Souvenirs de Asturias


París, 23 de agosto de 2010.

Mi recordada Ofelia,

ya te conté sobre la Catedral y su Cámara Santa, también sobre el importante Museo de Bellas Artes de Asturias. Hoy deseo escribirte sobre algunas anécdotas  asturianas. Oviedo, es una ciudad alegre, repleta de comercios, con un importante Casco Histórico y una población amable. Nos hospedamos durante ocho días en el Hotel Ibis, en el cual Cristina y María, las dos chicas de la recepción, nos dieron todo tipo de informaciones no sólo sobre la capital del Principado, sino también sobre Asturias en general.

Por las calles hay numerosas esculturas de bronce, entre ellas una muy curiosa de Eduardo Úrculo, a la que el escultor llamó Culis Monumentabilis. Quizás en honor de su apellido.

Vimos a un grupo de gaiteros que animaba el desfile de invitados a la entrada de la Catedral. Cuando entraron los novios, un señor cerró las puertas y también las rejas del portal. Me pregunto: si se hubiera producido un incendio, ¿por dónde  habría escapado tanta gente elegante?

Frente al Mercado de Fontán se encuentra una casa de embutidos llamada  El rey del Jamón. Numerosos jamones colgaban de ganchos desde el techo, mientras que su vidriera estaba casi completamente cubierta por  “una montaña” de chorizos a la venta.

En una pequeña plaza está representada  Lola la bella, está enfadada,  sentada en un banco. Yo como buen turista, me hice la foto tratando de convencer a Lola para que  escuchara mi declaración de amor.

Para poder visitar las ciudades de los alrededores de Oviedo, íbamos por la mañana temprano a tomar los omnibús de la compañía Alsa en la gran Terminal de Ómnibus de la ciudad, que se encontraba muy cerca del hotel. El primer día tuvimos una desagradable experiencia con el chófer que nos trató de… ¡tenían que ser argentinos! Habíamos comprado los billetes para ir a Avilés y esperábamos el ómnibus de las 11 a.m., cuando vimos en la pizarra electrónica que el ómnibus de las 10 y 30 a.m. que iba en dirección de Ribadeo tenía su primera parada en Avilés. Nos pusimos en la cola y al ir a subir, el chófer nos dijo que había que dar la prioridad a los que iban para Ribadeo, lo cual encontramos lógico. Pero cuando subieron todas las personas, aunque quedaban puestos vacíos, el chófer no nos dejó subir y  nos trató de argentinos. ¿Será ésa una ofensa para él? Fuimos a quejarnos al servicio de reclamaciones y allí estaba Esther, una encantadora señora, la jefa de los chóferes, a la cual veríamos después cada día y nos trató siempre con gran simpatía.

En la pared del fondo de Terminal de Ómnibus hay un gran cartel publicitario  del ron venezolano Santa Teresa. La chica que tiene la botella entre las manos, está vestida de negro, lleva un tatuaje en el hombro y su mirada es diabólica. Lleva un peinado a lo Marie Antoinette y detrás de su cabeza el “aro de santa” consiste en una bola de espejitos de discoteca. El cartel anuncia Santa Teresa. Importado del pasado. Me parece una publicidad  irreverente, pero logra su primer objetivo, que es el de llamar la atención del público.

Vimos algo original fue en esa gran Terminal de Ómnibus: había aparatos para comprar refrescos, galletitas u otros dulces y bebidas como en todas partes, pero también uno, en el que vendían leche en polvo para bebés, sex toys, preservativos de “diferentes sabores,” cremas, etc. Todo aparentemente con vistas a solucionar  ciertas necesidades inmediatas a los señores pasajeros.

El día que fuimos a visitar la ciudad de León, durante los noventa  minutos que duró el viaje, una señora no cesó de hablar en voz alta por su teléfono celular. Nos enteramos involuntariamente de todos los pormenores de la vida privada de sus hijos y de sus dos ex maridos. ¡Nadie protestó! En Francia está prohibido hablar por los teléfonos móviles en los vagones de trenes y en los ómnibus interprovinciales.

Sin embargo el día que tomamos el ómnibus para Unquera, se formó la de San Quintín por los treinta minutos de espera en la estación de Ribadesella, debido a dos chicas que querían subir sin billetes. Se defendían diciendo,  y era cierto, que como era domingo las taquillas estaban cerradas. Como el chófer no podía venderles los billetes, pidieron el cuaderno de reclamaciones y cada una demoró casi diez minutos en llenar la hoja. Los pasajeros comenzaron a protestar contra las chicas, hubo insultos entre ellas y los que estaban sobre el ómnibus, otros gritaban  al chófer de que iban a llegar tarde por culpa suya. El pobre chófer, que estimo era un hombre discreto y respetuoso no sabía qué hacer. Estaba entre la espada y la pared.

En cuanto tenga un poco de tiempo disponible te seguiré contando sobre nuestro interesante viaje por el Principado de Asturias.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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