogacción comunicativa. Gracias por tu atención. Felicidades y suerte, eres ya un ganador! Saludos y abrazos, Josán Caballero.
    http://josancaballero.wordpress.com/2011/02/17/josancaballero%E2%80%99s-blog-presenta-a-las-bitacoras-nominadas-a-los-premios-treblog-de-la-suerte-2011-por-los-22-meses-de-creado/

    • Estimado Josan,
      Gracias por tan amables palabras, para nosotros (digo nosotros porque incluyo a resto de nuestra redacción) sería un honor pertenecer a COMUNICASABER
      Saludos desde Suecia
      Carlos M. Estefanía

  2. Muchas gracias, Julio Pino, por esa interesante monografía del espacio altamente semantizado, y tremendamente real, de “El Siglo de las Luces”, de Alejo Carpentier, que ahora funge como Centro de Promoción Cultural, del Ministerio de Cultura de Cuba, bajo la égida de Lilia Carpentier, la esposa de uno de nuestros grandes narradores de todos los tiempos, creador de la teoría de los contextos y del fenómeno de “lo real maravilloso”, en el boom latinoamericano, que luego derivó en el “realismo mágico”, más difundido y popular, a través de las obras de Gabriel García Márquez y otros autores hispanoamericanos.
    Me alegra mucho que traigas a colación este tema, por cuanto, durante varios años fue un sitio que frecuentaba, en mis tiempos juveniles y artísticos, sobre todo, a raíz de obtener la Beca económica Premio Razón de Ser 1988, del Centro Cultural Alejo Carpentier, con el proyecto de investigación “La serie literaria infantil cubana de 1858 a 1899”, segunda parte de mi monografía “EL TESORO ENCONTRADO, o La Serie Literaria Infantil de Cuba a Hispanoamérica. Libro Primero (1783-1857)”, realizada entre 1983 y 1986, respectivamente, que fue mi tesis académica de la carrera de Filología, en la Universidad de La Habana, además de finalista del género ensayo, en el Premio Casa de las Américas 1987.
    En ese mismo espacio, pero al año siguiente, dicté mi Curso Libre LA SERIE LITERARIA INFANTIL DE CUBA A HISPANOAMÉRICA, luego de la Beca Premio Razón de Ser, y con parte de esa investigación escribí el libro ESE NIÑO DE LA EDAD DE ORO, Premio Especial Ensayo del Centenario de La Edad de Oro 1989, del Ministerio de Cultura de Cuba, publicado luego en 1998.
    Sería interesante hacer un estudio de todos los instantes relevantes de escritores, artistas y personas en general, que han enriquecido de anécdotas y experiencias dentro de ese majestuoso espacio de nuestra cultura cubana y universal.
    Me agradaría mucho estar en contacto contigo, por lo que te dejo mi correo personal, abracalibro@hotmail.com, por si es de tu interés colaborar con mis blogs, además de integrarte a la Comunidad de Comunicadores de Iberoamérica, COMUNICASIBER, a través de la red interactiva Creabloggers, cuyo link es http://www.creabloggers.ning.com, gracias y felicidades por tu Premio Estocolmo 201o, otorgado por este gran sitio web, a cargo de Carlos Estefanía y otros cubanos relevantes.
    Saludos y abrazos, Josán Caballero.

  3. Muy amable, Carlos, con tus palabras, siempre atentas, pero ya ustedes son miembros honoríficos de COMUNICASIBER. Sólo tendrían que darse de alta en la red Creabloggers, a través del link http://www.creabloggers.ning.com, e incluso pueden inscribirse todos los comunicadores, periodistas y activistas, que ustedes deseen nominar, quienes contarán de un perfil, álbum de fotos, videos, blog personal y foro, tengan bitácora, sitio web o no, por lo que los esperamos por allá, para que podamos compartir nuestros materiales en Comunidad de Comunicadores de Iberomérica y el mundo entero. Ya están igualmente las votaciones en la columna derecha inferior del blog http://www.josancaballero.wordpress.com, para que puedan votar por tu revista de blogs. Saludos y abrazos, Josán Caballero.

  4. Pingback: ¿Anticastrismo fantasma? Editorial Cuba Nuestra (www.cubanuestra.eu) 21 de Febrero de 2011 « Cuba Nuestra: Editoriales

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