Las fundaciones del mulo en el abismo

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José Lezama Lima, foto publicada en Cuba literaria

 

Por Roger Vilar

A finales de 2010 se cumplió el centenario del nacimiento de José Lezama Lima. Deseoso de arrepentimientos y lavativas ideológicas, el poder absoluto que lo marginó hasta el grado del hambre, se unió a la fiesta mundial en la que, junto a la película El viajero inmóvil, del cineasta francés Piard, hubo un desfile internacional de parabienes, genuflexiones y también de admiración genuina y honrada.

La figura de Lezama, demasiado ingente para mentes represivas o frívolas, se prestó con frecuencia a malos entendidos y fabulaciones por parte de amigos y enemigos. Uno de estos juegos conceptuales me servirá para introducir al poeta de la calle Trocadero 168, que siempre llevaba puesto su “chaleco mozartiano” y un habano, casi eterno, en sus labios.

Entre la apología y el sarcasmo, el novelista cubano Guillermo Cabrera Infante solía comparar a José Lezama Lima con el escritor británico Gilbert K. Chesterton, pues los dos, según el autor de La Habana para un infante difunto, eran gordos y sólidos, y, al igual que santo Tomás de Aquino, quizá su molde más antiguo por sus dimensiones corpóreas, católicos.

Sin embargo, aunque la manía por las paradojas y símiles de Cabrera Infante habría querido llenar páginas y páginas de comparaciones, la realidad lo impidió. Los parecidos entre Chesterton y Lezama terminan cuando se dice que eran gordos y católicos, pues el autor de The Man Who Was Thursday, era un católico ortodoxo, y Lezama, quizá, demasiado heterodoxo. Chesterton se convirtió al catolicismo, al descubrir que debajo de la “leyenda negra” yacía el tesoro místico no sólo de casi XX siglos de práctica, sino, también, todo lo bueno que había tenido el paganismo europeo (diosas madres incluidas), tradición que el protestantismo sajón desdeñó, al centrar todo, como el judaísmo, en el libro. Lezama, en cambio, fue un criollo depositario de una tradición española y católica, ininterrumpida y milenaria que vivió la amistad con sacerdotes y obispos, que amó a santa Teresa y a san Juan de la Cruz y que, al igual que el niño juega con los juguetes de su infancia, torció, recreó y se divirtió con la doctrina, hasta hacerla, por demasiada influencia de Plotino, casi neoplatónica. Eso jamás se lo habría permitido Chesterton, que en su biografía de santo Tomás de Aquino defiende la adaptación que el “Buey Mudo de Sicilia” hizo del aristotelismo porque significó un retorno a la ortodoxia y un triunfo sobre los teólogos neoplatónicos.

Además de todas estas diferencias, hay una fundamental, seca y agresiva: mientras Gilbert Keith vivió bajo los influjos de una corona británica, democrática y parlamentaria, de cuyo poder real sólo quedaba el lejano brillo de los siglos y una gran colección de joyas, José María Andrés Fernando, el hijo del Coronel Lezama, era, por tradición, “hijo de la Inquisición”, un hombre que desde sus primeros años en el Campamento Militar Columbia, sede del Estado Mayor del Ejército Cubano, donde nació el 19 de diciembre de 1910, en la zona de Marianao, Ciudad de la Habana, hasta su muerte en 1976, bajo la dictadura de Castro, tuvo que enfrentar la represión.

Desde pequeño, su padre, el coronel Lezama y Rodda, descendiente de vascos, amigo de la fuerza y el pundonor militar, que no veía con buenos ojos a su hijo José, asmático y débil, tenía costumbre de someterlo a duras pruebas como dejarlo en la alberca, amoratado y casi a punto de ahogarse. Alto y sólido como un toro, José Lezama Lima no tuvo, empero, ni el aliento ni la tesitura muscular para volverse el hombre que deseaba su padre e ingresar en el ejército. Sin embargo, hizo lo que el coronel –muerto en 1919, cuando realizaba prácticas de artillería en Pensacola, Estados Unidos– nunca imaginó: representar en su propio ser una espiritualidad, un arte, una concepción del mundo, que no calló ante la bestialidad de las tres dictaduras que vivió: la de Gerardo Machado, la de Fulgencio Batista y esa larga noche llamada Fidel Castro que condenó cualquier literatura que no lo alabara o entrara en los cánones del realismo socialista.

En este sentido, ninguna de las batallas que libró el coronel Lezama pudo igualar las glorias de su hijo José María que, frente a la propuesta de María Zambrano de exiliarse, respondió con un seco y perentorio: “Yo soy de aquí”.

Nunca antes el poeta barroco, amigo de gongorismos, había sido más escueto y, sin embargo, más contundente. Ese “yo soy de aquí” rigió toda su vida, su literatura y sus posiciones políticas. Aún cuando la mesa opulenta de la infancia se transformó en una pobre tabla que apenas soportaba unas hogazas de pan, el autor de Paradiso siguió diciendo en palabras y en actos, “yo soy de aquí”; “yo soy un gentleman habanero”. Esa afirmación le importó tanto que nunca la olvidó. No sólo, pensando en las 3500 islas que constituyen Cuba, puso en riesgo su vida, sino que en esa valentía hubo siempre algo de la herencia militar de su padre. En 1930, bajo la dictadura de Genaro Machado, durante las revueltas que lanzaron a la calle a los estudiantes de derecho, José Lezama Lima estuvo con ellos. Ese acto lo recordaría más tarde como el más importante de su vida: “Ningún honor ya prefiero al que me gané para siempre en la mañana del 30 de septiembre de 1930 […] Al lado de la muerte, en un parque que parecía rendirle culto a la sombra de Proserpina, surgió la historia de la infinita posibilidad en la era republicana”.

La revuelta estudiantil fracasó y la Universidad de la Habana fue clausurada. Imposibilitado para estudiar o encontrar trabajo, Lezama se sumergió en los libros. Se apasionó por Góngora y sus epígonos; el hermético Mallarmé, el racionalista Valéry, el atormentado Rimbaud, el detonante Lautréamont y ese poeta descomunal llamado Marcel Proust, le desataron un torbellino de inquietudes que se tradujeron en una labor que no vaciló ante las incorporaciones que le sirvieron para mostrar su ámbito propio.

En 1932, un año antes de la caída de Gerardo Machado, conoció a un joven poeta que se preparaba para el sacerdocio, Ángel Gaztelu, quien lo dirigió hacia los estudios teológicos que combinó con los históricos y con los textos más conspicuos del misticismo tanto cristiano como pagano. Fue quizá en ese momento que su catolicismo y su visión del mundo se hicieron neoplatónicos. Para Lezama, el mundo se concibe como una perfecta armonía que el Eros o el Amor Universal, Dios, establece entre todos los seres. Sin embargo, y a pesar de los accidentes propios del mundo material, sometido al flujo incesante del tiempo, el universo lezamiano no presenta una dualidad platónica entre el espíritu y el cuerpo. Para Lezama la eternidad consiste en un estado del cuerpo, donde éste quedará desligado de todos los cambios que el devenir opera en el mundo terreno. Por ello, podríamos decir que Lezama hizo de su neoplatonismo una filosofía encarnada, es decir, una filosofía que tiene ver con el Verbo que se hizo carne en un determinado tiempo y en un determinado lugar. De allí su amor por la Virgen María, a quien dedica varios sonetos en los que, de alguna forma, afirma que si bien cree en el vínculo cósmico del eros, ese eros es el Cristo encarnado en la Madre de Dios: “la nieve en el bosque/ extendida eternidad en el costado sentiste/ pues dormías la estrella que gritaba”; “Pero si acudirás; allí te veo/ ola tras ola, manto dominado,/ que viene a invitarme a lo que creo:/ mi Paraíso y tú, Verbo, el encarnado”.

Pese a ello, en otros de sus libros, como La cantidad hechizada, el neoplatonismo vuelve con más fuerza hasta hacer convivir, como Plotino, el panteísmo y la trascendencia. En esos poemas, Dios, que habita en una morada superior e inaccesible, comparte su esencia divina al hacer que el mundo emane de su propia sustancia.

En este sentido, la poesía, en manos de Lezama, se convirtió en una ascesis o camino de perfeccionamiento espiritual.

En la medida en que, para él, la poesía era la vía más eficaz para la contemplación y el gozo en la fijeza o esencia del mundo; en la medida, también, en que dicha esencia no residía sólo en el espíritu puro, sino también en el cuerpo glorioso e inmutable, la poesía habría de rendir culto a la imagen, no sólo como un mero recurso expresivo, sino como su fin primordial. Así, al desatar la imagen de las ligaduras del tiempo y de las circunstancias, su poética emprendió la conquista afanosa de la imagen pura –la “cantidad hechizada”, diría él– donde se encuentra la dicha máxima del conocimiento y del amor.

Pero, ya que la imagen en poesía sólo puede contemplarse en la palabra, ésta requiere un uso creativo y estético que la aparte de la finalidad inmediata de la comunicación ordinaria para convertirla en su llave.

A una Cuba donde las dictaduras desdeñaron lo esencial –o, para usar sus propias palabras, a una Cuba “frustrada en lo esencial político”–, donde una buena parte de la literatura y de sus creadores se movía entre la conveniencia de apoyar a tal o cual régimen político y el devaneo literario en salones de pacotilla burguesa y antillana, a un mundo antipoético y represivo, Lezama opuso, dentro de su catolicismo-neoplatónico, una imagen, una coalición espiritual, una resurrección.

Por ello, de todos los temas que lo atrajeron –desde Danae o Narciso hasta la ilimitada poética de En busca del tiempo perdido, pasando por los magos chinos, las tribus idumeas y los enigmas del Maestro Eckhart– la figura del mulo fue la que más lo atrajo porque le permitió entretejer su propia historia con la de Cristo. Así, en “Rapsodia al mulo”, Lezama, como hace casi 3 mil años lo hizo Isaías con el “siervo sufriente”, “sin gracia alguna”, eligió, como rostro de Cristo al mulo, animal sin bellezas, tosco y sin ninguna reputación de valiente o sensible, casi olvidado de Dios, pero destinado a ascender la montaña, romper la barrera de las banalidades y las represiones, y dejar, al fin, sus cargamento en lo alto.

En dicha rapsodia podemos apreciar las pocas esperanzas del mulo de convertirse en un ídolo para la humanidad, en un líder ad usum o, por lo menos, en un ser atractivo. Sin embargo, debajo de esa imagen sin carisma, Lezama descubrió una fuerza esencial: “La ceguera, el vidrio y el agua de tus ojos/ tienen la fuerza de un tendón oculto”.

No se trataba de la fuerza ligera del albatros o del halcón, sino de otra, más sutil y profunda: “Las salvadas alas en el mundo inexistentes, / más apuntala su cuerpo en el abismo/ la faja que le impide la dispersión/ de la carga de plomo que en la entraña/ del mulo pesa cayendo en la tierra húmeda/ de piedras pisadas con un nombre. / Seguro, fajado por Dios/ entra el poderoso mulo en el abismo”.

Al igual que para Lezama ese abismo no es sólo el del alma, sino también el del devenir político que, en manos de los presidentes que ha tenido Cuba, ha sido nefasto para la cultura del archipiélago, el mulo de su rapsodia, que penetra en ellos, no es sólo una metáfora de Cristo, sino del propio poeta que emprendió una cruzada silenciosa: la fundación de la revista Orígenes (1944-1954). En ella, conformada por un grupo de jóvenes y de importantes plumas del extranjero, publicó, en 1945, “Aventura sigilosa”, trabajo que prefigura el cosmos de su novela Paradiso. A partir de entonces, hasta la publicación de “La fijeza” (1949), su actividad fue inmensa: pronunció conferencias, ensanchó sus contactos y relaciones, y viajó a México; allí, en tierra continental, frente al paisaje americano, amplió sus conceptos sobre la realidad. Entre 1953 y 1958 aparecieron sus libros Analecta del reloj, La expresión americana y Tratados en la Habana, en los que expuso gran parte de su pensamiento poético y de su visión de América y del mundo. Además, publicó en Orígenes cinco capítulos de la novela Paradiso, su obra cumbre.

En esos años, Cuba enfrentó una segunda dictadura, la del general Fulgencio Batista, quien en 1952, con un golpe de Estado, hizo huir al presidente legítimo, Carlos Prío, y destruyó la frágil e incipiente democracia. En 1953, con el asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro, Abel Santamaría y otros jóvenes, iniciaron lo que hoy se conoce como la revolución cubana. Fueron años de lucha por restaurar la república y eliminar la tiranía. José Lezama Lima también luchó contra esa dictadura que abolió las libertades esenciales de la Constitución de 1940. La editorial del último número de Orígenes (1956, el momento más crudo de la lucha contra Batista) refleja su posición: “[…] un país frustrado en lo esencial político, puede alcanzar virtudes y expresiones por otros cotos de mayor realeza. Y es más profunda, como que arranca de las fuentes mismas de la creación, la actitud ética que se deriva de lo bello alcanzado, que el simple puritanismo, murciélago de los sentidos y decapitador de sus halagos. Si una novela nuestra tocase en lo visible y más lejano, nuestro contrapunto y toque de realidades, muchas de esas pesadeces o lascivias se desvanecerían al presentarse como cuerpo visto y tocado, como enemigo que va a ser reemplazado. Si una poesía de alguno de los nuestros alcanzase tal tejido que mostrase en su esbeltez una realidad aún intocada, aunque deseosa de su encarnación, por tal motivo cobraría su tiempo histórico, recogeríamos claridades y agudezas que despertarían advertencias fieles. Pues el remolino de una imagen encarna al dominar la materia que se configura en símbolo. Ya en otra ocasión dijimos que entre nosotros, había que crear la tradición por futuridad, una imagen que busca su encarnación, su realización en el tiempo histórico, en la metáfora que participa.”

La resonancia kantiana del argumento –según el cual el fervor frente a lo que Lezama denominó “lo bello alcanzado” es más poderoso que “el simple puritanismo, murciélago de los sentidos”– introdujo para la cultura cubana una mirada generosa que, con fineza, supera cualquier partición alentada por los puritanismos, pero también, en su parte profética, pareció anunciar las futuras divisiones que repercutían profundamente en el campo cultural.

Esas divisiones, que profetizaba Lezama, fueron –como afirma Víctor Fowel, amigo de mis años universitarios– la ausencia de un elemento cohesionador, un elemento que, para el propio Lezama, se encontraba –desde su visión cristiana y estética– en “una realidad aún intocada, aunque deseosa de su encarnación”, es decir, en una ascesis que, como la del mulo, nos permitiría continuar nuestra aventura como cubanos sin que nos importara la temporalidad: “Su amor a los cuatro signos/ del desfiladero, a las sucesivas coronas/ en que asciende vidrioso, cegato,/ como un oscuro cuerpo hinchado/ por el agua de los orígenes/ no la de la redención y los perfumes./ Paso es el paso del mulo en el abismo./ Su don ya no es estéril: su creación/ la segura marcha en el abismo./ Amigo del desfiladero, la profunda/ hinchazón del plomo dilata sus carrillos./ Sus ojos soportan cajas de agua/ y el jugo de sus ojos/ –sus sucias lágrimas–/ son en la redención ofrenda altiva”.

Aunque Lezama obvió las vías materiales y temporales para la salvación de Cuba, nunca –como el poeta y el cristiano que fue– las definió. Para él, la única meta era, como la de su mulo, esa marcha emprendida en la tierra de la inexactitud. “Su don ya no es estéril: su creación/ la segura marcha en el abismo.”

Ese mulo que fue Lezama, transitó –corona tras corona, barranca tras barranca–, por el devenir cubano. Vio la caída de Fulgencio Batista y la entrada en la Habana, en 1959, de Fidel Castro, sus principales comandantes –Camilo Cienfuegos, sospechosamente desaparecido en un vuelo aéreo, Huber Matos, condenado a 20 años de cárcel por renunciar a sus grados militares, Ernesto Guevara, muerto en una selva boliviana años después sin que recibiera ninguna ayuda del líder de la barba y la eterna verborrea– y otros tantos revolucionarios que vieron traicionada la idea de devolver la democracia a Cuba.

Por un momento, y a pesar de su intuición poética, el mulo Lezama creyó, como muchos otros, que con la revolución concluía su viaje. Así lo dijo cuando el ejército de Fidel entró en la Habana: “La revolución cubana significa que todos los conjuros negativos han sido decapitados”. Por desgracia, y como a menudo le sucede a los poetas que no comprenden la oscuridad de sus intuiciones, se equivocó. Lo sabría después, como lo sabía ya su intuición poética.

Al triunfo de la revolución y hasta 1964 participó como directivo en varias iniciativas e instituciones culturales. Sin embargo –lo dijo magistralmente en su rapsodia: “Seguro, fajado por Dios, / entra el poderoso mulo en el abismo/ […]/ … y allí en lo alto la carroña/ de las ancianas aves que en el cuello/ muestran corona tras corona”–, los buitres, en 1966, cuando publicó su novela Paradiso, se lanzaron contra el mulo que transportaba la tradición por futuridad. Su novela, que narra la historia de una familia burguesa –y, en su capítulo VII escenas homosexuales mezcladas con oscuras doctrinas iniciáticas–, nada tenía que ver con el puritanismo del realismo socialista de procedencia estalinista. Fue el inicio de la desgracia, el comienzo del fin. De Paradiso se imprimieron 5 mil ejemplares que el gobierno retiró de las librerías: a partir de entonces y hasta la muerte de Lezama no volvió, como el resto de su obra, a publicarse en Cuba. Marginado, el mulo, en su casa de Trocadero 168, donde muy pocos se atrevieron a visitarlo y la mayoría de sus amigos lo abandonaron, resistió estoicamente, sin ceder en sus posiciones.

El desastre total advino en 1968, cuando Lezama fue llamado a formar parte del jurado que otorgó el premio UNEAC de Poesía a Fuera del juego de Heberto Padilla. Aunque el libro no era un texto abierto contra Castro, era depositario de un contenido poético que no sólo socavaba las bases estalinistas que había comprado la ya traicionada revolución cubana, sino que obligó a muchos de los intelectuales más renombrados a tomar una posición abierta en pro o en contra del régimen cubano.

Mientras a Padilla se le obligó, en el más puro estilo inquisitorial, a retractarse de los contenidos de su libro, al jurado se le citó en la casona de H y 17, El Vedado, sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, a mostrar su arrepentimiento. Lezama, que había heredado el pundonor de su padre, no asistió. Su ausencia, que desafiaba el poder absoluto de Castro, llenó la sala con un fulgor que añoramos.

El costo fue altísimo: la condena al ostracismo se hizo tan absoluta como el poder al que había desafiado. Pese a eso, el hombre que había exclamado “yo soy de aquí”, jamás se exilió. Murió en la soledad y el abandono en 1976, anclado en una fe y en una obra que ya desde entonces eran un tesoro para la humanidad.

La bestia que cargaba, corona tras corona, el peso de la futuridad había alcanzado “su definición mejor”, esa definición cuyo más hermoso rostro está en los últimos versos de su “Rapsodia para el mulo”: “Entontado, Dios lo quiere,/ el mulo sigue transportando en sus ojos/ árboles visibles y en sus músculos/ los árboles que la música ha rehusado./ Árbol de sombra y árbol de figura/ han llegado también a la última corona desfilada./ La soga hinchada transporta la marea/ y en el cuello del mulo nadan voces/ necesarias al pasar del vacío al haz del abismo./ Paso es el paso, cajas de aguas, fajado por Dios/ el poderoso mulo duerme temblando./ Con sus ojos sentados y acuosos,/ al fin el mulo árboles encaja en todo abismo”.

Todos los totalitarismos se recordarán como vergüenzas de la humanidad. No así los poetas que, a pesar de las persecuciones, continuaron creando. José Lezama Lima, en medio del abismo de la dictadura de Castro, logró fundar nuevos bastiones para la poesía y la imaginación, edificar nuevas casas para el lenguaje. Por ello, a un poco más del centenario del maestro no es vacuo ver el sol desde una fortaleza donde el mulo relincha atormentado por la iluminadora carga de la poesía.

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